salud y nutrición

ACERCA DE COMER CARNE – Plutarco

«Comer carne no sólo es contrario a la naturaleza de los cuerpos, sino que también, por saciedad y hartura, engorda y espesa las almas, pues la alimentación del cuerpo afecta decisivamente a la calidad del alma.»

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Me preguntas por qué razón Pitágoras se abstenía de comer carne, pero yo me pregunto, más bien, cuál era el sentimiento, el estado mental o anímico del hombre que por vez primera se acercó a la boca una carne asesinada, del hombre que se atrevió a llevarse a los labios la carne de un animal muerto, y que hizo que se sirvieran en su mesa cadáveres en putrefacción, convirtiendo en alimento miembros que poco antes balaban, mugían, andaban y veían. ¿Cómo pudieron sus ojos soportar la visión del asesinato? ¿Cómo fue capaz de ver morir, despellejar y descuartizar a un pobre animal? ¿Cómo su olfato soportó ese olor? ¿Cómo es que no sintió asco y horror cuando tuvo que entrar en contacto con el cuerpo desmembrado, cuando se manchó con la sangre y los líquidos que salían de las heridas mortales de otro ser?

Las pieles se arrastraban por tierra,
también las carnes mugían ensartadas,
asadas y crudas, y era
semejante a la de los bueyes la voz que de allí salía. [Odisea XII, 395,96)

Estas palabras corresponden a una ficción poética y una fábula, pero sin duda fue una cena extraña y monstruosa, como lo es el tener hambre de animales que aún mugen, aprender a alimentarse de animales que todavía viven y gritan, dar instrucciones para su preparación, para hervirlos o asarlos, y presentarlos en la mesa.

Es al primero que comenzó con tales prácticas a quien debería preguntarse, no a los que se sumaron más tarde a ellas; o quizá los primeros hombres que comenzaron a comer carne lo hicieron empujados por el hambre y la necesidad, tal vez no fue por un apetito desordenado por lo que adoptaron este hábito, ni fue la abundancia de cosas necesarias lo que les llevó a esta actitud insolente de codiciar voluptuosidades extrañas y contrarias a la naturaleza, de modo que si ahora recuperaran el sentimiento y la palabra podrían decirnos: ¡Oh, qué felices y amados de los dioses sois vosotros, los que ahora vivís! ¡En qué tiempos de abundancia nacisteis! ¡Cómo gozáis de toda clase de bienes! ¡Cuántos productos os produce la tierra, qué copiosas son vuestras vendimias, cuántas riquezas os ofrecen los campos, qué cantidad de frutos os proporcionan árboles y plantas de los que podéis coger lo que queréis cuando bien os parece! Vivís ahora rodeados de deleites, sin mancharos las manos, mientras que nosotros vivimos en lo más duro y temible de la existencia humana, siendo forzoso que cayéramos, por la reciente creación del mundo, en una terrible y apremiante indigencia de muchas cosas necesarias; la faz del cielo se encontraba todavía cubierta por la densidad del aire, las estrellas estaban mezcladas de un humor turbio e inestable con el fuego de las tormentas y los vientos. El sol aún no estaba bien establecido, todavía no tenía un curso fijo, cierto y seguro:

No separaba el día y la noche;
no conocía su ciclo de retorno,
coronado por estaciones
abundantes en frutos y en flores.

La tierra era ultrajada por el curso de unos ríos que no tenían ni fondo ni riberas definidas. Infestada en su mayor parte por profundos lagos y ciénagas, el resto se encontraba en estado salvaje, cubierta de bosques y selvas estériles; la tierra no producía frutos, ni había todavía herramientas con qué trabajarla, pues la inteligencia humana aún no había creado ingenio alguno para ello; el hambre no nos abandonaba nunca, y no se esperaba cada año como ahora, a la llegada de la estación de la siembra, pues nada había que sembrar.

Nada tiene, pues, de asombroso que, contra los dictados de la naturaleza, comiéramos carne de animales, habida cuenta que entonces se comía tanto el musgo como la corteza de los árboles, y era un hallazgo feliz encontrar algunas raíces verdes de grama o de brezo. Y cuando los hombres tropezaban casualmente con bellotas o castañas, bailaban de alegría en torno a un roble o un pino, al son de alguna canción primitiva, invocando a la «madre nutricia», a la tierra que les daba la vida; no había ne la vida de los hombre otra fiesta que ésa: el resto de la existencia humana no era más que dolor, miseria y tristeza.

Pero ahora, ¿qué rabia y qué furor os incitan a cometer tanto crimen, cuando estáis saciados de tan gran afluencia de cosas necesarias para la vida? ¿Por qué calumniáis ingratamente a la tierra, como si ella no os pudiera alimentar? ¿Por qué pecáis contra Demeter, creadora de leyes santas, y avergonzáis al dulce y gracioso Dionisos, como si esas deidades no os dieran suficientemente para vivir? ¿No os da vergüenza mezclar en vuestras mesas los frutos dulces con el crimen y la sangre? Llamáis «fieras» a leopardos y leones, y, sin embargo, derramáis su sangre, no siendo vuestra crueldad en modo alguno menos que la de ellos, pues si otros animales matan es por necesidad de alimento, mientras que vosotros lo hacéis por deleite; y no coméis leones ni lobos tras pelear con ellos y matarlos, sino que elegís los que son inocentes, mansos y domesticados, los que no tienen ni dientes para morder, ni garras para defenderse: es a ésos a los que agarráis y matáis, como si la naturaleza los hubiera creado tan sólo para vuestro placer.

Pero nada nos conmueve de los desgraciados animales, ni su bello colorido, ni la dulzura de su voz melodiosa, ni la sutileza de su inteligencia, ni la limpieza de su vida, ni la vivacidad de los sentidos y el entendimiento; y así, por un poco de carne, les privamos de la existencia, les arrebatamos el sol, la luz, y el curso de la vida a la que la naturaleza les había destinado; y pensamos luego que las voces que lanzan movidos por el miedo no son articuladas, y que no significan nada, cuando en realidad son plegarias, súplicas y peticiones en las que esos pobres animales nos gritan: «Si estás obligado por la necesidad, no te pediré que me salves la vida, pero déjame vivir si vas a darme muerte por un deseo de tu voluntad desordenada; si lo necesitas para comer, mátame, pero si por glotonería, déjame vivir», ¡Oh, cuánta crueldad! Qué horror produce ver la mesa de los ricos servida y cubierta por cocineros y salseros que revisten esos cuerpos muertos; pero más horrible es todavía ver cómo la quitan, pues los restos que se llevan suponen más de lo que se ha comido: para nada, pues, se ha dado muerte a esos pobres animales. Hay otros que evitan las carnes servidas a la mesa y no quieren que se las toque, ni se las corte. Pero aunque las respetan cuando no son ya más que carne, no las respetaron cuando eran todavía animales vivos.

Pero para quien mantiene que la causa y el origen de comer carne está en la propia naturaleza, probémosles que ello no es acorde con la constitución del hombre. En primer lugar, se puede demostrar, por la natural composición del cuerpo humano, que no guarda semejanza ninguna con la de aquellos animales a los que la naturaleza ha destinado a alimentarse de carne, habida cuenta que no tiene ni pico ganchudo ni garras afiladas, ni dientes puntiagudos, ni un estómago tan fuere, ni unos humores tan ardientes que puedan cocer y digerir la pesada masa de la carne cruda; y aunque no fuera por otra cosa, la naturaleza misma, con la igualdad de sus dientes planos y unidos, la boca pequeña, la lengua blanda y suave, y la debilidad del calor natural y de los humores que provocan la digestión, muestra por sí misma que no aprueba la costumbre del hombre de comer carne. Y si te obstinas en que la naturaleza lo ha destinado a comer carne, entonces mátala tú mismo por tus propios medios, sin usar maza, ni cuchillo hi hacha, sino como lo hacen lobos, osos y leones, que comen y matan al animal al mismo tiempo: así, trata de matar un buey a fuerza de dentelladas, acaba con un jabalí con tu boca, desgarra un cordero o una liebre con las garras, y cómela viva todavía, como hacen esos animales: pero si esperas que estén muertas para poder comerlas, y sientes vergüenza de expulsar a dentelladas el alma presente en la carne que comes, ¿por qué comes lo que tiene alma? Pero incluso privada del alma y completamente muerta, no hay nadie que tenga el valor de comerla como está, así que se la hace hervir, se la asa, se la transforma con el fuego y varias drogas, alterando, disfrazando y sofocando el horror del asesinato, para que el sentido del gusto, engañado y frustrado por tales disfraces, no rechace lo que le es extraño.

Pensemos en aquel espartano que, habiendo comprado un pez, lo entregó al posadero para que lo preparara; éste le pidió entonces vinagre, queso y aceita para cocinarlo. «Si tuviese lo que me pides -respondió el espartano-, no hubiese comprado el pescado.» (…)

 

PLUTARCO
Extracto de su tratado «ACERCA DE COMER CARNE»

Traducción: Fernado Ortega
Editor: J.J.Olañeta

 


 

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