Anuncios
conocimiento

EL MIEDO DE ACUERDO A ENSEÑANZAS ESOTÉRICAS – Ricardo González

«La verdadera protección radica en el control del miedo interior».

Cuarta Ley del «Decálogo de la Hermandad Blanca»

ESCUCHA…

 

 

 


 

LEE…

 

Los maestros de la misteriosa Hermandad Blanca son semejantes a los monjes orientales. Poseen una gran espiritualidad, amor y sabiduría, pero no por ello dejan de ser firmes en la transmisión de sus enseñanzas. De hecho, una de sus principales tareas es equilibrar la pugna de fuerzas que hay en el mundo, inspirando a hombres y mujeres en la búsqueda y realización del conocimiento y así restituir el equilibrio. Como vimos en el capítulo anterior, como parte de ese proceso cada caminante deberá enfrentar las pruebas e influencias que se le presenten con tranquilidad espiritual. Este nuevo principio que tratamos explora esas situaciones de conflicto: el rol del miedo y la protección.

Pero, ¿qué significa “protección”? ¿Por qué su efectividad depende del control de nuestros propios miedos?

Todo iniciado en la luz sabe que su camino es asistido por fuerzas superiores. Fuerzas que, en la medida de las posibilidades y bajo el amparo de estrictos principios, “ayudan” y “protegen” al peregrino. Estas fuerzas existen y están aquí para equilibrar la balanza, pues el ser humano se encuentra en medio de dos fuertes tendencias: una que lo empujará hacia abajo, y otra que procurará levantarle hacia lo alto.

De acuerdo a los maestros de estas ancestrales enseñanzas, el conocimiento de las fuerzas espirituales, sus leyes y mecanismos de acción, dotará de gran seguridad al peregrino. Sin embargo, parte de esta dinámica de asistencia requiere de una actitud práctica que permita el accionar de la luz. Desde luego, en los momentos difíciles el caminante será asistido, pero no debe depender de la ayuda externa como única salida ante las pruebas. Inevitablemente habrá momentos en los que se sentirá solo y abandonado. Y ello ocurrirá más de una vez para fortalecer su fe y el andar firme.

Protección significa que nada puede lastimarnos más allá de nuestra resistencia. Sugiere ayuda, pero no sólo de las ya referidas fuerzas superiores de luz, sino de las propias leyes o principios universales que conspiran a favor nuestro cuando los sabemos emplear correctamente. Por ejemplo, un alto estado de vibración en la luz y una sólida actitud mental positiva pueden neutralizar los embates de la disonancia que siempre estará probando al peregrino. Pero, ¿qué ocurre si tenemos miedo, pese a poseer todos estos conocimientos? ¿Las leyes funcionan igual? ¿La ayuda de esas supuestas fuerzas de la luz opera de la misma forma? La comprensión y el control del miedo son tan importantes que están enunciadas en este cuarto principio de “El Decálogo”. La protección depende del miedo interior.

Habitualmente, definimos como “miedo” a una intensa emoción desagradable, activada por la percepción de un peligro —sea este real o supuesto—, ante una situación no deseada, o de cara a una experiencia desconocida, desarrollándose en tiempo presente o con inquietud de que ocurra en el futuro. Para muchos estudiosos, el miedo es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural a la “amenaza”. En el caso humano, muchas veces puede ocurrir ante un evento que el individuo no desea por alguna u otra razón. O que, sencillamente, desconoce, y esa situación le hace sentir indefenso. Las explicaciones, desde luego, son diversas. Pero todas concluyen de alguna u otra forma en que el miedo no es contraproducente, sino que opera como un mecanismo natural de supervivencia y adaptación. Si éste se desborda ante situaciones que tienen control se podría interpretar como un error de percepción. En otras palabras, muchas veces el miedo puede derivar de la “ignorancia” y transformarse en pánico.

Por otra parte, la Biología sostiene que el miedo podría permitir una mejor respuesta del individuo ante situaciones adversas ya que es su mecanismo natural de supervivencia. Para la ciencia su explicación se encuentra en la activación de la amígdala —situada en el lóbulo temporal— como factor común de organización en los seres vivos. Es allí, en el denominado “sistema límbico”, en donde se regulan muchas emociones intensas, como la lucha, la huida, la evitación del dolor y en general todas las funciones de conservación del individuo y de la especie. Pero todo esto va más allá de lo biológico. Hoy por hoy los psicólogos saben que el miedo puede formar parte del “carácter” del sujeto, y que éste podría haber surgido a raíz de malas experiencias o traumas. Hay personas que pueden “temer” irracionalmente a un objeto o a una determinada situación. Por ello, independientemente de la explicación química, el miedo tiene su principal campo de acción en la mente de las personas.

Pienso que nuestra percepción psíquica “alimenta” el sistema límbico, y fruto de la información que procesamos —y esto involucra todo cuanto volcamos en el mundo de los sueños— se puede desencadenar la sensación de miedo y ansiedad. Es decir, nuestro cuerpo responde a estímulos no físicos. Debido a esto es que debemos buscar la naturaleza del miedo bajo la compresión del espíritu.

He aquí en donde entran las enseñanzas de los maestros, quienes afirman que el cuerpo de luz que rodea a los seres vivos —el aura, un campo básicamente construido en energía electromagnética— funciona como un escudo de protección o sistema inmunológico psíquico; de acuerdo a ellos “una membrana sutil que puede reaccionar ante la percepción de un peligro”, un campo de fuerza que nace en el núcleo de nuestro ser y que opera con gran actividad en nuestra mente.

En síntesis, podríamos concluir en dos puntos.

  1. El miedo es una respuesta natural de supervivencia, un mecanismo de adaptación. Opera no sólo físicamente. Su campo de acción se concentra en la mente.
  2. El temor puede ser fundado en peligros reales, como una advertencia para estar alertas. Pero también puede ser una reacción descontrolada ante una amenaza inexistente y transformarse en pánico.

En todos los casos, el control del miedo es una herramienta fundamental para enfrentar las situaciones de riesgo o peligro. Es fácil de deducir que la iniciación en el conocimiento puede disminuir la tendencia al miedo irracional. No en vano los grandes maestros de la historia humana siempre hicieron énfasis en comprender el miedo. Ellos se mantenían firmes ante las vicisitudes porque conocían la verdad que moraba en ellos y sabían que nada ni nadie podía hacerles daño. Ellos “sabían” realmente.

Cuando el caminante, pues, conoce cómo operan las leyes universales, el miedo irracional empieza a desaparecer. Sin embargo, hay un hecho frecuente que suele suceder, incluso, en aquellos que conocen el accionar de la naturaleza: un miedo interno no al peligro, sino a no cumplir la tarea encomendada. Y este es otro punto a tener en cuenta.

En el camino espiritual se suele confundir la humildad con esa sensación de no sentirse listo o apto para una determinada labor. Me atrevería a decir que es un proceso indispensable en el peregrino, al menos hasta que éste descubra cuál es su verdadero rol, sus limitaciones y potencialidades. Pero no es aconsejable quedarse en ese mar de dudas todo el tiempo, pues ello afectará la fortaleza de sus pasos, que deben ser firmes y decididos. La verdadera protección radica en el control del miedo interior porque de nada sirve conocer las citadas leyes y ser asistidos por fuerzas superiores si es que en la misma medida tenemos miedo y aprensión a dar un paso. Uno puede creer que conoce las leyes pero lo que vale en la realidad es su aplicación en situaciones prácticas. De nada sirve conocer la asistencia de fuerzas superiores si no terminamos de confiar completamente en ellas y en nosotros mismos. En todos estos casos, lo que traiciona al caminante es el miedo infundado que ya examinamos líneas arriba.

Y si el miedo fuese justificado —como una sensación de alerta ante un peligro real— el guerrero de la luz sabrá emplearlo como “información” para tomar las decisiones correctas, pero nunca para perder el control, pues su protección depende en gran medida de su entereza y equilibrio, requisitos fundamentales para estar en armonía.

En la experiencia de contacto una de las prácticas más importantes es un «retiro de autocontrol». Consistía en adentrarse en el desierto, o en medio de las montañas, para pasar largas horas —o días, en muchos casos— en intensas jornadas de meditación y contemplación. En estas experiencias solitarias, en un principio, era frecuente advertir el miedo. Pero no era un temor a estar solos en el desierto. Ni a la noche. Ni al silencio. O a que ocurra algo inesperado en nuestro retiro —y ante lo cual no nos sentíamos preparados—. Iba más allá de todo eso. Así, descubrimos que teníamos miedo a la ignorancia. A no tener el control. Y en el silencio ello se aprende. ¿Cómo comprender al mundo si no miramos dentro de nosotros mismos?

El miedo infundado —o la ignorancia— hace sentir inseguras a las personas.

El guerrero de la luz no teme irracionalmente porque conoce las reglas del juego. Se vio a sí mismo y por tanto acepta sus bondades y limitaciones, confía plenamente en la perfección de las leyes que rigen al universo.

Quien comprenda esto, no tendrá más miedo. Y por consecuencia estará realmente protegido y firme ante las pruebas. Porque la verdadera protección está dentro de uno mismo.

 

RICARDO GONZÁLEZ
Extraído de su libro «El Decálogo de la Hermandad Blanca»

Resumen del libro narrado por Mi Voz Es Tu Voz AQUÍ
Más libros del autor: amzn.to/39wmpwE
Ilustración: Roerich, 1936.

 

Anuncios

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: