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FANTASÍA Y REALIDAD | Chógyam Trungpa

Divulga amor

«Meditar es más que sentarnos en una postura determinada y atender a procesos simples; es también abrirnos al entorno en el que ocurren esos procesos.»

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Si queremos que germinen las enseñanzas completas del budismo en Occidente debemos, en primer lugar, comprender los principios elementales del budismo y ejercitarnos en sus prácticas básicas de meditación.

Muchas personas miran el budismo como si se tratara de un nuevo culto que los pudiera sal­var, permitiéndoles ir por el mundo como quien coge flores en un hermoso jardín. Pero si queremos coger flores de un árbol, debemos primero cultivar las raíces y el tronco, lo que significa trabajar con nuestros miedos, frustraciones, decepciones e irri­taciones: los aspectos dolorosos de la vida.

Hay quienes se quejan de que el budismo es una religión tre­mendamente pesimista porque insiste en la importancia del su­ frimiento y la aflicción; por lo general, las religiones hablan de belleza, poesía, éxtasis y dicha. Sin embargo, según el Buda, debemos comenzar experimentando la vida tal como es. Debe­mos ver la verdad del sufrimiento, la realidad de la insatisfac­ción. No podemos pasarlas por alto y tratar de examinar sola­ mente los aspectos sublimes y placenteros de la vida. La búsqueda de una tierra prometida, de una Isla del Tesoro, no hace más que aumentar el sufrimiento. No es posible llegar a ta­les islas; no es posible alcanzar la realización de esa manera.

Por eso, todas las sectas y escuelas del budismo coinciden en que debemos empezar enfrentándonos con la realidad de nues­tras circunstancias personales. No podemos empezar soñando; eso no sería más que una evasión pasajera, ya que no es posible evadirse de verdad.

En el budismo, expresamos la voluntad de ser realistas por medio de la práctica de la meditación. La meditación no es un intento por alcanzar el éxtasis, la felicidad espiritual o la tran­quilidad; tampoco es una lucha por mejorarse. Se trata simplemente de crear un espacio en el que podamos dejar al descu­bierto y desarmar nuestros juegos neuróticos y autoengaños, nuestras esperanzas y temores ocultos.

Para producir ese espa­cio recurrimos a la simple disciplina de no hacer nada. En rea­lidad, es muy difícil no hacer nada. Debemos empezar aproxi­mándonos a ese no hacer nada y poco a poco nuestra práctica irá madurando. La meditación es una manera de hacer que aflo­ren en profusión las neurosis de la mente para incluirlas en la práctica. Nuestras neurosis son como abono: en vez de botarlas a la basura, las esparcimos por el jardín y así van formando par­ te de nuestra riqueza.

Cuando practicamos la meditación, no debemos contener demasiado la mente, ni tampoco soltarla del todo. Si tratamos de refrenar la mente, su energía se volverá contra nosotros, y si dejamos que se afloje completamente, se pondrá muy agitada y turbulenta. De manera que dejamos que la mente esté libre, pero manteniendo siempre un elemento de disciplina.

Las téc­nicas budistas tradicionales son sumamente simples: la con­ciencia del movimiento corporal, de la respiración y de la si­tuación física, son comunes a todas las tradiciones. La práctica esencial consiste en estar presente, aquí mismo. El objetivo es a la vez la técnica. Estar, precisamente, en el instante, sin repri­mirse ni desenfrenarse; estar consciente de lo que uno es, de manera muy precisa. La respiración, así como la existencia del cuerpo, son procesos neutros desprovistos de connotaciones «espirituales». No hacemos más que observar su funciona­ miento natural. A esta práctica se la denomina shámatha; con ella empezamos a transitar por el hinayana o camino estrecho.

Esto no quiere decir que el punto de vista del hinayana sea simplista o limitado. Más bien, al ser la mente tan complicada y exótica y tan insaciable su ansia de diversión, el único modo de manejar la mente es llevándola hacia un camino disciplinado que no ofrezca distracciones. El hinayana es un vehículo que nunca anda con exceso de velocidad; siempre sigue su rumbo, sin apartarse jamás de él. No hay escapatoria posible; estamos siempre aquí mismo y no existe una salida. Por lo demás, tam­poco existe la marcha atrás. La simplicidad del camino estrecho nos permite tener una actitud abierta hacia las situaciones de la vida, porque nos damos cuenta de que es absolutamente impo­sible evadirlas y por fin aceptamos estar plenamente en el ins­tante presente.

Se trata, por lo tanto, de asumir lo que somos en vez de es­condernos de nuestros problemas e irritaciones. La meditación no debe ser un recurso para olvidarnos de nuestras obligaciones laborales. De hecho, la práctica de la meditación en posición sentada nos conecta continuamente con la vida cotidiana. Cuan­do practicamos la meditación, nuestras neurosis se asoman a la superficie en vez de esconderse en el fondo de la mente. La práctica nos permite encarar la vida como algo que es posible manejar.

Me parece que la gente tiene tendencia a creer que, si solamente consiguiera alejarse de todos los ajetreos de la vida, retirándose a las montañas o a la orilla del mar, entonces sí po­dría dedicarse de lleno a alguna práctica contemplativa. Sin embargo, huir de los aspectos mundanales de la vida equivale a despreocuparse del sustento, del verdadero alimento que está entre los dos trozos de pan. Cuando uno pide un sandwich, no pide dos tajadas de pan sin nada; tiene que haber algo en el me­dio, algo sustancioso, comestible y sabroso, y el pan es el acom­pañamiento.

A medida que pasa el tiempo, el hecho de volvernos más conscientes de las emociones, de las circunstancias de nuestra vida y del espacio en el que ocurren, nos permitirá tal vez ac­ceder a una conciencia aún más panorámica. Nuestra actitud se vuelve entonces más compasiva y cálida; hemos llegado a una aceptación fundamental de nosotros mismos, pero sin perder la inteligencia crítica. Somos capaces de valorar tanto los aspectos felices de la vida como los dolorosos. La relación con las emo­ciones deja de ser un drama. Las emociones son como son; no las reprimimos ni tampoco les damos rienda suelta, sino que sencillamente las reconocemos. Al tomar conciencia de los de­talles de manera precisa, nos vamos abriendo a la totalidad com­pleja de las situaciones. Como un gran río que va a dar al mar, la estrechez de la disciplina desemboca en la apertura de la con­ ciencia panorámica.

Meditar es más que sentarnos solos en una postura determinada y atender a procesos simples; es también abrirnos al entorno en el que ocurren esos procesos. El entorno se convierte en mensajero que nunca deja de enviamos señales, que siempre nos está enseñando algo o ayudando a entender.

Entonces, antes de gratificamos con técnicas exóticas, antes de jugar con energías, percepciones sensoriales y visiones llenas de símbolos religiosos, debemos poner en orden nuestra mente, y esto lo debemos hacer a un nivel fundamental.

Cuando em­prendemos la práctica, es necesario que recorramos el sendero estrecho de la simplicidad, el camino del hinayana, antes de aventuramos por la autopista amplia de la acción compasiva, el camino del mahayana. Y sólo después de haber avanzado mu­cho por esa autopista podremos pensar en danzar por los cam­pos, lo que corresponde a las enseñanzas tántricas del vajrayana. La simplicidad del hinayana es la base que permite apreciar el esplendor del mahayana y el colorido extraordinario del tantra. De modo que, antes de relacionamos con el cielo, debemos establecer un vínculo con la tierra y labrar nuestras neurosis más arraigadas.

El enfoque del budismo consiste esencialmente en cultivar un sentido común trascendental, en ver las cosas tal como son, sin exagerar nada ni ponernos a soñar con lo que nos gustaría ser.

 

CHÓGYAM TRUNGPA

De su libro «El mito de la libertad y el camino de la meditación»

Traducción: Ricardo Gravel
Con la colaboración de Alfonso Taboada

 


 

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