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EL SACRIFICIO DE SANAT KUMARA Y LA CONSTRUCCIÓN DE SHAMBALLA

«Cuando un planeta ha excedido el tiempo asignado para su crecimiento y expansión, y se halla sin un poder auto-generado y auto-sostenido de radiación para el bien, debe ser descartado.»

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EL SACRIFICIO DE SANAT KUMARA

A los grandes Señores de Amor de Venus, reunidos en Santo Cónclave, se les avisó de que su planeta hermano, la Tierra (llamada la Estrella Oscura o el Planeta Sombrío) no podía irradiar la luz suficiente para asegurarse por cuenta propia un sitio permanente en el sistema solar. Así como un hombre reemplaza un bombillo quemado en las luces del arbolito de Navidad, asimismo la Ley Cósmica debe -a modo impersonal— eliminar de su Cadena Cósmica, aquellos planetas o estrellas que no pueden realizar (o no realizarán) su destino individual y contribuir —dentro de un tiempo asignado para su desarrollo— con una radiación de Luz, Paz y Armonía al universo del cual es parte. Cuando un planeta ha excedido el tiempo asignado para su crecimiento y expansión, y se halla  sin un poder auto-generado y auto-sostenido de radiación para el bien, debe ser descartado, y los elementos que lo componen devueltos a «Lo Amorfo» para ser re-polarizados y re-moldeados en una forma más productiva.

En vez de esperar que la Tierra fuera disuelta —dejando así a los millones de almas que estaban evolucionando allí, sin un hogar planetario en el cual trabajar hacia su propia maestría—, el Concejo de Venus se ofreció voluntario para enviar algunos de sus miembros con el fin de llevar y sostener la Luz en la Tierra hasta que se pudiera educar a la gente suficiente de dicho planeta en la Enseñanza de la Llama, y se les pudiera enseñar cómo regular su propia Llama de Vida para que emitieran una luz constante y sostenida. La Luz, así cultivada en los corazones de los hombres, sería entonces la «Luz del Mundo», y los grandes visitantes de Venus, habiendo cumplido su misión, podrían retornar con amor —con el mismo amor con el que vinieron— a su Estrella Celestial.

Al ser siempre los mayores los sirvientes de los menores, el mismísimo Señor Cósmico,  Sanat Kumara, y tres de sus hijos, se ofrecieron para dirigir al grupo de misioneros. Los grandes Kumaras, con treinta voluntarios leales, se prepararon para su descenso a la atmósfera del planeta Tierra, sabiendo muy bien que deberían permanecer allí hasta que la cantidad suficiente de hijos de la Tierra hubieran despertado a la necesidad de la hora y del Fíat Cósmico de que la Tierra debía emitir más Luz. Luego, estos hijos de la Tierra deberían entrar a los siglos de entrenamiento, auto-control y disciplina requeridos para convertirse en Señores de la Llama de sus propios corazones, y a través de esa Llama, liberar a los grandes Kumaras de Su Servicio de Amor y Luz.

Así, los treinta alumnos de los Kumaras le dijeron adiós a sus familias, a sus hogares, a su planeta, y comparecieron ante la solemne corte de los Señores del Karma de la Tierra. Este gran Concejo aceptó agradecidamente la entrada de estas almas a la rueda de la evolución de la Tierra. Cada uno fue atado a la rueda de la encarnación, de la experiencia terrena y de la muerte por tanto tiempo corno la Tierra necesitara del préstamo de la Luz de Ellos; y ninguno sería liberado hasta que llegara el momento en que la propia Luz de la Tierra fuera lo suficiente para cumplir con la exigencia de la Ley Cósmica. Sólo entonces estos treinta seres serían liberados de esta rueda, y regresarían a sendas evoluciones en su dulce planeta de Amor. ¿Acaso ha habido un sacrificio mayor que éste? Ellos se ofrecieron de voluntarios no por una encarnación de sufrimiento, una muerte, un nacimiento… sin por incontables e inconcebibles millones de vueltas.

La primera tarea de los treinta amorosos seres fue la de preparar un sitio para la llegada de su Señor. Cuando cada alma hubo sido envuelta por los «lazos del olvido» del magnetismo de la Tierra, y entrado al nacimiento, únicamente su amor ardiente quedaba para iluminarles el camino. No obstante, en aquellos primeros días, antes de que el viaje agotador hubiera opacado el brillo del Fuego Espiritual— a cada uno se le permitió recordar su propósito lo suficiente para encontrarse con sus hermanos peregrinos y unirse en la preparación del hogar para Sanat Kumara en la atmósfera de la Tierra. A esta gran preparación, la cual tomó cientos de años, se la conoce como la «construcción de Shamballa».

 

LA CONSTRUCCIÓN DE SHAMBALLA

Actualmente en Asia Oriental, hay un gran desierto sobre la tierra que una vez utilizaron los hermanos Venusinos como el habitat de su Señor Cósmico. Hoy en día se lo conoce como el Desierto de Gobi, y en aquel entonces era un bello mar interior, en el centro del cual había una esplendorosa isla verde, a la cual Ellos llamaban «la Isla Blanca», y la cual había de ser el sitio para la construcción de la imperecedera ShambaIIa, «el hogar del Amor Celestial».

Los treinta voluntarios de Venus que habían atado la luz de sus almas a la rueda de la evolución de la Tierra, dieron inicio a la gran tarea de construir un templo de luz sobre la Isla Blanca, para que fuera el hogar de Sanat Kumara y sus adláteres. Laborando durante más de novecientos años, desencarnando de los gastados cuerpos terrenales para regresar sin el descanso espiritual de un reposo celestial, completaron los viejos templos  abovedados —la Perfección de la Ciudad Blanca que habría de ser la maravilla de la Tierra durante los siglos venideros. ¿Cómo puede describirse con meras palabras la constancia de este servicio, de manera que puedan transmitir la fidelidad de esos treinta Seres de Llama?

Finalmente, todo estuvo preparado. La hora de la iniciación de la Tierra había llegado. Los Señores Kármicos habían inclinado la cabeza ante la augusta presencia de Sanat Kumara y sus tres asistentes, y esperaban con amor Su visita. La Naturaleza y la selección de seres humanos estaban listos. Las estrellas y soles del sistema se detuvieron por un momento, y el supremo sacrificio se llevó a cabo en silencio.

Desde el aura de Venus, el primer gran destello rosa del aura en expansión de los Kumaras comenzó a teñir el cielo con la gloria de un amanecer celestial. Luego, hacia arriba se elevó una gran estrella de cinco puntas, hasta que permaneció suspendida encima del planeta Venus, intensificando la aureola de colores. Todas las almas en Venus sabían que cualquier Actividad Cósmica de los Kumaras era presagiada por la presencia de la Estrella, la cual parecía proclamar anuncios o decretos de los Señores de la Llama, los cuales afectarían el progreso del gran estado venusino. Todos los corazones de Venus estaban enfocados sobre esa Estrella, esperando Su mensaje del momento.

Lenta y majestuosamente, se elevaron a los rayos de la estrella, cuatro figuras doradas brillantes, las cuales permanecieron por un momento vertiendo Sus bendiciones y el Amor más profundo de Sus corazones sobre el planeta donde nacieron. Poco sabían sus hijos al respecto del profundo sentimiento en el corazón de los Kumaras cuando se despidieron de su estrella —no por una encarnación, sino por centurias inciertas, todavía no nacidas de la matriz del tiempo. Y entonces se elevó una explosión de sonido, y la gente de Venus, por primera vez en la historia del planeta, vieron que la estrella comenzó a moverse hacia afuera rumbo a la periferia de su esfera. Dentro de ella, moviéndose lenta y majestuosamente, estaban las figuras de los Señores Solares. Todos cayeron de rodillas, y un bello himno de bendición y amor se elevó desde los habitantes de Venus, teñido con la gran tristeza de la partida, envolviendo a las figuras que partían con un manto del más sagrado Amor. De esta manera, los siete Kumaras dejaron la Luz de Venus por la sombra del aura de la Tierra. De los siete Kumaras, cuatro se auto-sacrificaron por los pecados del mundo y por la instrucción del ignorante, para permanecer hasta el final del actual manvantara.

¡Oh, qué distinta fue la recepción de la partida! La Tierra estaba girando oscuramente sobre su eje torcido, sin que hubiera siquiera un corazón elevado; no había canto alguno de bienvenida agradecida. ¡Ah, sí!, treinta pequeños puntos de luz —cual débiles velitas vacilantes— guiaban el descenso de los Maestros Cósmicos, y lenta y majestuosamente la gran aura rosa cubrió la Tierra. ¿Qué fue ese repentino confort, esperanza y paz que entró a los corazones de los hombres? ¿Qué hizo que las flores marchitas elevaran sus cabezas, que los pájaros cantaran con una nueva dulzura, que los niños volvieran a reír? ¿Qué fue ese misterioso e invisible éter que entró a la mismísima atmósfera de la Tierra?

Sólo treinta espíritus que esperaban sabían, al tiempo que se arrodillaban en reverencia y amor, ante la sonriente presencia de su añorado Señor.

¡Oh, Sanat Kumara, Señor de Amor! Algún día te devolveremos a Ti y a tu brillante grupo a Tu amada estrella; y al partir, la luz brillante de la Tierra será una magna cresta que te llevará triunfante, dejándonos una estrella de liberación, aceptada por la Ley Cósmica como un foco permanente de bendición en nuestro sistema, todo producto de Tu Amor.

Extraído del libro «Diario de El Puente a la Libertad – Sanat Kumara»
(Agosto de 1952)
Serapis Bey Editores S.A. – Panamá

 


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