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LOS CAMINOS DE LA FELICIDAD (2) – James Allen

«Como a los inicios incorrectos les sigue el dolor y a los inicios correctos les sigue la dicha, la tristeza y la felicidad están inseparablemente ligadas a los pequeños deberes y tareas.»

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(2) PEQUEÑAS TAREAS Y DEBERES

 

La llave para abrir la puerta del Cielo
está envuelta en nuestras tareas cotidianas:
La visión celestial le será revelada
a quien no llegue demasiado pronto ni demasiado tarde.

Como la estrella que brilla a lo lejos, sin prisa
y sin descanso.

Que cada hombre se mueva a su propio ritmo
y haga su tarea diaria
lo mejor que pueda.

GOETHE

Como a los inicios incorrectos les sigue el dolor y a los inicios correctos les sigue la dicha, la tristeza y la felicidad están inseparablemente ligadas a los pequeños deberes y tareas. Pero esto no quiere decir que un deber tenga ningún poder en sí mismo para conceder la felicidad o viceversa. El poder se encuentra en la actitud que adopta la mente a la hora de enfrentarse a la tarea, y todo depende de la manera en que ésta se emprenda y se lleve a cabo.

No sólo una gran felicidad, sino también un gran poder, surgen al hacer pequeñas cosas de forma desinteresada, con sabiduría y de una manera perfecta, ya que la vida en su totalidad se compone de pequeñas cosas. La sabiduría está ligada a los detalles comunes de la existencia diaria y, cuando las piezas están fabricadas a la perfección, el Todo no tendrá defecto alguno.

Todo en el universo se compone de pequeñas cosas y la perfección de lo grandioso se basa en la perfección de lo pequeño. Si cualquier detalle del universo fuera imperfecto, el Todo sería imperfecto. Si se omitiera cualquier partícula, el conjunto dejaría de existir. Si faltara una partícula de polvo, no podría existir el mundo, y, si el mundo es perfecto, es porque la partícula de polvo es perfecta. La omisión de lo pequeño acarrea la confusión de lo grande. Un copo de nieve es tan perfecto como una estrella; una gota de rocío es tan simétrica como el planeta entero; un microbio no está menos matemáticamente proporcionado que el ser humano. El templo finalmente se yergue con toda su belleza arquitectónica al colocar piedra sobre piedra, uniendo y encajando cada una con un ajuste perfecto. Lo pequeño precede a lo grande. Lo más pequeño no es simplemente el ayudante apologético de lo grande, es su maestro y su genio orientador.

Las personas superficiales que aspiran a ser importantes, buscan a su alrededor la manera de hacer algo grande, ignorando y despreciando las pequeñas tareas que reclaman su atención inmediata, puesto que éstas no les reportan ninguna fama, y consideran que esas «trivialidades» no son propias de los grandes hombres. El tonto carece de conocimiento, porque carece de humildad y, engreído y con aires de grandeza, sólo aspira a cosas imposibles.

Aquél que se ha convertido en un gran hombre, lo ha logrado a través de la atención escrupulosa y desinteresada a las pequeñas tareas. Se ha vuelto sabio y poderoso, sacrificando la ambición y el orgullo, haciendo cosas necesarias que no provocan aplausos y no prometen ninguna recompensa. Él nunca busca la grandeza; busca la fidelidad, el desinterés, la integridad y la verdad. Y, cuando encuentra estos atributos en las pequeñas tareas y deberes cotidianos, inconscientemente asciende al nivel de la grandeza.

Todo el que es grande es consciente del enorme valor que encierran los pequeños momentos, las palabras, los saludos, los alimentos, las prendas de vestir, la correspondencia, el descanso, el trabajo, los grandes esfuerzos y las pequeñas obligaciones. Todas esas «mil y una» pequeñas cosas que exigen brevemente su atención en los detalles cotidianos de la vida. Esta persona tiene la capacidad de observarlo todo como si estuviera divinamente repartido, y sabe que, de su parte, sólo necesita aplicar el pensamiento y la acción desapasionados para lograr una vida perfecta y llena de bendiciones.

Este ser no descuida nada; no se apresura. Sólo trata de evitar el error y la insensatez, realizando cada tarea tal y como se le presenta, y no la pospone ni se lamenta. Al entregarse sin reservas a su siguiente tarea, olvidando tanto el placer como el dolor, logra combinar la simplicidad de un niño con el poder inconsciente que representa la grandeza.

El consejo que dio Confucio a sus discípulos: «Come en tu propia mesa como si comieras en la de un rey», subraya la importancia de las pequeñas cosas, al igual que esta máxima de Buda: «Si algo debe hacerse, uno debe hacerlo. Hay que ir ascendiendo con firmeza». Descuidar las tareas pequeñas, o llevarlas a cabo de una manera superficial o descuidada, es señal de debilidad y de locura.

Si centramos toda la atención en nuestros deberes con una actitud desinteresada, éstos evolucionarán de forma apropiada y, por crecimiento natural, se convertirán en combinaciones de tareas cada vez más elevadas, porque iremos desarrollando el poder, el talento, el genio, la bondad y el carácter. Una persona accede a la grandeza de un modo tan natural e inconsciente como una planta que desarrolla una flor y, de la misma manera, va ajustando cada esfuerzo y cada detalle con constante energía y diligencia, armonizando su vida y su carácter sin fricción ni pérdida de energía.

Entre las innumerables recetas para desarrollar la «fuerza de voluntad» y la «concentración» que hoy en día se publican en el extranjero, buscamos en vano cualquier consejo que se pueda aplicar a nuestras experiencias vitales. Las «respiraciones», las «posturas», las «visualizacio- nes» y los «métodos ocultos» son prácticas tan engañosas como artificiales y distantes de todo lo que es real y esencial en la vida. Mientras tanto, el verdadero camino, el camino del deber, del esfuerzo comprometido y concentrado en nuestras tareas cotidianas, a través del cual se desarrollan la fuerza de voluntad y la concentración del pensamiento, permanece desconocido, ignoto e inexplorado, aún para los elegidos.

Se debe abandonar todo esfuerzo y actividad antina- tural para obtener «poder». El crecimiento es el único camino que nos traslada de la niñez a la vida adulta. También es el único camino que nos lleva de la insensatez a la sabiduría, de la ignorancia al conocimiento y de la debilidad a la fortaleza. Hay que aprender a crecer poco a poco y día tras día, agregando pensamiento a pensamiento, esfuerzo a esfuerzo y tarea a tarea.

Es cierto que el faquir adquiere cierto tipo de poder gracias a su gran persistencia a la hora de adoptar determinadas «posturas» y someterse a «duras pruebas», pero éste es un poder que se obtiene a un precio muy alto y ese precio implica una pérdida similar de fortaleza en otro sentido. Nunca podrá tener un carácter fortalecido y fructífero, sino que siempre será un especialista fantástico de una especie de truco psicológico. No es un hombre desarrollado, es un hombre mutilado.

La verdadera fuerza de voluntad consiste en superar los resentimientos, las necedades, los impulsos imprudentes y las faltas morales que acompañan la vida diaria del individuo y que tienden a manifestarse con cada provocación, por muy leve que sea.

También consiste en poder desarrollar la calma, el autocontrol y la acción desapasionada cuando llega la presión y el enardecimiento de los deberes mundanos en medio de una multitud perturbada y dominada por la pasión. Sólo aquí radica el poder verdadero, y éste sólo se puede desarrollar a lo largo del transcurso normal de un crecimiento estable en la ejecución cada vez más competente, desinteresada y perfecta de las legítimas tareas cotidianas y de las obligaciones apremiantes.

El maestro no es aquella persona cuyos «logros psicológicos», rodeados de misterio y maravillas, lo dejan sin protección en momentos de irritabilidad, de agobio, de mal humor o de cualquier otra pequeña locura o vicio, sino aquella persona cuya «maestría» se manifiesta a través de la fortaleza, del perdón, de la entereza, de la calma y de la paciencia infinita. El verdadero maestro es el que tiene el control de sí mismo. Cualquier otra cosa no es maestría, sino una falsa ilusión.

Aquel que concentra todo su talento en la ejecución de cada tarea, según el momento y la forma en que ésta se presente, que deposita en ella su energía y su inteligencia, alejando de su mente todo lo demás, y que concentra sus esfuerzos en su cometido para terminarlo completa y perfectamente, sin importarle lo insignificante que sea y sin preocuparse por obtener recompensa alguna, adquirirá cada día un mayor control sobre su mente y, poco a poco, irá creciendo hasta llegar a ser un hombre de poder: un maestro.

Dedícate sin reservas a tu tarea actual y trabaja, actúa y vive para hacer de cada tarea una labor terminada. Éste es el verdadero camino para conservar la energía, para adquirir fuerza de voluntad y concentración de pensamiento. No busques fórmulas mágicas que sólo te conducirán a métodos falsos y artificiales. Cada recurso ya está contigo y dentro de ti. Debes aprender a manejarte con sabiduría en el lugar que ahora ocupas. Y hasta que no lo hagas, no podrás alcanzar ni conquistar esos lugares elevados que te están aguardando.

No existe ninguna otra manera de obtener fuerza y sabiduría, más que a través de la actuación vigorosa y sabia en el momento presente. Y cada momento presente nos revela su propia tarea. El hombre grande, el sabio, hace las pequeñas cosas de una manera grandiosa, sin pensar que nada es demasiado «trivial». Las personas débiles, los insensatos, hacen las pequeñas cosas mal y sin la debida atención, esperando siempre otro trabajo más importante, y, debido a su negligencia e incapacidad en los pequeños asuntos, revelan su incapacidad constantemente. El que menos se sabe controlar a sí mismo es el que más ambiciona controlar a los demás y asumir responsabilidades importantes. «Aquél que descuida algo que debe hacer porque le parece que es una tarea muy pequeña, se está engañando a sí mismo. En realidad, no es que la tarea sea muy pequeña, es que es demasiado grande para que él pueda realizarla.»

Y, así como realizar bien las pequeñas tareas conduce a una mayor fortaleza, realizarlas mal genera a una mayor debilidad. Lo que una persona haga con sus dis- tintos deberes se irá sumando al conjunto de su carácter. La debilidad es una fuente de sufrimiento tan grande como el pecado. No podrá haber felicidad verdadera hasta que se desarrolle en alguna medida la fuerza de carácter. La persona débil se fortalece cuando concede valor a las pequeñas cosas y las lleva a cabo conforme a ese valor. La persona fuerte se debilita cuando descuida y desprecia las pequeñas cosas, perdiendo así su sabiduría esencial y malgastando su energía. Aquí podemos observar la acción benéfica de aquella ley del crecimiento que se expresa con palabras que pocos comprenden: «Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun lo que tiene, se le quitará». El ser humano gana o pierde instantáneamente con cada pensamiento que piensa, con cada palabra que pronuncia, con cada acción que realiza, y con cada tarea en la que emplea sus manos y su corazón. Su carácter se convierte en un libro de contabilidad en el que, momento a momento, se suman o se restan porcentajes de cosas positivas y en el que siempre está involucrada una ganancia o una pérdida. Esto sucede incluso con lo absoluto, con cada pensamiento, cada palabra y cada obra, en una secuencia vertiginosa.

Aquél que domina las pequeñas cosas se convierte en propietario legítimo de lo grande. Quien se deja dominar por lo pequeño, no puede alcanzar ninguna gran victoria.

La vida es una especie de cooperativa en la cual el todo es de la misma naturaleza que la unidad y depende de ésta. Un negocio exitoso, una máquina perfecta, un templo maravilloso o un bello carácter, todos se derivan del ajuste perfecto de un sinfín de partes.

La persona insensata piensa que las pequeñas faltas, las pequeñas indulgencias y los pequeños pecados no revisten consecuencias y está convencida de que, mientras no cometa inmoralidades evidentes, es un ser virtuoso, incluso un santo. Pero, en realidad, se está privando de la virtud y de la santidad y, en consecuencia, las personas que lo conocen no lo respetan ni lo aman, no le dan importancia ni lo toman en cuenta, y su influencia se ve destruida. Los esfuerzos de esta persona para crear un mundo virtuoso, los consejos que pueda dar a los demás para que abandonen sus grandes vicios, carecen de sus- tancia y sus frutos siguen siendo estériles. La insignificancia que atribuye a sus pequeños vicios impregna todo su carácter y es la medida de su integridad: se le considera un ser insignificante. La ligereza con la que comete sus errores y saca a la luz su debilidad retorna a él en forma de menosprecio y pérdida de influencia y respeto. Nadie lo busca porque, ¿a quién le gustaría que un necio le enseñara algo? Su trabajo no prospera porque, ¿quién se apoyaría en una pared poco estable? Sus palabras no se oyen con atención, ya que están desprovistas de práctica, sabiduría y experiencia, y ¿quién haría caso al eco?

El hombre sabio, o aquél que está adquiriendo sabiduría, se percata del peligro que encierran las faltas personales que la mayoría de las personas cometen de manera irreflexiva y con impunidad. Considera también que la salvación va unida al rechazo de esas faltas, a la práctica de pensamientos y actos virtuosos que la mayoría considera insignificantes y a esas conquistas cotidianas sobre el ego, silenciosas pero trascendentales, que se hallan ocultas a los ojos de los demás.

Quien considera que sus pequeños errores son de naturaleza muy grave, se convierte en un santo. Puede advertir la influencia de largo alcance, ya sea buena o mala, que se desprende de cada uno de sus pensamientos y acciones, y puede ver cómo él también está hecho —o deshecho— por la justicia o la injusticia de todos aquellos innumerables detalles de conducta que se combinan para formar su carácter y su vida. De modo que observa, vigila, se purifica y se perfecciona poco a poco y paso a paso.

De igual modo que el océano se compone de gotas, la tierra de partículas y las estrellas de puntos de luz, la vida se compone de pensamientos y obras. Sin ellos, no sería vida. Por lo tanto, la existencia de cada ser humano está formada por esos pensamientos y acciones aparentemente inconexos. Esta combinación es él mismo. Al igual que un año se compone de un número determinado de momentos secuenciales, la vida y el carácter de una persona se componen de un número determinado de pensamientos y acciones secuenciales, donde la suma final sufrirá el impacto de las partes.

Las cosas y el tiempo
han de contemplarse en conjunto, para formar un año
y una esfera.

Las pequeñas bondades, generosidades y sacrificios construyen un carácter amable y generoso. Las pequeñas renuncias, enterezas y victorias sobre nosotros mismos conforman un carácter fuerte y noble. La persona verdaderamente honesta, lo es hasta en los más mínimos detalles de su vida. La persona noble, lo es en cada pequeña palabra que pronuncia y en cada acción que realiza.

Es un error fatal creer que la vida está desconectada del pensamiento y la acción momentánea, y no comprender que el pensamiento y la acción pasajeros constituyen la base y la esencia de la vida. Cuando este concepto se comprende perfectamente, todas las cosas se consideran sagradas y cada acto se convierte en una experiencia religiosa. La verdad está envuelta en un sinfín de detalles infinitesimales. En la rigurosidad se halla la genialidad.

Los bienes se esfuman y las opiniones cambian,
las pasiones ocupan un asiento poco estable.
Pero, inamovible ante las tormentas de los acontecimientos, está siempre el deber,
que no mengua ni desaparece.

Tú no vives la vida en conjunto, la vives en fragmentos y de éstos surge el conjunto. Puedes vivir cada fragmento con nobleza si así lo decides y, si lo haces, no habrá ni una sola partícula de vileza en el acabado general. El proverbio que dice: «Cuida los peniques y las libras se cuidarán a sí mismas», tiene un gran trasfondo cuando se aplica a lo espiritual ya que, cuidar del presente y saber que, al hacerlo, la suma total de la vida y el carácter queda protegida es algo divinamente sabio. No anheles hacer cosas grandes y meritorias, éstas se llegarán a realizar por sí solas si realizas tus tareas actuales con una actitud honesta. No te desesperes por las restricciones y limitaciones de lo que tienes que hacer en la actualidad. En lugar de eso, cumple con tus deberes de una manera noble y generosa, dejando a un lado el descontento, la apatía y la absurda idea de lograr grandes hazañas que están más allá de tus habilidades. De esta manera, empezará a aparecer esa grandeza por la que suspiras. No hay debilidad más grande que el enojo. Aspira a conseguir la nobleza desde tu interior, no la gloria exterior, y empieza a hacerlo en el lugar donde te encuentras ahora.

El tedio y el fastidio que experimentas al hacer tu tarea se encuentran sólo en tu mente. Modifica la actitud mental hacia tu trabajo y, una vez que te liberes de las curvas tortuosas del camino, verás que éstas se volverán más rectas y tu infelicidad se convertirá en alegría.

Procura que todos los momentos fugaces adquieran fuerza, pureza y utilidad. Lleva a cabo cada una de tus tareas y deberes con ahínco y generosidad. Haz que cada uno de tus pensamientos, palabras y acciones sean dulces y sinceros. De esta forma podrás comprobar, con la práctica y la experiencia, el valor inestimable de las pequeñas cosas de la vida y, poco a poco, irás atesorando una felicidad abundante y duradera.

 

Capítulo 2 de su libro «Los caminos de la felicidad»
Libros del autor: amzn.to/2UcGQsI
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