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CAUSA Y EFECTO ESPIRITUAL – Yogi Ramacharaka

«Cuidémonos de no activar esta ley de causa y efecto por medio del odio, la malicia, los celos, la rabia y la malevolencia general hacia los demás. Seamos tan bondadosos como podamos.»

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Vida es la constante acumulación de conocimientos, el almacenamiento del resultado de las experiencias. La ley de causa y efecto está en constante actividad y cosechamos lo que sembramos, no como una forma de castigo, sino como el efecto que sigue a la causa. La teología nos enseña que somos castigados por nuestros pecados, pero el conocimiento más elevado nos muestra que somos castigados por nuestros errores y no a causa de ellos. El niño que toca la estufa caliente es castigado en razón del acto en sí, no por algún poder superior por haber “pecado”. Pecar es mayormente un asunto de ignorancia y error; los que han alcanzado el plano superior del conocimiento espiritual han recibido un conocimiento tan convincente acerca de lo insensato y desatinado de ciertas acciones y pensamientos, que es casi imposible que las realicen. Esas personas no temen que haya un ser superior esperando para arrojarlos al suelo con un enorme garrote por hacer ciertas cosas, simplemente porque esa inteligencia ha dictado una ley, aparentemente arbitraria, prohibiendo la realización de ese acto. Por el contrario, ellos saben que las inteligencias superiores no están poseídas por otra cosa que no sea un intenso amor hacia todas las criaturas vivientes, y están deseosas y listas para ayudarlas siempre, tanto como sea posible dentro de los límites de la ley. Pero esas personas reconocen lo insensato de tales acciones y, en consecuencia, se abstienen de cometerlas, de hecho, han perdido el deseo de cometerlas. Es casi exactamente igual al ejemplo del niño y la estufa. Un niño que quiere tocar la estufa lo hará tan pronto tenga la oportunidad, desoyendo las órdenes del padre y a pesar de la amenaza de castigo. Pero, una vez que el niño experimente el dolor de la quemadura, y reconozca que hay una conexión inmediata entre una estufa caliente y un dedo quemado, se mantendrá lejos de la estufa. El amoroso padre quisiera proteger al hijo del resultado de sus propias insensateces, pero la naturaleza infantil insiste en aprender ciertas cosas por experiencia, y el padre es incapaz de impedirlo. De hecho, el niño que es vigilado y restringido demasiado estrechamente, usualmente “estalla” más tarde en la vida, y aprende algunas cosas por sí mismo. Todo lo que el padre puede hacer es rodear al niño de la seguridad normal, y brindarle el beneficio de su sabiduría, una porción de la cual almacenará,  y luego confiar a la ley de la vida producir el resultado.

De esa manera el alma humana está aplicando constantemente el juicio de la experiencia a todas las fases de la vida pasando de una encarnación a otra, aprendiendo constantemente nuevas lecciones, y adquiriendo nueva sabiduría. Más tarde o más temprano descubre cuan nocivas son ciertas actitudes y descubre lo insensato de ciertas acciones y modos de vida, y como el niño quemado, en lo adelante evita esas cosas. Todos sabemos que ciertas cosas “no son tentación para nosotros”, pues en cierto momento de alguna vida pasada aprendimos la lección y no necesitamos volverla a aprender, mientras que otras cosas nos tientan dolorosamente, y por ello sufrimos gran dolor. ¿Qué utilidad tendrían todo ese dolor y pesadumbre si esta única vida fuera todo? Pero llevamos el beneficio de nuestra experiencia hasta otra vida, y allí evitamos el dolor. Podemos ver a nuestro alrededor y preguntarnos por qué algunos de nuestros conocidos no pueden ver la insensatez de ciertas formas de actuar, cuando es tan clara para nosotros, pero olvidamos que ya hemos pasado justamente por la misma etapa de experiencia que ellos están recorriendo ahora, y superamos el deseo y la ignorancia — no nos damos cuenta de que en futuras vidas esas personas estarán libres de esa insensatez y dolor, pues habrán aprendido la lección, tal como hicimos nosotros.

Es difícil para nosotros comprender a cabalidad que somos lo que somos sólo por el resultado de nuestras experiencias. Tomemos como ejemplo una sola vida. Piensas que te gustaría eliminar de tu vida alguna experiencia dolorosa, algún episodio desgraciado; algunas circunstancias mortificantes; pero, ¿Alguna vez te detuviste a pensar que si fuera posible eliminar esas cosas, necesariamente estarías obligado a quedarte sin la experiencia y conocimiento que te proporcionan esos hechos?. ¿Te gustaría carecer del conocimiento y experiencia que has adquirido de esa manera?. ¿Te gustaría regresar al estado de inexperiencia e ignorancia en que te encontrabas antes de que ocurriera el hecho?. Porque si retornaras al viejo estado, con toda seguridad volverías a cometer el mismo error. ¿Cuántos de nosotros desearíamos borrar completamente las experiencias por las que hemos pasado?. Deseamos olvidar completamente el hecho, pero sabemos que tenemos la experiencia resultante alojada en nuestro carácter y no quisiéramos desprendernos de ella, porque eso significaría deshacernos de una parte de nuestra estructura mental. Si tuviéramos que deshacernos de la experiencia adquirida mediante el dolor, nos desprenderíamos de un trozo de nosotros mismos, y luego de otro, hasta que al final no nos quedaría nada sino el cascarón mental de nuestro antiguo yo.

Pero, dirán ustedes, qué utilidad tienen las experiencias obtenidas en vidas anteriores, si no las recordamos — están perdidas. Sin embargo, ellas no están perdidas, están contenidas en su estructura mental, y nada se las puede quitar nunca — son de ustedes para siempre. Su carácter está formado, no sólo por sus experiencias en esta vida particular, sino también por el resultado de sus experiencias en muchas otras vidas y etapas de existencia. Ustedes son lo que son hoy en razón de esas experiencias acumuladas — las experiencias de las vidas pasadas y de la presente. Recuerdan algunas de las cosas de esta vida que han forjado su carácter — pero, muchas otras igualmente importantes, en la vida presente, las han olvidado — no obstante, su resultado permanece con ustedes, pues ha sido entrelazado en su ser mental. Y, aunque no recuerden sino poco, o nada, de sus vidas pasadas, las experiencias adquiridas en ellas siguen con ustedes, ahora y para siempre. Son esas pasadas experiencias las que les dan “predisposiciones” en ciertas direcciones que les hacen difícil hacer ciertas cosas y fácil hacer otras, lo que les hace que “instintivamente” reconozcan ciertas cosas como desatinadas o incorrectas y que les hacen evitarlas como insensatas. Les dan sus “gustos” e inclinaciones, y hacen que algunos caminos les parezcan mejores que otros. Nada se pierde en la vida, y todas las experiencias del pasado contribuyen a su bienestar en el presente, todas sus dificultades y dolores del presente darán fruto en el futuro.

No siempre aprendemos la lección en un intento, y somos enviados de vuelta a nuestra tarea, una y otra vez, hasta que la hemos cumplido. Pero ni el más pequeño esfuerzo se pierde nunca, y si hemos fallado con la tarea en el pasado, hoy nos es más fácil cumplirla.

Un escritor norteamericano, Berry Benson, en el Century Magazine de mayo de 1894, nos da una hermosa ilustración de una de las formas de funcionamiento de la Ley de la Evolución Espiritual. Aquí lo reproducimos:

“Un niñito iba a la escuela. Era muy pequeño. Todo lo que sabía era lo que había asimilado con la leche materna. Su maestro (que era Dios) lo ubicó en el grado más bajo y le dio estas lecciones para que las aprendiera:

“No matarás. No causarás daño a ningún ser viviente. No robarás”.

Entonces, el hombre ya no mataba; pero era cruel y robaba. Al final del día (cuando su barba era gris, y había llegado la noche), su maestro (que era Dios) le dijo:

“Has aprendido a no matar, pero las otras lecciones no las aprendiste. Regresa mañana”.

A la mañana siguiente regresó como niño. Y su maestro (que era Dios) lo ubicó en un grado algo más alto, y le dio estas lecciones para que las aprendiera:

“No causarás daño a ningún ser viviente. No robarás. No mentirás”.

Entonces el hombre ya no hizo daño a ningún ser viviente; pero robaba y mentía. Y, al final del día (cuando su barba era gris y había llegado la noche), su maestro (que era Dios) le dijo:

“Has aprendido a ser misericordioso. Pero las otras lecciones no las aprendiste. Regresa mañana”.

De nuevo, al día siguiente, regresó como niñito. Y su maestro (que era Dios) lo ubicó en un grado aún algo más alto, y le dio estas lecciones para que las aprendiera:

“No robarás. No mentirás. No serás codicioso”.

Entonces, el hombre ya no robaba; pero mentía y era codicioso. Y, al final del día (cuando su barba era gris y había llegado la noche), su maestro (que era Dios) le dijo:

“Has aprendido a no robar. Pero las otras lecciones no las aprendiste. Regresa mañana, hijo mío”.

Esto es lo que he leído en los rostros de hombres y mujeres, en el libro del mundo, y en el pergamino de los cielos, que está escrito con estrellas. La gran lección a ser aprendida por todas las almas es la verdad de la Unidad del Todo. Este conocimiento lleva consigo todos los demás.

Hace que uno siga el precepto del Hijo de María, que dijo:

“Y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con toda tu fuerza”; y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Cuando el hombre toma conciencia de la verdad de que Todo es Uno — de que cuando se ama a Dios se ama al Todo, que el prójimo es, de hecho, él mismo — entonces no le faltan sino unos pocos grados para llegar a la “universidad” del conocimiento espiritual.

Esta convicción en la Unidad del Todo, lleva consigo ciertas normas de acción — de ética divina — que trascienden todas las leyes humanas orales o escritas. La paternidad de Dios y la hermandad del hombre se convierten en una realidad, más que en una mera repetición de palabras sin significado. Y esta gran lección tiene que ser aprendida por todos — y todos la estamos aprendiendo por grados. Y esta es la meta de la presente etapa de la evolución espiritual: conocer a Dios tal cual es; conocer nuestra relación con los demás — saber qué somos. Ante nosotros hay más escuelas, colegios y universidades de conocimiento espiritual, pero estas verdades son las lecciones que se enseñan en los grados en que estamos al presente. Y todo este dolor, dificultades, pesares y trabajo, no han sido sino para enseñarnos estas verdades, pero, una vez alcanzada la verdad, se ve que valió la pena aun el alto precio que se pagó por ella.

Si le preguntan a los yogis cuál es nuestro deber para con Dios (entendiendo a Dios en su más alta concepción) ellos responderán:
“Amen a Dios, y el resto se les hará claro, y conocerlo es amarlo, por tanto, aprendan a amarlo”.
Y si les preguntan cuál es su deber para con su prójimo, simplemente responderán:
“Sean misericordiosos y tendrán todo lo demás”.
Estos dos preceptos, si se siguen, le permitirán a uno vivir la Vida Perfecta. Son simples, pero contienen todo lo que es necesario saber respecto a las relaciones de uno con el Poder Infinito y con el prójimo. Todo lo demás es espuma y sedimento — desechos inútiles que se han acumulado alrededor de la Divina Llama de la Verdad. Los mencionamos aquí porque resumen la idea de conciencia que toda la especie está luchando duramente por adquirir. Si logras hacerlos parte de ti, habrás logrado un gran progreso en el Sendero, habrás pasado el Gran Examen.

La doctrina de la Causa y Efecto Espiritual se basa en la gran verdad de que cada hombre está bajo la Ley, prácticamente la conductora de su propio destino — su propio juez — su propio premiador o castigador. Que cada pensamiento, palabra o acción tiene su efecto en la vida, o vidas, futuras del hombre — no en la forma de premio o castigo (tal como esas palabras generalmente se comprenden) sino como el inevitable resultado de la gran Ley de Causa y Efecto. El funcionamiento de la Ley, que nos rodea con determinados grupos de condiciones en un nuevo nacimiento, está influenciado por dos grandes principios generales:

Los deseos, aspiraciones, simpatías, antipatías y anhelos prevalecientes en el individuo en esa particular etapa de su existencia y…

La influencia del espíritu en desarrollo que, presionando ansiosamente hacia adelante por una expresión más plena y con menos limitaciones, lleva a dirigir hacia el alma que reencarna una influencia que la hace que sea tutelada en su selección de las condiciones deseables de su nuevo nacimiento.

Sobre las influencias aparentemente conflictivas de estas dos grandes fuerzas descansa el gran tema de las circunstancias y condiciones que rodean el renacimiento del alma, y también muchas de las condiciones que rodean la personalidad en la nueva vida — pues esas condiciones están fuertemente gobernadas a través de toda la vida por estas fuerzas conflictivas (o aparentemente conflictivas).

La urgencia de los deseos, aspiraciones y hábitos de la vida pasada, presiona fuertemente al alma hacia la encarnación en condiciones más adecuadas para la expresión de esas simpatías, gustos y deseos — el alma quiere avanzar en la línea de su vida pasada, en medio de lo cual, naturalmente, busca las circunstancias y entornos más ajustados a su personalidad. Pero, al mismo tiempo, el espíritu en el alma, sabe que el desarrollo del alma necesita algunas otras condiciones para sacar ciertas partes de su naturaleza que han estado suprimidas o no desarrolladas, y así ejerce una atracción sobre el alma que reencarna, arrastrándola un poco a un lado de la ruta elegida, e influenciado en cierto grado esa elección. Un hombre puede tener un irresistible deseo de riqueza material, y la fuerza de su deseo le hará elegir circunstancias y condiciones para nacer en una familia donde hay mucho dinero, o en un cuerpo mejor adaptado para conseguir sus deseos, pero el espíritu, sabiendo que el alma ha rechazado el desarrollo de la misericordia, lo colocará un poco a un lado, y le conducirá hacia una ronda de circunstancias que harán que el hombre tenga que sufrir dolor, contratiempos y pérdidas, aun cuando logre tener mucho dinero en su nueva vida, a fin de que desarrolle esa parte de su naturaleza.

Podemos ver ejemplos de estos últimos casos en algunos de los hombres muy ricos de Norteamérica. Ellos nacieron en circunstancias en las que tuvieron la más libre expresión del deseo de riqueza material — poseyeron las facultades mejor adaptadas para ese único fin, y se las arreglaron para rodearse de las circunstancias mejor calculadas para que esas facultades se manifestaran más libremente. Lograron sus deseos, y acumularon riquezas en una forma desconocida en otros tiempos. Pero, por regla general, son los más infelices e insatisfechos. Su riqueza es un peso alrededor de su cuello, y son atormentados por temores de perderla y por la ansiedad de cuidarla. Sienten que no les ha traído verdadera felicidad, y que, por el contrario, les ha separado de su prójimo y de la felicidad que conocen aquellos de medios modestos. Andan ardorosa, incansable y constantemente en busca de algún nuevo estímulo que distraiga sus mentes de su verdadera condición. Perciben un sentido de deber hacia la especie y, aunque no comprenden exactamente el sentimiento que hay detrás, se esfuerzan por balancear las cosas contribuyendo con colegios, hospitales, obras de caridad, y otras instituciones similares que han brotado como hongos en respuesta al despertar de conciencia de la especie a la realidad de la hermandad del hombre y de la unidad del Todo. Antes de que llegue el fin, sentirán en las profundidades de su alma que ese éxito no les ha traído verdadera felicidad y, en el período de reposo que siga a su separación del cuerpo físico, “harán inventario” de sí mismos y reajustarán sus acciones mentales y espirituales, de manera que cuando nazcan de nuevo ya no dedicarán más todas sus energías a acumular riquezas que no pueden utilizar, sino que vivirán una vida más equilibrada, encontrarán felicidad en sitios inesperados y desarrollarán mayor espiritualidad. No porque hayan sido impresionados por el sentido de alguna “iniquidad” en especial en la adquisición del dinero, sino porque el alma ha descubierto que no hay felicidad segura por ese camino, y está buscándola en otros lugares, y porque ya agotó el deseo de riqueza, por lo cual vuelve su atención hacia otras cosas. De no haber el espíritu ejercido su influencia, el hombre hubiera nacido en condiciones tendientes a producir riqueza, pero no hubiera estado hecho para ver la unilateralidad de esa vida, en cuyo caso hubiera seguido estando poseído por ese anormal deseo de riqueza que le hubiera hecho volver a nacer una y otra vez, con mayor poder cada vez, hasta que se hubiera convertido prácticamente en un demonio del dinero.

Pero la influencia del espíritu siempre contrarresta los deseos anormales, aunque a veces deben vivirse varias encarnaciones antes de que el alma se desprenda de su deseo, y comience a ser influenciada por el espíritu en forma significativa. A veces la influencia del espíritu no es lo suficientemente fuerte como para evitar un renacimiento en condiciones altamente favorables a los viejos deseos, pero en tales casos, a menudo es capaz de conducir los acontecimientos durante la vida del hombre, de modo de enseñarle la lección necesaria para frenar sus indomables deseos, colocándolo al alcance de la Ley de Atracción y causándole algún dolor para que le sucedan ciertos contratiempos, ciertos fracasos que le hagan comprender el dolor, los contratiempos, fracasos y tristezas de otros, llevándolo hacia una forma de vida que le ayude a desarrollar sus facultades más elevadas. Muchos de los repentinos golpes de “infortunio” provienen realmente de este elevado principio del hombre, con el fin de enseñarle ciertas lecciones para su propio bien. No es necesariamente una fuerza superior la que hace que el hombre comprenda esas lecciones de vida, sino que generalmente es el espíritu dentro de él quien le produce esos resultados. El espíritu sabe lo que es mejor para el hombre, y cuando ve a su naturaleza inferior arrastrándolo, trata de sacarlo de su camino o detenerlo repentinamente si es preciso. Recuerden, esto no es un castigo, sino la mayor bondad. El espíritu es parte de ese hombre, y no una fuerza externa — aunque, por supuesto, es la parte divina de él, esa parte de él en comunicación más cercana con la Gran Inteligencia gobernante a la que llamamos Dios. Este dolor no es causado por ningún sentimiento de justa indignación, venganza, impaciencia o ningún sentimiento similar por parte del espíritu, sino que es semejante al del padre más amoroso, que se ve obligado a quitarle de las manos al niño algo peligroso que podría lastimar al pequeño es la mano que aparta al niño del borde del precipicio, aunque el pequeño grite con rabia y disgusto porque sus deseos fueron frustrados.

El hombre o mujer cuya mente espiritual se ha desarrollado, percibe este estado de cosas y, en lugar de luchar contra el espíritu, cede sin discusión, y obedece a su mano rectora, ahorrándose así mucho dolor. Pero, aquellos que no saben, rabian y se rebelan ante la mano restrictiva y rectora, la atacan y tratan de librarse de ella, atrayendo con eso hacia ellos amargas experiencias, necesarias por su rebeldía. Estamos tan dispuestos a resentir la influencia externa en nuestros asuntos que nos desagrada esa idea de restricción, pero si sólo recordáramos que es una parte de nosotros — la porción más elevada — la que envía esas directrices, entonces veríamos las cosas bajo otra óptica. Y tenemos que recordar esto: que no importa cuán adversas para nosotros parezcan ser las circunstancias o condiciones, ellas son exactamente lo que necesitamos en las precisas circunstancias de nuestra vida, y tienen como único objetivo nuestro bien último. Quizás necesitemos reforzar ciertas líneas, a fin de perfeccionarnos — y estamos capacitados para recibir las experiencias justamente calculadas para completar esa parte particular de nosotros. Podemos estar inclinándonos demasiado en una dirección, entonces se nos refrena y se nos estimula en otra. Estas pequeñas cosas — y las grandes, todas tienen significado. Entonces nuestros intereses están más o menos atados a los de otros, debido a las leyes de atracción, y nuestras acciones pueden tratar de reflejarse en ellos y las de ellos sobre nosotros, para nuestro mutuo desarrollo y bien último. Tendremos más que decir sobre el tema un poco más adelante.

Si permanecemos en silencio, y examinamos tranquilamente nuestro pasado (de la vida presente, queremos decir), veremos que ciertas cosas han conducido a otras, y que pequeñas cosas han conducido a las más grandes, que pequeñas encrucijadas han resultado en un cambio total en nuestra vida. Podemos rastrear el hecho más importante de nuestra vida hasta algún incidente o hecho insignificante. Podemos mirar hacia atrás y ver cómo las experiencias dolorosas del pasado nos han fortalecido, y nos han conducido hacia una vida más completa y más plena. Podemos ver cómo ese hecho del pasado en particular, que parecía innecesariamente cruel y no solicitado, fue precisamente lo que nos condujo a algo grande del presente. Todo lo que se necesita es la perspectiva de los años. Y si nos damos cuenta de que somos capaces de ver esto, podremos sobrellevar con más filosofía los dolores y hechos desagradables del presente, sabiendo que significan el bien último. Cuando dejamos de pensar en estas cosas como castigos, o como una desconsiderada intromisión de alguna fuerza externa, o como crueldad de la Naturaleza, y comenzamos a verlas o bien como consecuencia de nuestras vidas pasadas o como resultado de la mano directriz del espíritu, dejaremos de protestar y de luchar como lo hicimos en el pasado, nos esforzaremos por trabajar conjuntamente con la Gran Ley, y de esa manera evitaremos roces y dolor. Y, no importa qué dolor, tristeza o problema podamos estar padeciendo, si aceptamos la guía del espíritu, se nos abrirá un camino, un paso cada vez, y si lo seguimos obtendremos paz y energía. La Ley no carga sobre una espalda más de lo que ésta puede soportar, y no sólo le tibia el viento a la oveja esquilada, sino que calma a la oveja esquilada que está contra el viento.

Hemos hablado de nuestros intereses atados a los de otros. Esto es también un principio de la ley espiritual de causa y efecto. En nuestras vidas pasadas hemos estado unidos a determinadas personas, ya sea por amor o por odio, ya sea por acción o por crueldad. Y en esta vida esas personas tienen ciertas relaciones con nosotros, todas tendientes a la mutua conciliación y al mutuo avance y desarrollo. No es una ley de venganza, sino simplemente la ley de causa y efecto que nos hace recibir un golpe (cuando éste es necesario) de alguien a quien hemos golpeado en alguna vida pasada — y no es meramente una ley de premiar por el bien, sino la misma ley de causa y efecto, la que hace que alguien a quien hemos ayudado y consolado en alguna vida pasada, cure nuestras heridas y nos consuele. La persona que nos causa un daño, puede no tener intención de hacerlo, siendo un sujeto perfectamente inocente, pero somos conducidos a unas condiciones en las que somos lesionados por las acciones de aquella persona, aunque ella sea inconsciente de ello. Si nos hiere conscientemente, aunque sea por obediencia a la ley, es porque aún se encuentra en ese plano, desea hacernos daño y es guiada por la ley de atracción hacia una circunstancia desde donde podemos recibir daño de ella. Pero, aun ese daño está calculado para beneficiarnos al final, tan maravillosa es esta ley. Por supuesto, si alguna vez llegamos a una posición desde donde podemos ver la verdad, no necesitamos tantas de esas lecciones y, habiéndose extinguido su necesidad, la ley nos permite escapar de lo que de otra manera nos hubiera producido dolor.

La condición antes mencionada puede ser ilustrada con el caso de alguien que, por razones egoístas, en una pasada encarnación se ganó deliberadamente el amor de otro y entonces, habiendo satisfecho tercamente su deseo, desechó al otro, como si fuera un juguete roto. Aunque no pretendemos explicar el funcionamiento exacto de la ley en algún caso en particular, aquellos que han estudiado esos temas desde un punto de vista más elevado, nos han informado que en un caso como el antes mencionado, probablemente en esta vida el traidor se enamore apasionadamente de la persona que fue su víctima en la vida pasada, pero ella será absolutamente incapaz de corresponderle, y aquél sufrirá todo el dolor que causa amar en vano, y como resultado llegará a comprender la santidad del afecto humano y la malignidad de jugar con él. Es de hacer notar en este caso que la persona causante del dolor en la vida presente es un sujeto perfectamente inocente en todo el asunto y por ese motivo no genera nuevas causas y efectos.

Es muy probable que aquellos a quienes hemos amado y de quienes hemos sido amigos en vidas pasadas, estén conectados con nosotros en nuestra vida presente, mantenidos cerca por la ley de atracción. Las personas que llegan a estar en estrecha relación con nosotros son, con toda probabilidad, aquellas que en vidas pasadas estuvieron cerca de nosotros. Simpatías y antipatías repentinas, observadas con tanta frecuencia entre la gente, pueden adjudicarse a esta teoría del renacimiento, y muchos de los acontecimientos de nuestra vida diaria llegan por esta ley espiritual de causa y efecto. Estamos constantemente conectados con las vidas de otros, por dolor o por felicidad, y la ley debe seguir su curso. El único escape del total cumplimiento de la ley es la adquisición por nuestra parte del conocimiento de la verdad, y el consecuente ajuste de nuestras vidas a los lineamientos de esta elevada verdad, en cuyo caso somos dispensados de lecciones innecesarias, y cabalgamos en la cresta de la ola, en lugar de ser abrumados por ella.

Cuidémonos de no activar esta ley de causa y efecto por medio del odio, la malicia, los celos, la rabia y la malevolencia general hacia los demás. Seamos tan bondadosos como podamos, en toda justicia con nosotros y con los demás, y evitemos el odio y los deseos de venganza. Vivamos, soportando nuestras aflicciones con tanta benevolencia como podamos reunir, confiemos siempre en la conducción del espíritu y en la ayuda de la suprema Inteligencia. Sepamos que todo está trabajando en conjunto por el bien, y que no podemos ser privados de ese bien. Recordemos que esta vida no es sino un grano de arena en el desierto del tiempo, y que tenemos largas edades por delante, en las cuales tendremos una oportunidad de realizar todas nuestras aspiraciones y más elevados deseos. No se desanimen, porque Dios prevalece y todo es por y para bien.

Extraído del libro de Yogi Ramacharaka “Catorce Lecciones de Filosofía Yogui y Ocultismo Oriental”

BIBLIOTECA UPASIKA – “Colección Textos Esotéricos”

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