LOS CAMINOS DE LA FELICIDAD (6): «LA EMPATÍA» – James Allen

«Sólo podemos sentir empatía con los demás en la medida en que nos hayamos conquistado a nosotros mismos.»
Divulga Amor y Luz

«Sólo podemos sentir empatía con los demás en la medida en que nos hayamos conquistado a nosotros mismos.»

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(6) LA EMPATÍA

 

Cuando tu mirada se pose sobre tu propia alma, debes ser muy severo. Pero cuando se pose sobre un semejante, deja que la bondad la dirija; y evita el juicio peyorativo que brota de los labios como hierba en un suelo pantanoso.

ELLA WHEELER WILCOX

No pregunto al herido cómo se siente, me convierto en el herido.

WALT WHITMAN

Sólo podemos sentir empatía con los demás en la medida en que nos hayamos conquistado a nosotros mismos. No podemos pensar en los demás ni sentir lo que ellos sienten si estamos inmersos en la autocompasión. No podemos tratar a los demás con amor y ternura si sólo nos preocupa nuestra propia preeminencia o proteger exclusivamente nuestra persona, nuestras opiniones y todo lo que es nuestro. ¿Acaso la empatía no significa pensar en los demás, olvidándose de uno mismo?

Para poder sentir empatía con nuestros semejantes, primero debemos comprenderlos y, para hacerlo, hemos de olvidarnos de todas las ideas preconcebidas que nos hemos forjado sobre ellos, para empezar a percibirlos tal como son. Debemos penetrar en su situación interior y hacernos uno con ellos, mirando a través de sus ojos mentales y comprendiendo el alcance de su experiencia. Por supuesto, no podrás lograr esto con un ser cuya sabiduría y experiencia sean mayores que las tuyas. Tampoco podrás hacerlo si te sientes por encima de los demás (porque el egoísmo y la empatía no pueden coexistir), pero podrás practicarlo con todos los que estén implicados en pecados y sufrimientos que tú hayas logrado superar. Y, aunque tu empatía no pueda abarcar ni superar a la persona cuya grandeza esté por encima de la tuya, sí podrás asumir hacia ella una actitud que te permita recibir la protección de su gran empatía para poder liberarte más fácilmente de los pecados y sufrimientos que todavía te mantienen encadenado.

Los prejuicios y la mala voluntad son barreras infranqueables para poder tener empatía, mientras que el orgullo y la vanidad son barreras definitivas para poder recibirla. No podrás empatizar con alguien hacia quien hayas sentido odio; tampoco podrás disfrutar de la empatía de alguien a quien envidies. No podrás comprender a una persona por la que sientes antipatía, o por quien, debido a un impulso animal, sientas un afecto enfermizo. No puedes verla tal como es, ni podrás hacerlo. Sólo apreciarás las nociones imperfectas que te has formado de esa persona; sólo percibirás la deformada imagen que tus opiniones equivocadas han creado.

Para poder conocer a los demás tal como son, debes evitar las simpatías o antipatías impulsivas, los apasionados prejuicios y las consideraciones egoístas. No debe molestarte lo que hacen, ni debes condenar sus creencias y opiniones. Quédate completamente fuera y, durante ese tiempo, asume su situación. Sólo de este modo podrás empatizar con ellos, y así adentrarte en sus vidas y en sus experiencias para llegar a entenderlos. Cuando se comprende a un ser humano, no es posible condenarlo. Las personas se juzgan mal, se condenan y se evitan unos aotros porque no se comprenden, y esto ocurre porque no se han superado ni se han purificado a sí mismos.

La vida es crecimiento, desarrollo y evolución. No existe una distinción esencial entre el pecador y el santo. Sólo existe una diferencia de grado. El santo una vez fue pecador; el pecador algún día será santo. El pecador es el niño; el santo es el hombre. Aquél que se aparta de los pecadores, considerándolos seres perversos que deben evitarse, es como el que evita el contacto con niños pequeños porque son desobedientes, porque son ignorantes y se divierten con juguetes.

La vida sólo es una, pero tiene una gran variedad de manifestaciones. La flor abierta no es algo diferente al árbol: forma parte de él; es sólo otra forma de hoja. El vapor no es algo diferente al agua: sólo es otra forma de agua. Y, de la misma manera, la bondad es maldad transmutada: el santo es el pecador que se ha perfeccionado y se ha transformado.

El pecador es aquél cuyo entendimiento está sin desarrollar y quien, por ignorancia, elige comportamientos incorrectos. El santo es aquél cuyo entendimiento ya ha madurado y elige sabiamente maneras correctas de actuar. El pecador condena al pecador, siendo la condena un modo de actuación incorrecto. El santo nunca condena al pecador, porque recuerda que él mismo ocupó antes ese lugar; y, en vez de hacerlo, piensa en él con profunda empatía, considerándolo un amigo o un hermano menor, ya que la empatía es una manera correcta e iluminada de actuar.

El santo perfeccionado que siente empatía por todos, no tiene necesidad de ella, ya que ha trascendido el pecadoy el sufrimiento y vive disfrutando de la dicha eterna. Pero todos los que sufren, necesitan de la empatía, y todos los que pecan, deben sufrir. Cuando una persona llega a comprender que todos los pecados, ya sea de pensamiento o de obra, reciben su justa cuota de sufrimiento, deja de condenar y comienza a empatizar, advirtiendo los sufrimientos que acarrea el pecado. Y sólo alcanza esta comprensión cuando se purifica a sí mismo.

Cuando alguien se purga de las pasiones, cuando transmuta sus deseos egoístas y domina sus tendencias egocéntricas, toca las profundidades de todas las experiencias humanas, de todos los pecados, las penas y los sufrimientos, de todos los motivos, los pensamientos y las obras, y al fin llega a comprender la ley moral en su perfección. La completa conquista de uno mismo es el conocimiento perfecto, la empatía perfecta. Aquél que contempla a los hombres con la visión inmaculada de un corazón puro, los observa con un corazón compasivo y los considera como una parte de su ser, no como algo contaminado, separado y distinto, sino como a sí mismo, como seres que han pecado igual que él lo ha hecho, que sufren igual que él ha sufrido, que se afligen como él se ha afligido; y, al mismo tiempo, se alegra porque sabe que llegarán, así como él ha llegado, a la paz perfecta.

El hombre realmente bueno y sabio no puede ser un fanático apasionado. Por el contrario, extiende su empatía a todos, sin ver en los demás ningún mal que deba condenarse o rechazarse. Percibe el pecado que es agradable al pecador, y el dolor y la culpa que el pecador no puede ver y que, cuando lo alcanzan, tampoco puede comprender.

La empatía de un ser humano llega sólo hasta donde alcanza su sabiduría y nunca más allá. Un ser sólo puede hacerse más sabio si se convierte en alguien más tierno y compasivo. Reducir nuestra empatía equivale a mutilar nuestro corazón y, de esta manera, oscurecer y amargar nuestra vida. Desplegar y aumentar nuestra empatía, significa iluminar y alegrar nuestra vida, simplificando para los demás el camino de luz y alegría.

Empatizar con alguien implica recibir su ser dentro del nuestro, hacerse uno con esa persona, ya que el amor desinteresado une para siempre y aquél cuya empatía alcanza y abraza a todo el género humano y a todas las criaturas vivientes, cristaliza su identidad y su unidad con todo y llega a comprender el Amor, la Ley y la Sabiduría universales.

El ser humano queda fuera del Cielo, de la Paz y de la Verdad sólo en la medida en que niega su empatía a los demás. Donde termina su empatía, empieza su oscuridad, su tormento y su confusión, porque cuando negamos nuestro amor a los demás, cerramos la puerta a las bendiciones del amor y nos quedamos atrapados en la oscura prisión del ego.

Aquél que camina una sola legua sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral.

Sólo cuando nuestra empatía es ilimitada se revela la Luz Eterna de la Verdad; sólo en el Amor que no conoce limitaciones se puede disfrutar de la dicha infinita.

La empatía es dicha; en ella se revelan las bendiciones más puras y más nobles. Es divina, ya que, en su luz recíproca, desaparece todo pensamiento del ego y sólo permanece la pura alegría de ser uno con los demás, la inefable comunión de la identidad espiritual. Cuando una persona deja de empatizar, deja de vivir, deja de ver, deja de conocer y deja de comprender.

No se puede empatizar realmente con los demás hasta que se rechazan todas las consideraciones egoístas que tenemos de ellos. Aquél que lo hace y se esfuerza en ver a sus semejantes como son y trata de comprender sus pecados, sus tentaciones, sus penas, sus creencias, sus opiniones y sus prejuicios, puede al fin darse cuenta de dónde se encuentran dentro de su evolución espiritual, comprende el grado de sus experiencias y sabe que, por el momento, no pueden comportarse de otra manera. Se da cuenta de que sus pensamientos y acciones están provocados por la magnitud de sus conocimientos o por la carencia de estos, y que si acaso actúan a ciegas y con torpeza, es porque sus conocimientos y su experiencia no han madurado todavía. Advierte que sólo podrán actuar de manera más sabia cuando logren alcanzar estados mentales más elevados. También puede darse cuenta de que, aunque se pue- de impulsar, ayudar y estimular este crecimiento con la influencia de un ejemplo más maduro, con palabras apropiadas y una oportuna enseñanza, no puede forzarse de manera antinatural. Las flores del amor y de la sabiduría requieren tiempo para crecer; asimismo, las ramas secas del odio y la locura no pueden cortarse todas a la vez.

Una persona así encuentra la entrada al mundo interior de aquéllos con los que entra en contacto. Abre esa puerta, entra y los acompaña dentro del oculto y sagrado santuario de su ser. Y en ese lugar sagrado, no encuentra nada que odiar, nada que criticar, nada que condenar; encuentra sólo algo que amar y algo que cuidar. Y en su propio corazón sólo tiene cabida para una gran piedad, una gran paciencia y un gran amor.

Se percata de que es uno con ellos, de que son sólo otro aspecto de sí mismo, de que, excepto en grado y modificación, sus naturalezas no son diferentes de la suya, son idénticas. Si ellos presentan ciertas tendencias pecaminosas, lo único que tiene que hacer es mirar en su interior para encontrar las mismas tendencias en él, aun- que, tal vez, estén reprimidas o purificadas. Si ellos manifiestan ciertas cualidades santas y divinas, él puede encontrar el mismo espíritu puro en su interior, aunque, quizás, en un menor grado de potencia y desarrollo.

Una misma naturaleza emparenta a todos los hombres.

El pecado de uno es el pecado de todos; la virtud de uno es la virtud de todos. Ninguna persona puede separarse de otra. No existe ninguna diferencia en la naturaleza; pero hay diferencia en la condición. Si alguien piensa que está separado de otro en virtud de que su santidad es superior, en realidad no está tan separado y su oscuridad y su delirio son muy grandes. La humanidad es unay, en el sagrado santuario de la compasión, el santo y el pecador se encuentran y se unen.

Se dice que Jesús asumió los pecados del mundo entero, es decir, que se identificó con esos pecados y no se consideró a Sí Mismo separado en esencia de los pecadores, sino poseedor de la misma naturaleza. Y la realización de Su unicidad con todos los hombres se manifestó en Su vida como una profunda empatía con aquéllos que, debido a sus grandes pecados, eran rechazados y marginados por los demás.

¿Y quién es el que tiene mayor necesidad de recibir empatía y compasión? No es el santo, no es el vidente iluminado, ni el hombre perfecto. Es el pecador, el hombre ignorante, el imperfecto. Y cuanto más grande es el pecado, mayor es la necesidad. «Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se arrepientan», es lo que dijo Aquél que comprendía todas las necesidades humanas. No es el hombre justo quien necesita de tu compasión ni de tu empatía, sino el deshonesto; ése que, por su maldad, se ha ganado largos períodos de sufrimiento y de infortunio, es quien más las necesita.

El hombre flagrantemente perverso es condenado, despreciado y marginado por los que viven en un estado similar, aunque, en ese momento, ellos no estén cometiendo sus mismos pecados. Y es que negar la empatía y condenarse mutuamente son las manifestaciones más comunes de la falta de comprensión de la que surgen todos los pecados. Cuando un hombre está involucrado en el pecado, condenará a los que están en su misma situación, y cuanto más profundo y grave sea su pecado,más severamente condenará a los demás. Sólo cuando alguien empieza a arrepentirse de su pecado y a tratar de vencerlo bajo la luz más clara de la pureza y el entendimiento, deja de condenar a otros y aprende a sentir empatía por ellos. Pero es necesaria esta condenación continua de los que están involucrados en el feroz juego de las pasiones, ya que se trata de una de las maneras de operar de la Gran Ley que actúa universal y eternamente. El perverso que se ve sometido a la condena de sus semejantes, alcanza un estado más elevado y noble en su corazón y en su vida cuando llega a aceptar con humildad la censura de los demás como el efecto de su propio pecado y decide, en lo sucesivo, abstenerse de condenar a los demás.

Aquel que es realmente bueno y sabio no condena a nadie, porque se ha desprendido de toda la pasión ciega y el egoísmo y habita en las serenas regiones del amor y de la paz, tras haber comprendido todos los tipos de pecado, con sus consiguientes penas y sufrimientos. Como está iluminado y despierto, como se ha liberado de todos los prejuicios egoístas, puede ver a los hombres tal como son y su corazón responde en santa empatía con todo lo que le rodea. Si alguien lo condena, abusa de él o lo difama, él lo rodea con la amable protección de su empatía, advirtiendo la ignorancia que lo ha obligado a actuar así y sabiendo que sólo ese hombre sufrirá por sus malas acciones.

Aprende a amar a quien ahora condenas y a empatizar con aquéllos que te juzgan mal, conquistándote a ti mismo y adquiriendo sabiduría. Niégate a condenar a los demás y busca dentro de tu propio corazón para encontrar,acaso, pensamientos crueles, desagradables o injustos que tú mismo condenarás cuando los descubras y los comprendas.

Mucho de lo que comúnmente llamamos empatía es afecto personal. Amar a quien nos ama es una tendencia y una inclinación humana; pero amar a quien no nos ama es empatía divina.

La empatía es necesaria debido al predominio del sufrimiento, porque no existe un ser o una criatura que no haya sufrido. La empatía evoluciona a través del sufrimiento. El corazón humano no se purifica ni se dulcifica a través del sufrimiento ni en un año, ni en una vida, ni en una era, sino después de muchas vidas de dolor intermitente. Tras muchas eras de dolor recurrente, el ser humano finalmente obtiene la dorada cosecha de sus experiencias y recoge las maduras espigas del amor y la sabiduría. Y después, comprende y, al comprender, surge en él el sentimiento de la empatía.

Todo el sufrimiento es resultado de la violación de la ley debido a la ignorancia y, tras muchas repeticiones del mismo acto erróneo y del mismo tipo de sufrimiento que se deriva de ese acto, se adquiere el conocimiento de la ley y se alcanza el estado más elevado de obediencia y sabiduría. Ahí es donde nace la flor pura y perfecta de la empatía.

Un aspecto de la empatía es la compasión; compasión hacia el afligido o hacia el que es víctima del dolor, con el deseo de consolarlo o de ayudarle a soportar el sufrimiento. El mundo necesita cada vez más de esta cualidad divina.

Porque la compasión hace que el mundo sea dulce para el débil, y noble para el fuerte.

Pero sólo podemos desarrollarla si erradicamos toda crueldad y dureza de corazón, toda acusación y resentimiento. El que, cuando ve a otro sufriendo por sus pecados, endurece su corazón y piensa o dice: «Se lo merece», no podrá sentir compasión, ni aplicar su bálsamo de curación. Cada vez que alguien actúa con crueldad hacia otro (sobre todo cuando se trata de un ser desvalido) o que se niega a ofrecer compasión cuando es necesario, se empequeñece y se priva de sublimes bendiciones, condenándose al sufrimiento.

Otra forma de empatía es la de alegrarse con los que tienen más éxito que nosotros, como si su éxito fuera nuestro. Bienaventurado el que se libera de toda envidia y maldad, y puede alegrarse y regocijarse cuando se entera de la buena fortuna de aquellos que lo consideran su enemigo.

Proteger a criaturas más débiles y más imposibilitadas que nosotros es otra forma en la que se manifiesta la empatía. La fragilidad impotente de los indefensos exige el ejercicio de la empatía más profunda. La gloria de la fuerza superior reside en su poder para proteger, no para destruir. La vida no se vive verdaderamente con la insensible destrucción de los débiles, sino protegiéndolos:

Todo en la vida está vinculado y se relaciona.

La criatura inferior no está separada de la superior más que por una mayor debilidad y una menor inteligencia. Cuando nos compadecemos de ella y la protegemos, revelamos y ampliamos la vida divina y la alegría dentro de nosotros. Cuando, sin pensarlo o por crueldad, infligimos sufrimiento o destruimos algo, nuestra vida divina se oscurece y su alegría se desvanece y muere. Los cuerpos pueden alimentar cuerpos y las pasiones pueden avivar más pasiones, pero la naturaleza divina del hombre sólo se nutre, se sustenta y se desarrolla con la bondad, el amor, la empatía y todos los actos puros y desinteresados.

Al ofrecer compasión a los demás, aumentamos la nuestra. La compasión que se otorga nunca se malgasta. Incluso la criatura más perversa responderá a su toque divino, ya que es el idioma universal que todas las criaturas entienden. Hace poco oí una historia real sobre un recluso de la prisión de Dartmoor que cumplió diferentes condenas durante más de cuarenta años. Como criminal era considerado uno de los más crueles y todos pensaban que era un caso perdido. Para los carceleros era casi intratable. Pero, un día, atrapó a un ratón —un ser débil, aterrorizado y perseguido como él— y, debido a su fragilidad y a la similitud de sus circunstancias, se encendió en él la llama de la chispa divina de la compasión que ardió en su corazón endurecido por el crimen y que ningún contacto humano había podido despertar nunca.

Guardó al ratón en una vieja bota dentro de su celda y lo amó. Y en su amor por el débil e indefenso, olvidó y perdió su odio hasta por el poderoso. Su corazón y su ma- no ya no se alzaron contra sus compañeros. Se convirtióen alguien dócil y obediente al máximo. Los carceleros no podían entender ese cambio. Les parecía casi un milagro que el más despiadado de todos los criminales, de pronto, se comportara como un niño tranquilo y obediente. Incluso la expresión de su rostro cambió de manera notable: una tierna sonrisa empezó a asomar a los labios que antes sólo expresaban muecas burlonas, y la implacable dureza de su mirada desapareció para dar paso a una luz suave y sensible. El criminal había dejado de serlo; se había salvado, había cambiado; cuidaba de sí mismo, su mente había sanado. Había vuelto a formar parte de la humanidad y recorría con firmeza el sendero hacia la divinidad al compadecerse y cuidar de una criatura indefensa. Los carceleros se enteraron de esta historia cuando, tras ser puesto en libertad, se llevó al ratón con él.

Así que la empatía que otorgamos aumenta la reserva que guardamos en nuestros corazones, enriqueciendo y dando frutos en nuestra propia vida. La empatía que ofrecemos abre la puerta a las bendiciones; la empatía que negamos cierra esa puerta y nos hace perderlas. A medida que un ser humano aumenta y expande su empatía, se acerca tanto a la vida ideal como a la felicidad perfecta. Y cuando su corazón se ha dulcificado tanto que ningún pensamiento amargo, escabroso o cruel puede penetrar y alterar su bondad intrínseca, entonces, ha sido divinamente bendecido.

 

Capítulo 6 de su libro «Los caminos de la felicidad»
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Libros del autor: amzn.to/2UcGQsI
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