LOS CAMINOS DE LA FELICIDAD (8): «APRENDER A NO VER EL MAL» – James Allen

«¿El mal que alguien me hizo me ha herido de verdad o, más bien, ese alguien se ha lastimado a sí mismo?»
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«¿El mal que alguien me hizo me ha herido de verdad o, más bien, ese alguien se ha lastimado a sí mismo?»

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(8) APRENDER A NO VER EL MAL

 

El sólido, sólido universo, es permeable al amor.
Con los ojos vendados, nunca yerra ni arriba, ni abajo, ni alrededor. Arroja su blanca luz cegadora sobre la progenie de Satán y de Dios. Y por medio de místicas artimañas reconcilia el odio y el amor.
EMERSON

Si piensas mal, puedes estar seguro
de que tus actos tendrán la sombra de la vileza. Y si piensas bien, entonces tus acciones serán perfectas, limpias y llenas de pureza.
CONFUCIO

Después de mucho practicar el perdón y de haber cultivado hasta cierto nivel el espíritu del perdón, el conocimiento de la verdadera naturaleza del bien y del mal surge en la mente, y el hombre comienza a comprender cómo los pensamientos y las intenciones se forman en el corazón humano, cómo se desarrollan y cómo se convierten en acciones. Esto marca la apertura de una nueva visión en la mente, el comienzo de una vida más noble, más elevada y divina. Porque, en ese momento, el hombre comienza a percibir que no hay necesidad de oponerse o molestarse por el comportamiento que otros tengan hacia él, sean cuales sean sus acciones; que todo su resentimiento lo ha provocado su propia ignorancia y que su propia amargura de espíritu es errónea. Después de haber llegado hasta aquí, se planteará a sí mismo preguntas como éstas: «¿Por qué este ciclo continuo de enfado y perdón? ¿Por qué después de esta tormentosa ira contra los demás aparece el arrepentimiento y el perdón? ¿No es acaso el perdón la renuncia a la ira y al resentimiento? Y si la ira y el resentimiento son buenos y necesarios, ¿por qué arrepentirse y renunciar a ellos? Si resulta tan hermoso, tan dulce y tan apacible liberarse de todos los sentimientos de amargura y perdonar completamente, ¿no sería todavía más hermoso, más dulce y más apacible no sentir nunca esa amargura, no conocer la cólera, no tener nunca resentimientos por las malas acciones de los demás, sino vivir experimentando siempre ese amor puro, sereno, dichoso que se llega a conocer cuando se concede el perdón y desaparece toda la pasión obstinada que sentimos hacia los demás? Si alguien me ha hecho mal, ¿está mal mi odio hacia él? ¿Lo malo para alguien no puede ser lo correcto para otro? Por otra parte, ¿el mal que alguien me hizo me ha herido de verdad o, más bien, ese alguien se ha lastimado a sí mismo? ¿No estaré yo herido por mis propios errores más que por los suyos? ¿Por qué, entonces, debo estar enojado? ¿Por qué me molesto, por qué tomo represalias y me pierdo en amargos pensamientos? ¿No será porque mi orgullo o mi vanidad están heridos o mi egoísmo se ha frustrado? ¿No será porque mis ciegas pasiones primitivas se han despertado y les permito que dominen lo mejor de mi naturaleza? En lugar de sentirme herido por la actitud de otra persona hacia mí, debido a mi propio orgullo o vanidad, debido a pasiones incontrolables e impuras, ¿no sería mejor buscar el mal dentro mí, en lugar de buscarlo en los demás? ¿No sería preferible deshacerme del orgullo, de la vanidad y de la pasión, para evitar sentirme lastimado?

Cuando alguien se plantea estas preguntas y las responde a la luz de pensamientos bondadosos y una conducta desapasionada, va venciendo poco a poco a la pasión y sale de la ignorancia que originó todo esto, para llegar a ese bendito estado en el que dejará de ver el mal en los demás y morará en la buena voluntad, el amor y la paz universal. Esto no quiere decir que deje de ver la ignorancia y la insensatez; ni que deje de ver el sufrimiento, el dolor y la miseria. No quiere decir que dejará de distinguir entre los actos que son puros e impuros, ni que dejará de discernir entre el bien y el mal, puesto que, tras haber eliminado la pasión y el prejuicio, podrá observar estas cosas a la luz clara del conocimiento, viéndolas exactamente como son. Pero, lo que ya no hará es ver en los demás algún poder maligno que pueda herirlo; tratará de evitar esa percepción, de oponerse a ella con toda su voluntad. Cuando haya comprendido el mal y lo haya alejado de su corazón, se dará cuenta de que es algo que no invita al odio, al miedo o al resentimiento, sino a la consideración, a la compasión y al amor.

Shakespeare dijo a través de uno de sus personajes: «No hay oscuridad, sino ignorancia». Todo el mal es ignorancia, es la densa oscuridad de la mente. Y para poder eliminar el pecado de nuestra mente, debemos salir de la oscuridad y así entrar a la luz espiritual. El mal es la negación de lo bueno, al igual que la oscuridad es la negación o la ausencia de la luz. Y, ¿qué hay en una negación para despertar la ira o el resentimiento? Cuando la noche cae en el mundo, ¿quién es tan tonto como para lanzarse a la oscuridad? De la misma manera, el hombre iluminado no acusa ni condena la oscuridad espiritual en los corazones de los demás, la cual se manifiesta en forma de pecado, aunque a veces puede indicar, con reprobación apacible, dónde se encuentra la luz.

Ahora bien, la ignorancia a la que me refiero como el mal o como la fuente del mal, tiene dos caras. Hay actos de maldad que se cometen sin tener conocimiento del bien y del mal, en los que no existe otra opción. Ésta es la maldad inconsciente. Luego, existe la maldad que se comete con conocimiento de que se está obrando mal. Ésta es la maldad consciente. Pero, tanto la maldad inconsciente como la consciente nacen de la ignorancia; es decir, de la ignorancia de la verdadera naturaleza de la maldad y de sus dolorosas consecuencias.

¿Por qué una persona sigue haciendo ciertas cosas que siente que no debería hacer? Si sabe que lo que está haciendo está mal, ¿dónde está la ignorancia?

Esta persona sigue haciendo cosas que no debería hacer, porque su conocimiento de ellas es incompleto. Sólo sabe que no debe hacerlas porque se lo dictan algunos preceptos externos y ciertos escrúpulos internos de conciencia, pero no entiende plena y completamente lo que está haciendo. Sabe que ciertas acciones le producen placer inmediato, así que, a pesar de ser consciente de los problemas de conciencia que siguen al placer, sigue realizándolas. Está convencido de que el placer es algo bueno y deseable, y que, por lo tanto, se debe disfrutar. No sabe que el placer y el dolor son uno; piensa que puede tener uno sin el otro. No tiene conocimiento de la ley que regula las acciones humanas y no asocia sus sufrimientos con sus malas acciones, porque está convencido de que éstos son causados por la maldad de los demás o que son misteriosos designios de la Providencia, y que, siendo así, no deben cuestionarse ni entenderse. Él busca la felicidad y hace lo que piensa que le proporcionará el mayor placer, pero actúa con una absoluta ignorancia de las consecuencias ocultas e inevitables que acarrean sus acciones.

Un hombre, que tenía un mal hábito, una vez me dijo: «Sé que este hábito es malo y que me hace más mal que bien». Yo le respondí: «Si sabes que lo que estás haciendo te perjudica, ¿por qué sigues haciéndolo?». Él me contestó: «Porque es agradable y me gusta».

Este hombre, por supuesto, no sabía realmente que su hábito era malo. Le habían dicho que lo era y él pensaba que sabía o que creía que era así, pero, en realidad, pensaba que era bueno, que le provocaba bienestar y felicidad; por lo tanto, continuaba practicándolo. Cuando alguien sabe por experiencia que una cosa es mala y que cada vez que la hace se está lesionando física o mentalmente, o ambas cosas; cuando tiene pleno conocimiento de las cosas malas y está familiarizado con su destructiva cadena de efectos, entonces no sólo dejará de hacerlas, sino que dejará de tener el deseo de hacerlas e, incluso, el placer que antes le proporcionaban, se convierte en algo doloroso. Nadie se metería una serpiente venenosa en el bolsillo sólo porque tiene un color hermoso. Sabe que una mordedura mortal se esconde detrás de esos hermosos colores. Lo mismo sucede cuando alguien conoce el dolor y el daño inevitables que se encuentran ocultos en actos y pensamientos erróneos; deja de cometerlos y de tener- los. Incluso desaparece el placer inmediato que antes bus- caba con tanta ansiedad; su atractivo superficial se desvanece, ya no ignora su verdadera naturaleza; los ve como realmente son.

Conocí a un hombre joven que se dedicaba al mundo de los negocios y, aunque era miembro de una iglesia y ocupaba el puesto de instructor religioso voluntario, me dijo que era absolutamente necesario practicar la mentira y el engaño en los negocios porque, de otra manera, todo se iría a la ruina. Me confesó que sabía que mentir era malo pero que, mientras permaneciera en el mundo de los negocios, tendría que seguir haciéndolo. Después de hacerle algunas preguntas, descubrí que, por supuesto, nunca había practicado la verdad ni la honestidad en su empresa, ni siquiera había pensado en buscar un mejor camino; y, como estaba tan convencido de que esto no era posible, no podía saber si lo llevaría al éxito o a la ruina.

Ahora bien, ¿sabía este joven que la mentira es mala? Lo sabía sólo perceptiblemente, pero había un sentido más profundo y verdadero que no llegaba a comprender. Le habían enseñado a considerar la mentira como mala y su conciencia confirmaba esta enseñanza. Pero creía que la mentira le traería beneficios, prosperidad y felicidad, y que la honestidad le traería pérdidas, pobreza y miseria. En resumen, él pensaba sinceramente que la mentira era una práctica correcta y que la honestidad era una práctica incorrecta. Desconocía por completo la verdadera naturaleza del acto de mentir; de cómo, desde el momento en que se practica, conduce a una pérdida de carácter, a una pérdida del amor propio, a una pérdida de poder, a una pérdida de beneficios, de apoyo y de bendiciones; y cómo lleva a la pérdida de la reputación y a la pérdida de beneficios materiales y de prosperidad. Sólo cuando una persona así comienza a pensar en la felicidad de los demás y prefiere abrazar la pérdida a la que teme, en lugar de caer en las garras del beneficio que ansía, obtendrá el verdadero conocimiento que sólo la noble conducta moral puede revelar. Entonces, experimentará las mayores bendiciones y se dará cuenta de que, en todo momento, ha estado engañándose y estafándose a sí mismo y no a los demás; que ha estado viviendo en la ignorancia y en el autoengaño más oscuros.

A aquellos lectores que, aunque buscan la verdad, todavía tienen dudas, inseguridades o confusiones, estos dos casos habituales de comportamiento erróneo les servirán para ilustrar y hacer más sencilla la comprensión de esa verdad que afirma que todo pecado o mal es un esta- do de ignorancia y que, por lo tanto, debe ser tratado con un espíritu de amor y no de odio.

Lo mismo que sucede con los malos hábitos y la mentira, sucede con todos los pecados: la lujuria, el odio, la maldad, la envidia, el orgullo, la vanidad, la autoindulgencia y el egoísmo en todas sus formas. El pecado es un estado de oscuridad espiritual, es la ausencia de la Luz de la Verdad en el corazón, es la negación del conocimiento.

Por lo tanto, cuando superemos las condiciones incorrectas en nuestro propio corazón, habremos comprendido por completo la naturaleza del mal, y la mera creencia habrá cedido el paso al conocimiento de la vida. Entonces, el mal no podrá condenarse con odio ni resistirse con violencia, y sólo podremos sentir una tierna compasión por quien lo practica.

Y esto nos lleva a otro aspecto del mal, al de la libertad individual; al derecho que tiene toda persona a elegir sus propias acciones. Ver el mal en los demás va acompañado del deseo de coaccionarlos y de hacer que modifiquen su manera de ser para que actúen y piensen como nosotros. Es probable que el engaño más común en el que todos participamos es el de creer que lo que pensamos y hacemos es lo correcto y que todo lo que hacen los demás está mal. Por lo tanto, debemos condenar y rechazar esta postura. A partir de esta falsa ilusión es de donde surgen todas las persecuciones. Hay cristianos que consideran que todos los ateos son hombres llenos de maldad, como consagrados al servicio de un poder maligno. Y también hay ateos que creen firmemente que todos los cristianos hacen un gran daño a toda la raza humana con sus «doctrinas falsas y supersticiosas». Y la verdad es que ni los cristianos ni los ateos son maléficos, ni están al servicio del mal, sino que cada uno elige su propio camino y recorre el sendero que le parece correcto.

Analicemos en silencio el hecho de que muchos de los seguidores de las diferentes religiones del mundo, alguna vez se dedicaron a condenarse, acusándose entre sí de ser malignos y de estar equivocados, mientras defendían sus propias creencias como bondadosas e infalibles; y esto nos ayudará a darnos cuenta de que el mal no es más que ignorancia y oscuridad espiritual. Meditar con constancia sobre este hecho es una de las mejores maneras de aumentar la bondad, la caridad, la perspectiva y la amplitud mental.

El ser humano realmente bondadoso y sabio ve lo bueno en todos y no percibe el mal en nadie. Ya ha eliminado la insensatez de querer que los demás piensen y actúen como él lo hace, porque comprende que los hombres están constituidos de manera diferente y se encuentran en distintos puntos de su evolución espiritual, por lo que deben, por necesidad, pensar y actuar de manera distinta. Como ha renunciado al odio, la condena, el egoísmo y los prejuicios, se ha iluminado y puede discernir que la pureza, el amor, la compasión, la bondad, la paciencia, la humildad y la generosidad son manifestaciones de luz y de conocimiento; mientras que la impureza, el odio, la crueldad y la pasión son expresiones de la ignorancia y de la oscuridad. Sabe que si los hombres viven en la oscuridad o en la luz, es porque están convencidos de que hacen lo necesario y lo que es correcto, y que actúan conforme a su propia medida de luz o de oscuridad. El hombre sabio comprende y, al hacerlo, deja atrás la amargura y todas las acusaciones.

Todas las personas se comportan de acuerdo a su naturaleza, con su propio sentido del bien y del mal y, sin duda, recogen los frutos de su experiencia.

Existe un derecho supremo que posee todo ser humano: el de pensar y actuar como elija hacerlo. Si una persona decide pensar y comportarse de forma egoísta, pensando sólo en su propia felicidad inmediata y no en el bienestar de los demás, debido a la ley moral de causa y efecto, se provocará mortificaciones que lo harán detenerse y reflexionar para encontrar un camino mejor. No existe mejor maestro que la propia experiencia, no hay escarmiento más purificador y correctivo que el que los hombres se infligen a sí mismos por ignorancia. El hombre egoísta es el hombre ignorante; él elige su propio camino, pero éste lo conduce al sufrimiento y, a través del sufrimiento, llega al conocimiento y a la dicha. El hombre bueno es el hombre sabio; él también elige su propio camino, pero lo hace a la plena luz del conocimiento, tras haber pasado por las etapas de la ignorancia y del sufrimiento y haber llegado al conocimiento y a la dicha.

Una persona comienza a comprender lo que significa «no ver el mal» cuando, renunciando a todos sus deseos personales en el momento de juzgar a los demás, empieza a considerarlos desde sus propios puntos de vista y juzga sus acciones, no desde sus propias normas, sino desde las de ellos. Esto sucede porque los hombres se rigen por normas arbitrarias del bien y del mal, y están deseosos de que todos se ajusten a sus normas particulares, lo que les hace ver el mal en los demás. A una persona se la juzga correctamente sólo cuando no se la evalúa a partir de los estándares de otras personas, sino de sus propios estándares. Por lo tanto, el trato con él no representa un juicio, es Amor. Sólo cuando miramos a través de los ojos del Amor Impersonal, alcanzamos la iluminación y podemos ver a los demás como realmente son. Una persona se acerca a ese Amor cuando puede decir de corazón: «¿Quién soy yo para juzgar a mis semejantes? ¿Soy acaso tan puro y estoy tan libre de pecado que puedo acusar y enjuiciar a los demás por el mal que han hecho? Sería mejor tener una actitud humilde y corregir mis propios errores, antes de adoptar la actitud de juez supremo de otras personas».

Esto es lo que alguien dijo a quienes estaban a punto de lapidar a una mujer que había sido sorprendida cometiendo uno de los peores pecados: «El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra». Y aunque quien lo dijo estaba libre de pecado, no tomó ninguna piedra, ni emitió juicio alguno, sino que, con infinita dulzura y compasión, le dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda y, en adelante, no peques más».

En el corazón puro no hay cabida para odios ni juicios personales, ya que está lleno de una ternura y un amor tan desbordantes, que no se puede ver el mal. Sólo cuando los hombres logran no ver el mal en los demás, se liberan del pecado, del dolor y del sufrimiento.

Nadie ve el mal en sí mismo o en sus propias acciones, salvo cuando se encuentra en el camino de la iluminación. Es entonces cuando se dedica a abandonar esos comportamientos que ha llegado a ver como erróneos.

Todas las personas tienden a justificar lo que hacen y no les importa que los demás lo consideren incorrecto, porque piensan que está bien y que, por lo tanto, deben hacerlo. Si no fuera así, no lo harían. La persona que se enfurece siempre está justificando su enojo. El codicioso, su avaricia; el impuro, su falta de castidad; el deshonesto, sus engaños. El mentiroso considera que su mentira es totalmente necesaria; el calumniador considera que hace lo correcto difamando a las personas con las que no simpatiza, y previniendo a los demás contra la «mala» naturaleza de éstas; el ladrón está convencido de que el robo es la manera más rápida y mejor de alcanzar la abundancia, la prosperidad y la felicidad; e incluso el asesino piensa que existe un motivo para justificar su conducta.

Todas las acciones humanas coinciden con la medida de su propia luz u oscuridad, porque nadie puede estar a un nivel más elevado del lugar donde se encuentra o actuar más allá de los límites de su conocimiento. Sin embargo, puede mejorar y, por consiguiente, aumentar su luz poco a poco y ampliar la gama de sus conocimientos. El enojado se complace con las burlas y los agravios porque su conocimiento no se extiende a la tolerancia y a la paciencia. Como no ha practicado la ternura, no la comprende y no puede tener capacidad para elegirla. Tampoco puede conocer la oscuridad de la ira, porque no pue- de compararla con la luz de la benevolencia.

Ocurre lo mismo con el mentiroso, el calumniador y el ladrón; los cuales viven limitados en este estado oscuro de la mente y la acción debido a la inmadurez de sus conocimientos y experiencias, porque, como nunca han vivido en condiciones más elevadas, no las conocen y, para ellos, no existen: «La luz resplandece en las tinieblas y las tinieblas no la perciben». Ni siquiera pueden percibir las condiciones en las que viven porque, como son oscuras, inevitable- mente están desprovistas de todo conocimiento.

En el momento en que alguien, obligado por sus continuos sufrimientos, llegue a reflexionar sobre su conducta y se dé cuenta de que su cólera, su mentira, o cualquier otra conducta de ignorancia en la que pueda estar viviendo, sólo le provoca problemas y sufrimientos, decidirá abandonarla y comenzará a buscar y a practicar la actitud opuesta, que es la conducta iluminada. Cuando descubra y recorra un camino mejor, conocerá bien ambas condiciones y se dará cuenta de la gran oscuridad en la que vivía. Este conocimiento que brinda la experiencia sobre el bien y el mal constituye la iluminación.

Cuando una persona comienza a mirar, por así decirlo, a través de los ojos de los demás y a valorarlos según las normas que ellos tienen, y no a través de las suyas, entonces deja de ver el mal en ellos, pues ya ha aprendi- do que la percepción de cada uno de los hombres y sus principios sobre el bien y el mal son diferentes; que no existe un vicio tan detestable como para que otros no lo califiquen como bueno; que no existe una virtud tan elevada como para que otros no la consideren indigna. Y que lo que alguien considera bueno, será bueno para él; y lo que otro considera malo, será malo para él.

Quien se ha purificado, quien ha dejado de ver el mal en los demás, tampoco tiene el deseo de imponer sus opiniones o su manera de vivir a otras personas, sino que desea ayudarlas en su propia búsqueda, a sabiendas de que sólo la experiencia, y no un cambio de opinión, pue- de conducir a un mayor conocimiento y a una mayor bienaventuranza.

Las personas siempre están buscando ver el mal en aquellos que difieren de ellas y el bien en aquellos con los que están de acuerdo. El que se ama a sí mismo de forma excesiva y está enamorado de sus propias opiniones, amará a los que coincidan con él y rechazará a los que piensen de otra manera. «Porque si amas a los que te aman, ¿qué recompensa tendrás?… Ama a tus enemigos, haz el bien a aquéllos que te odian.» El egoísmo y la vanidad ciegan a los hombres. Los individuos de distintas religiones se odian y se persiguen entre sí; las personas con diferentes opiniones políticas se descalifican y luchan entre sí. El adversario mide a todos con sus propias reglas y, como consecuencia, establece sus propios juicios. Está tan convencido de que él tiene la razón y de que los otros están equivocados, que finalmente se persuade a sí mismo de que infligir crueldad a los demás es algo bueno y necesario para obligarlos a pensar y a actuar como él, y así conducirlos al camino correcto: su particular camino correcto, en contra de la razón y de la voluntad de los demás.

Los hombres se odian, se condenan, se oponen y se provocan sufrimiento unos a otros, no porque sean intrínsecamente malos, no porque sean deliberadamente «malintencionados» y hagan lo que, a la luz de la verdad, saben que es erróneo, sino porque consideran que esa conducta es buena y necesaria. Todos los seres humanos son buenos por naturaleza, pero algunos son más sabios que otros y han vivido más experiencias que otros.

Comprender la verdadera naturaleza del mal viviendo en el bien, es dejar de ver a otros hombres como malos. Bendito sea aquél que, dando la espalda al mal que hay en los demás, practica la purificación de su propio corazón. Algún día, este hombre tendrá «los ojos demasiado puros como para poder contemplar el mal».

¿Qué debe hacer una persona al conocer la naturaleza del mal? Le corresponde vivir sólo en lo que es bueno. Por lo tanto, si alguien me condena, no voy a condenarlo yo también; si me insulta, le pagaré con bondad; si me calumnia, hablaré de sus buenas cualidades; si me odia, entonces está muy necesitado de mi amor, y lo recibirá. Con el impaciente, seré paciente; con el codicioso, seré generoso; con el violento y ofensivo, seré amable y pacífico. Al no ver el mal, ¿a quién podré odiar o a quién consideraré mi enemigo?

¿Han sido los hombres envidiosos y criminales contigo? Pues lo siento mucho. Conmigo han sido siempre amables; yo no llevo un registro de lamentos. ¿Qué tengo yo que ver con los lamentos?

Quien considera que otras personas son malas, imagina que detrás de sus «malintencionadas» acciones se esconde una maldad sustancial y sistémica que los insta a cometer esos pecados en particular; pero, quien tiene una visión inmaculada, ve la maldad sólo en las acciones, porque sabe que no existe un poder del mal, ni un alma o una persona malvada detrás de esas acciones. La sustancia del universo es buena; no existe una sustancia del mal. Sólo la bondad es permanente; el mal no es algo establecido ni inevitable.

Como los hermanos y hermanas, que han nacido de los mismos padres y provienen del mismo hogar, se aman entre sí a pesar de todas las vicisitudes, no ven el mal en ellos y pasan por alto todos los errores para seguir unidos en los poderosos vínculos del cariño, así el hombre bueno ve a la humanidad como una familia espiritual, nacida del mismo Padre y Madre, con la misma esencia y el mismo objetivo. Considera a todos los hombres y mujeres como sus hermanos y hermanas, no hace clasificaciones ni distinciones, y no ve el mal en nadie, sino que está en paz con todos.

¡Qué feliz es aquél que alcanza este bendito estado!

 

Capítulo 8 de su libro «Los caminos de la felicidad»
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