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EL NACIMIENTO DE YESHUA BEN JOSÉ

«Yeshua nació bajo el signo de Aries. Su nacimiento se produjo alrededor de una hora después de la medianoche en el vigésimo primer día de Nisán, según el calendario judío, que corresponde a principios de abril del año 4 a. C., de acuerdo con tu calendario gregoriano.»

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Yo estaba cerca de María Ana tanto como ella me lo permitía. Me encantaba poner mis manos sobre el vientre hinchado de aquellas hermosas mujeres, cuyos bebés concebidos en la Luz eran como los míos propios. Les enseñé cómo entrar en comunión con las almas que estaban creciendo en sus vientres. Cada alma traía frecuencias de luz muy altas, directamente del Trono de Dios. Ayudamos a cada alma que iba a encarnar a mantener en perfecta alineación sus patrones complejos de energía multifacética. Junto con Metatrón y los arcángeles Serafín y Querubín tejimos y codificamos las rejillas de ADN con enorme cantidad de información. Preparamos las frecuencias dentro y alrededor de las madres, los esposos y la comunidad, de modo que aquellas preciosas almas pudieran entrar en este plano tan armoniosamente y sin dolor como fuera posible.

En enero, el esposo de Judith, Justiniano, que acababa de regresar de Roma, nos trajo noticias inquietantes. Nos dijo que César Augusto había decretado realizar un censo de la población del Imperio durante las tres semanas después del equinoccio de primavera. Requería que todas las familias fueran a la ciudad de origen de sus ancestros para ser registradas por los recaudadores de impuestos y jurar lealtad a Roma. La comunidad del Carmelo se reunió para discutir sobre este reto que el César nos imponía. Muchos de nosotros estábamos furiosos por tener que dividir nuestra lealtad entre Dios y el César. En medio de esta polémica, nuestra atención se dirigió de pronto al fuerte golpeteo que José ben Jacobo hacía con su bastón sobre el suelo de piedra.

En silencio nos volvimos hacia José, que acababa de abrir el pergamino que contenía las palabras de Miqueas el Profeta. Entonces leyó: «Pero tú, Belén Efratá, aunque eres pequeña entre los miles de Judá, de ti saldrá Aquel que ha de gobernar Israel, aquél cuya venida ha sido predicha desde el principio, desde los días de la eternidad. A partir de ahora, el Señor los abandonará, hasta el momento en que ella, que está de parto, haya dado a luz; luego el resto de Sus hermanos volverá junto a los hijos de Israel. Y Él se alzará y cuidará de su congregación con la fuerza del Señor, con la majestad del nombre del Señor, su Dios; y el pueblo se restablecerá, pues Su dominio se extenderá hasta los confines de la Tierra, y Él mismo será la paz».

Así leyó las palabras del profeta Miqueas, hasta que todos empezamos a entender que el Creador estaba orquestando un propósito divino, usando a César como instrumento para cumplir la profecía. José sugirió que en lugar de desperdiciar nuestra energía discutiendo, todos los que pertenecían a la casa de David y cuyas familias procedían de Belén se reunieran y agruparan sus recursos para que el necesario viaje pudiera hacerse de la manera más cómoda y segura posible.

Teníamos que tener en cuenta además que había mujeres cuyos embarazos estaban llegando a su fin, como María Ana y Rebeca. Era penoso imaginar el largo camino que tenían que hacer con sus vientres tan grandes. Durante las semanas siguientes, José organizó los recursos de nuestra comunidad para conseguir vagones, suministros y hombres fuertes que asegurarían que el viaje transcurriera sin problemas. El frío del invierno había pasado, y la primavera estaba en el aire. La Pascua llegaría pronto. La cosecha temprana de los cereales de invierno y la temporada de parto y esquila de las ovejas requería nuestra atención antes de poder iniciar el viaje. Además teníamos que entregar una parte de nuestra cosecha a los recaudadores locales de impuestos.

Para que nuestra comunidad se quedara siempre con un pequeño grupo de hombres clave, nos dividimos según las tribus de origen y nuestros destinos, y espaciamos los tiempos de partida. Con suficientes miembros de la comunidad viajando en grupos no tendríamos que preocuparnos por las bandas armadas de ladrones que robaban a los incautos en los caminos. En lugar de sentir lástima por nosotros mismos, elegimos sacar el mejor provecho de esta circunstancia desfavorable.

Preparamos un carro lleno de mantas y tirado por dos bueyes robustos para María Ana y Rebeca. Una semana antes de nuestra partida, tuvimos una maravillosa sorpresa cuando Rebeca dio a luz a una hermosa niña llamada Mariam. Los niños más pequeños y los ancianos viajaron en carros. Yo monté en una mula; las otras mujeres montaron en burros, camellos o caminaron. La mayoría de los hombres y los niños iban a pie. Nos llevamos nuestros instrumentos musicales, alimentos, tiendas, y forraje para los animales. Cantábamos mientras caminábamos, contábamos historias alrededor de las fogatas, y nos turnábamos con las tareas necesarias en nuestra travesía, que nos llevaba por las carreteras romanas pavimentadas con adoquines. Al pasar por las afueras de Jerusalén, el camino se hizo más ancho, pavimentado con piedras cortadas y colocadas por las guarniciones y esclavos romanos. Los acueductos y pozos profundos que encontrábamos en el camino suministraban abundante agua.

Nos sentimos protegidos y bien cuidados hasta que llegamos a las estrechas calles de Belén, atestadas de una multitud tumultuosa de personas, animales y medios de transporte. Los soldados romanos estaban por todas partes. Sus espadas y lanzas se erigían hacia el cielo y sus látigos golpeaban las espaldas de los esclavos y transeúntes ingenuos que no conocían el protocolo adecuado. No había visto tanto ajetreo desde que dejé Alejandría.

Más allá de Belén, cerca de Etam, donde había vivido hacía mucho tiempo, había un valle regado por un pequeño manantial. Esta tierra pertenecía a un pariente lejano, el padre de la esposa de mi hijo Lucas, Abigail. Allí nos refugiamos, lejos del ruido del pueblo atestado. Establecimos nuestro campamento cerca del pozo que daba de beber a sus ovejas y ganado. Era bonito estar rodeados de nuestros amigos y familia cercana. Esperábamos a otros miembros de la familia que vendrían de Galilea, Judea y Samaria. Para levantar el ánimo, aprovechamos esta oportunidad para crear una maravillosa reunión familiar.

La hermana de José ben Jacobo, Isabel —quien también era prima paterna de María Ana— había dado a luz a su hijo concebido en la luz seis meses antes. Hacía veinte años que Isabel no concebía. Su vientre había estado estéril los últimos ocho años desde el cese de su sangrado mensual. Así que teníamos muchas ganas de dar la bienvenida a este milagro de niño. Según la indicación que su esposo Zacarías había recibido del arcángel Gabriel, su hijo se llamó Juan. Tenían también una hija mayor llamada Azirah, que se había casado hacía poco y esperaba su primer hijo. Zacarías ofreció quedarse en el Templo de Jerusalén, donde realizaba sus deberes sacerdotales, para que María Ana y yo pudiéramos quedarnos con Isabel en su pequeña residencia en las afueras de Belén. Rebeca permaneció en el campamento con Simeón y su bebé mientras transcurría su tiempo de purificación (el tiempo de sangrado después del parto, según era llamado por el patriarcado). José iba y venía del campamento todos los días.

Cuando llegó el primer día de empadronamiento para la gente de Galilea, fuimos ante los censistas y recaudadores de impuestos de Belén. Fue una experiencia terrible, por más que traté de mirarlo con filosofía. Cuando por fin terminamos, al atardecer, comenzaron las contracciones de parto de María Ana. José la sentó en el burro fiel de Isabel, y nos apresuramos a llevarla a una pequeña habitación de la casa de Isabel, situada encima de un establo, que daba a corrales cercados y cuevas en la ladera que se utilizaban para guardar animales y como almacén. A esta habitación se accedía a través de un pasillo que daba a un patio interior, compartido por tres viviendas conectadas que pertenecían al hermano de Zacarías, Zenós. José subió en brazos a María Ana por las escaleras estrechas y empedradas y la acostó sobre el camastro especial que habíamos preparado para el parto. José ya había enviado un mensajero para traer a Lucas, quien actuaría como médico de cabecera en caso de que hubiera alguna complicación.

Estábamos a menos de cinco kilómetros de las cuevas y los establos donde Hanna había dado a luz a Auriana hacía mucho tiempo. Reflexioné que habían pasado casi quinientos noventa y dos años desde el momento en el que Hanna y yo —su yo superior— nos fusionamos en el humilde establo del yerno de Naomi. Y ahora estaba aquí en Belén otra vez, esperando el momento por el cual había encarnado en un cuerpo físico hacía tanto tiempo.

Subiendo por las escaleras detrás de José y María Ana iba Isabel, que llevaba a Juan sobre su cadera y un montón de sábanas de algodón egipcio en el otro brazo. Yo llevaba vasijas de agua. El pequeño cuerpo de María Ana temblaba y jadeaba. Sus contracciones se aceleraron y se hicieron cada vez más intensas al acercarse la medianoche. Le recordábamos continuamente que respirara mientras empujaba y que se relajara en los dolores de parto. En los momentos en los que no mascaba una raíz para disminuir el dolor, repetía mantras a su amado hijo para calmarlo a él y a sí misma. Con sus ojos vueltos hacia el Santo de los Santos, en el centro de su cerebro, rezó y entró en un estado muy profundo de trance. Revisé la posición de Yeshua y vi que bajaba favorablemente por el canal del parto.

Las contracciones se intensificaron gradualmente a partir de la media noche. María Ana llevó el proceso con gran entereza para ser una doncella tan joven de sólo dieciséis años. La animé a que expresara con sonidos los sentimientos que la envolvían. Finalmente, la vagina de María Ana comenzó a dilatarse dejando asomar la cabeza de Yeshua. Había sido muy buena decisión preparar su cuerpo para el proceso de parto durante el mes anterior. Debido a que no había experimentado la penetración de un hombre, la habíamos asistido mediante la aplicación de pomadas y masajes expandiendo los delicados tejidos a través de los cuales Yeshua estaba pasando ahora.

Desde lo más profundo de mi ser surgió una progresión de sonidos. Entoné la canción familiar del destino más alto que las sacerdotisas de Hathor cantaban a las almas recién nacidas. Muy alto encima de nosotros, claramente visible como una «estrella» fija en los cielos, estaba la MerKaBa Beth Elohim. Huestes de ángeles, dominaciones, y elementales vinieron y permanecieron junto a nosotros. Era como si toda la vida estuviera conteniendo la respiración, a la vez que el silencio más profundo penetraba el corazón mismo del Cielo y la Tierra.

Y en ese momento, asomó su cabeza cubierta de rizos color castaño rojizo, y pronto el resto de su pequeño cuerpo estuvo en mis manos. «¡Gloria a Dios en las Alturas! ¡Paz y buena voluntad para la humanidad!» Esos fueron los estribillos que escuchamos de las huestes angélicas. Nuestra habitación brillaba con una luz dorada celestial. «He aquí a mi Hijo, en quien Yo he venido a reunir mi rebaño. En él me complazco», fueron las palabras grabadas en nuestros corazones por el Dios Altísimo. Así es como recibimos al Hijo del Hombre. Y tal como él me había prometido y mostrado hacía más de un año, Yeshua había llegado a mis pequeñas manos. De hecho, era bendita entre las mujeres, así como lo era su preciosa madre.

Yeshua nació bajo el signo de Aries. Su nacimiento se produjo alrededor de una hora después de la medianoche, en el vigésimo primer día de Nisán, según el calendario judío, que corresponde a principios de abril del año 4 a. C., de acuerdo con tu calendario gregoriano.

José había permanecido con nosotros durante todo el parto. A veces caminaba de un lado a otro, intentando no interferir con el trabajo de partería en el que las mujeres mayores estábamos absorbidas. Se añadía al dilema incómodo de José su timidez, pues a pesar de que era el esposo de María Ana aún no había tenido relaciones sexuales con ella. Sin embargo, en el momento en que Yeshua comenzó a salir, José estuvo inmediatamente a mi lado.

Varios días antes del parto, José había ido al establo de abajo y había encontrado una pequeña caja de madera para cribar el maíz, que se utilizaba para alimentar a las ovejas y las cabras. La habíamos lavado y forrado con vellón de oveja y la paja más fresca que se podía encontrar en esta época del año. Sobre esto añadimos sábanas plegadas de suave algodón egipcio. Este humilde pesebre más tarde acogería al pequeño Yeshua para que María Ana pudiera descansar.

Juan estaba en una cuna cerca del camastro de Isabel. Había permanecido completamente despierto durante todo el parto. A veces se ponía a llorar, e Isabel le daba de mamar mientras lavaba y refrescaba la cara y las manos de María Ana. Cuando María Ana requería más atención, Juan era acostado en su cuna o puesto en los brazos nerviosos de José. Juan prefería estar en el meollo de las cosas. Así fue como observó el nacimiento de su primo, cuyo camino abriría y prepararía.

Mientras Isabel atendía la expulsión de la placenta de María Ana, puse suavemente a Yeshua sobre el vientre de su madre, con el cordón umbilical todavía unido. Después puse la placenta en aceites conservantes dentro de un recipiente especial, para enterrarla después en una ceremonia. José se inclinaba sobre su hijo y su amada María, como él la llamaba. Esperamos en silencio hasta que el pulso de vida del cordón umbilical que conectaba a María Ana con su bebé finalmente se agotó, y entonces cortamos y atamos el cordón umbilical, y lavamos al bebé recién nacido.

¡Allí estaba, había nacido a salvo! Alabamos al Dios Padre/Madre con todos nuestros corazones, mentes y almas. Oramos para tener la fuerza y la sabiduría necesarias para proteger y preparar a Yeshua ben José para que pudiera lograr todo lo que había venido a hacer.

Nos preguntamos por qué Lucas no había llegado todavía, pero estábamos muy agradecidos de que sus habilidades médicas no hubieran sido necesarias. Aunque todavía estaba oscuro afuera, una gran luz inundaba nuestra pequeña habitación como si fuera mediodía. Después de haber lavado y ungido a María Ana la llevamos a su propia cama, detrás de una alfombra colgada que dividía la sala de estar. Yeshua fue envuelto con un paño del más fino algodón egipcio, que María Ana había preparado doblando las orillas y bordándolo cuidadosamente con un diseño geométrico de colores típico del linaje de David. Podíamos sentir la presencia de los Grandes a nuestro alrededor. Durante las siguientes horas, mientras permanecíamos sentados en silencio, vigilando al niño que dormía en el regazo de María Ana, escuchamos dentro de nuestros corazones la comunión entre seres de otros reinos y dimensiones.

En ese momento, alguien llamó a la puerta. Isabel corrió a abrir y se encontró con su casero y cuñado Zenós acompañado de Lucas, cuya respiración rápida indicaba que había llegado corriendo. Lucas inmediatamente se acercó a su hermana más joven y al niño Yeshua. Después de lavarse las manos, cuidadosamente procedió a examinarlos y se alegró de que ambos estuvieran sanos y robustos. Tal como había sido entrenado desde su juventud, Lucas hizo más tarde un registro por escrito de la más maravillosa de las historias. Aunque este registro ha sido alterado, ha sobrevivido relativamente intacto a través de los siglos y todavía se conoce en tu día como El Evangelio según Lucas.

Lucas se disculpó profusamente por no estar presente en el parto, y explicó que había estado asistiendo otro parto, ayudando a la madre y al niño a sobrevivir a una situación crítica. Sonreí por dentro cuando me di cuenta de que tenían que ser mis manos y no las de Lucas las que recibieran a Yeshua ben José, justo como mi nieto había prometido.

Poco tiempo después, Zenós volvió para anunciar que había un grupo de seguidores en la puerta de la calle de abajo. Algunos eran pastores que trabajaban para el suegro de Lucas. Le dijeron que una multitud de ángeles se les había aparecido mientras estaban cuidando de sus ovejas en la ladera. Otros decían que se habían despertado de un sueño muy lúcido en el que les decían que fueran a la casa de Isabel. Sabían que María Ana estaba a punto de dar a luz la última vez que la vieron. A todos les habían dicho que se levantaran y fueran a ver a un niño recién nacido llamado Emanuel, Príncipe de la Paz, que era predilecto de Dios, al igual que lo era el hijo de Zacarías, Juan, que más tarde se llamaría Juan el Bautista.

Cuando el sol empezó a salir, todos estos amados peregrinos fueron invitados a entrar en turnos. Subían las escaleras que había detrás de la casa principal de Zenós en parejas o tríos y se sentaban un momento en meditación junto al bebé dormido. De vez en cuando, Yeshua abría sus grandes ojos almendrados de color gris azulado y miraba a los miembros de la familia y amigos que fueron los primeros en darle la bienvenida.

De mis hijos, estaban allí Natán, Lucas y Rebeca, que vinieron con sus parejas. Rebeca trajo a su pequeña bebé, Mariam. Mis otros hijos y los de Joaquín estaban muy lejos. José de Arimatea, junto con su esposa María de Magdala y su hermana Marta, fueron registrados en el censo de Betania. En una sincronía fascinante, María Magdalena había nacido ese mismo día en Betania, el mismo número de horas después de la puesta del sol que Yeshua antes del amanecer.

Entre los trabajadores del suegro de Lucas había un niño de doce años llamado Natanael ben Tolmi (bar Tolmi en arameo). Estaba con los pastores que vieron a los ángeles. En sus brazos llevaba un cordero huérfano recién nacido, que traía como ofrenda para Yeshua. Cuando vio a Yeshua cayó de rodillas, diciendo que en una visión que había tenido hacía varios meses había visto a este mismo niño, y un ángel le había dicho que era el Mesías prometido. Sus lágrimas caían en la suave lana de su ofrenda en medio de sus balidos. Cuando levantó la vista, María Ana lo invitó a acercarse. Colocando una mano suave sobre la cabeza de Natanael, ella lo miró fijamente a los ojos y le dijo: «Tú, hijo mío, has sido favorecido por Dios. El que ahora está con nosotros te ha llamado para que dejes el mundo y seas su amigo y discípulo para siempre». Entonces le pidió a José que cogiera el cordero, y ella colocó al niño Yeshua en los brazos bronceados de Natanael.

Me doy cuenta, mi querido amigo, de que mi historia se está volviendo cada vez más compleja. También me doy cuenta de que mucho de lo que estoy compartiendo contigo entra en conflicto con las historias generalmente aceptadas hoy por los cristianos. A pesar de que me arriesgo a crear confusión y conflicto en ti, mi intención es aportar claridad y amplitud de miras. Hay muchas cosas que transmitir, y te lo entrego parte por parte, tema por tema, flujo de energía por flujo de energía.

Sin embargo, por favor, no aceptes mi historia a ciegas, dale la oportunidad de que actúe en tu corazón y luego en tu mente. Te recuerdo que estas palabras están trasmitidas de manera que puedan abrir y expandir tu conciencia, para que puedas considerar alternativas. Te corresponde a ti discernir la verdad de lo que está contenido en este documento, en función de su poder de elevar, transformar y potenciar tu propio conocimiento.

Más que ofrecer otra versión de la historia de Cristo, mi propósito más profundo es prepararte para la llegada del Cristo dentro de tu propio corazón. De esta forma, estás siendo preparado para los grandes cambios que se avecinan. Por lo tanto, abre tu corazón y recuerda las energías que has presenciado a través de tus sentimientos. Te diré además que yo estoy aquí contigo. El único propósito de mi venida hace mucho tiempo es estar aquí en este momento presente. No pienses que estoy lejos en el tiempo o en el espacio, o que lo que ocurrió hace dos mil años no tiene relevancia para ti hoy. Ahora mismo estás en medio del proceso de reescritura de tu historia pasada. De hecho, algunos de vosotros habéis venido desde el futuro precisamente para ello.

Yo soy Ana del Carmelo y he vuelto para dar testimonio del nacimiento de Cristo en ti. ¡Estoy aquí para recibirte, así como recibí al Ungido hace dos mil años! Te proporciono una cronología de hechos e historias de personajes conocidos que has estudiado. Sin embargo, es más importante la transmisión de frecuencias de transformación que las palabras a través de las que proceden. Si escuchas más allá de las palabras, es posible que recuerdes quién eres realmente y des un paso adelante para cumplir con tu misión, jugando tu parte en este gran drama de la ascensión planetaria que estamos cocreando juntos.

Extraído del libro “Ana, la abuela de Jesús”, de Claire Heartsong

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