EL SURGIMIENTO DEL CUERPO CRÍSTICO INMORTAL – Ana, la abuela de Jesús

«El cuerpo físico de Yeshua resucitó y se elevó a una vibración más alta que le preparaba para su ascensión.»
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«El cuerpo físico de Yeshua resucitó y se elevó a una vibración más alta que le preparaba para su ascensión.»

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LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Sí, mi querido amigo, entremos en el Rito del Sepulcro y unámonos a todos los discípulos que estaban reunidos en la tumba de José de Arimatea en la noche de lo que tú llamas el Viernes Santo.

La tormenta continuó haciendo estragos. Cuando la gran piedra redonda estuvo colocada en su lugar cubriendo la puerta baja, el estruendo del viento y los truenos de afuera apenas eran perceptibles. Ahora que estábamos a salvo encerrados en la amplia tumba, nos dedicamos rápidamente y sin dudar a la próxima fase de la Gran Obra.

Mi hijo Lucas, que todavía ejercía como médico, había ordenado abundantes telas, hierbas, aceites esenciales, bálsamos y ungüentos, agua, lámparas y todos los instrumentos médicos necesarios para esta gran ocasión. Había puesto todo en la tumba de su medio hermano José el día anterior. Aquellos de nosotros que teníamos experiencia en embalsamar a los muertos o en el Ritual del Sepulcro, tomamos la iniciativa dirigiendo a los discípulos que tenían menos conocimiento y que nos asistieron con gran disposición.

Mientras miraba el cuerpo flagelado de Yeshua, mis recuerdos me llevaron a su cuerpo de doce años de edad, libre de imperfecciones, acostado en el sepulcro en la cueva de iniciaciones del monte Carmelo. Mirando en aquel entonces hacia el futuro, una parte de mí deseaba que él no tuviera que beber de esa copa amarga. Desde entonces, él había pasado los últimos veintiún años probando, transmutando y resucitando su conciencia desde el «estado de muerte».

Los signos vitales de Yeshua, que antes habían cesado por completo, ahora eran apenas perceptibles, mientras yacía en un «sueño» muy profundo o estado de samadhi. No pude evitar derramar mis lágrimas mientras lavaba cuidadosamente el cuerpo de mi nieto. Arrodilladas a su lado, María Ana, María Magdalena y yo, retiramos cuidadosamente fragmentos de plomo y crin de caballo que se habían incrustado en la espalda y en las piernas de Yeshua durante los latigazos. También quitamos grava, estiércol y suciedad de las muchas heridas que cubrían su cuerpo. A continuación, lo lavamos, purificamos y le aplicamos ungüentos curativos, compresas, y aceites esenciales.

Viendo que estábamos listas para su asistencia, Lucas nos ayudó a envolver el cuerpo en un sudario de lino saturado con aceites de hierbas regenerativas, de la misma manera que se envolvía inicialmente a las momias egipcias. Cubrimos la mayoría de su cabeza y pusimos un pañuelo de tela sobre su cara. Como ya he explicado antes, el movimiento del pañuelo servía para alertar al sumo sacerdote o sacerdotisa que asistía en el Rito del Sepulcro, que el cuerpo del iniciado volvía a animarse. Cuando notaban ese movimiento sutil, sabían con certeza que la conciencia que anima el alma estaba regresando al plano físico y que había llegado el momento de quitar el sudario que cubría el cuerpo.

Cuando el cuerpo de Yeshua estuvo limpio, purificado, ungido y amortajado, tomamos nuestras diversas posiciones a su alrededor dentro de la tumba. José de Arimatea inició un cántico profundo y monótono, y aquellos de nosotros que éramos particularmente hábiles en usar la vibración del sonido, nos unimos a él. Otros utilizaron instrumentos de percusión, cuerda y viento. Todos movíamos nuestros cuerpos, algunos muy activamente, otros haciendo gestos sólo con las manos, moviendo las cabezas o balanceando la espalda. Un incienso dulce ardía en los incensarios. Habíamos apagado la mayoría de las lámparas de aceite, quedando sólo dos encendidas.

Invocamos la presencia de nuestro Creador. Llamamos a los ángeles sanadores, los dioses, las diosas y los Consejos de Luz de este planeta y de más allá. Entonamos himnos a la Gran Madre, especialmente a Isis, porque lo que estábamos haciendo era lo mismo que se hacía en sus ritos en Egipto, durante la representación de la resurrección de su amado Osiris.

De esta manera, con nuestros corazones y nuestras voces, cultivamos las energías más altas y más coherentes de curación. Hicimos circular estos flujos energéticos a través de nuestros cuerpos y tejimos patrones de luz entrelazados con la conciencia de Yeshua. Yo era consciente de la conciencia de Yeshua, mientras recorría los inframundos de Amenti. Los maestros que habitan cerca de su sol se encontraron con él y lo escoltaron a muchos reinos. Lo vi viajar a los planos astrales donde las almas crean sus propios infiernos como continuación de las vidas atormentadas que han vivido. Vi que Yeshua asistía a sus conciencias para que abandonaran sus actitudes ignorantes y sus creencias limitantes y avanzaran hacia una luz mayor. En el inframundo, mi nieto designó a guías y maestros más evolucionados, que en lugar de pasar a los reinos más armoniosos, habían optado por demorarse un tiempo, con el fin de ayudar a que las conciencias abandonaran el sufrimiento y subieran y ascendieran con ellos.

Vi que la conciencia de María Magdalena estaba presente en todos estos viajes, y que esta pareja de almas gemelas estaba participando junto a los más altos Consejos de Luz en asuntos que yo apenas comprendía. Sentí que estaban siendo preparados para mucho más que esta misión planetaria, pero mi conciencia en aquel momento no se había expandido lo suficiente como para poder entenderlo.

Una vez que empezamos a sentir que las energías de Yeshua se habían estabilizado, la mayoría de nosotros elegimos retirarnos de la tumba para descansar. Hacia el atardecer del segundo día, José de Arimatea, después de explorar los alrededores con su visión interna para asegurarse de que no había nadie presente, había retirado la pesada piedra sepulcral usando el sonido como dispositivo de levitación. Los que sabíamos que nuestros servicios en la tumba ya no eran necesarios, nos fuimos a la casa de José en Betesda para recuperarnos. José, María Magdalena, María Ana, Sara y Mariam se quedaron en la tumba.

Yeshua estaba muy familiarizado con las corrientes increíblemente poderosas de la energía de resurrección, que producen una trasformación en todos los niveles. Ahora, su conciencia más iluminada comenzaba a entrar de nuevo en su cuerpo físico a través de la corona, descendiendo hacia el canal central o tubo pránico. Con sus signos vitales recuperados, comenzó el proceso de elevar el cuerpo de luz del Cristo inmortal (lo que los egipcios llamaban la Elevación del Pilar Djed o la columna vertebral de Osiris). A medida que aumentaba la energía, comenzó a emitir luz. El cuerpo de mi nieto se volvió sumamente radiactivo, emitiendo vibraciones subatómicas pulsantes. Estas altas vibraciones penetraron las cámaras acústicas de la tumba y se expandieron a través de las rejillas cristalinas planetarias. Hubo una alineación cósmica que facilitó la impresión de una nueva matriz de códigos de ascensión en el cuerpo y la atmósfera de la Madre Tierra.

Una vez que las energías de resurrección se activaron en su cuerpo físico, era necesario dejarlo descansar por un tiempo antes de quitarle las mortajas de lino. Cuando recibimos la señal, quitamos el lino poderosamente cargado, y luego lavamos y purificamos el cuerpo de Yeshua, ungiéndolo con aceites aromáticos y ungüentos curativos. Le pusimos una túnica nueva y le permitimos continuar descansando en silencio.

Sabiendo que Yeshua no necesitaba más nuestra presencia, nos fuimos antes del amanecer, dejándolo acostado en el altar con la gran piedra redonda cubriendo la puerta. Disfrutamos del descanso y el refrigerio. Después de dormir varias horas, María Magdalena salió de la casa de su padre justo después del amanecer y fue a la tumba. Se sorprendió al encontrar que la piedra estaba corrida, y cuando se agachó para entrar, se sorprendido aún más al descubrir que ¡Yeshua había desaparecido! Sentados tranquilamente a la cabeza y los pies del altar, había dos seres angélicos de rostro radiante. Las mortajas y el pañuelo que habían cubierto el cuerpo y la cara de Yeshua estaban cuidadosamente doblados sobre el altar al lado de uno de los seres.

Sonrieron, pues reconocieron que con sus lágrimas, María Magdalena representaba el papel egipcio de Isis, cuando lloró porque su amado Osiris le había sido arrebatado. Le preguntaron retóricamente: «Mujer, ¿por qué lloras?», a lo que ella respondió: «Estoy buscando a mi amado Maestro, que estaba aquí y ahora no está». Entonces, cuando María se dio la vuelta y caminó hacia el jardín, sin dejar de mirar hacia la tumba, volvió a oír: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Las palabras salieron de la boca de un hombre que ella supuso que era el jardinero, pues su energía era diferente de la de Yeshua. Una vez más, ella preguntó por aquel que había sido arrebatado, y oyó a Yeshua decir: «¡María!» Entonces ella lo miró y reconoció a su amado, aunque su forma había cambiado un poco. Ahora su cuerpo era mucho más luminoso y translúcido.

Cuando ella corrió a abrazarlo, Yeshua levantó la mano y le dijo: «Todavía no, mi querida María, pues no he estabilizado las frecuencias de ascensión de mi cuerpo. Estaré con vosotros en esta forma resucitada por un período de tiempo indefinido. Todavía tengo que pasar por muchos niveles más de ascensión. Durante la mayoría de este tiempo, te encontrarás conmigo en los reinos celestiales.

»Tú, que representas nuestra Gran Madre, todavía tienes un trabajo importante que hacer aquí en el plano terrestre. Juntos prepararemos a la humanidad para que abrace y comprenda el Camino del Cristo. Aunque estaremos juntos en nuestra conciencia fusionada, tú estarás más centrada en este lado del velo y yo en el otro, tal como lo hemos hecho tantas veces en otros mundos. Agradezcamos el haber disfrutado de estos años caminando juntos en estos maravillosos cuerpos de carne y hueso.

»Tú eres mi discípula amada, y dejo a tu cuidado y al de Juan a mi bendita y hermosa madre. Ahora ve y dile a mi madre y a los otros todo lo que has visto y oído». Luego, con gran amor, él sonrió y pasó suavemente a su lado, casi rozándola con las puntas de sus dedos.

Estas fueron las palabras que yo, Ana, oí de María Magdalena cuando regresó a darnos la buena noticia de la resurrección completa de Yeshua.

Como he compartido contigo, Yeshua y sus compañeros demostraron la Gran Obra de resucitar la conciencia del alma a una mayor conciencia de amor divino y vida eterna. Y en este caso, el cuerpo físico de Yeshua resucitó y se elevó a una vibración más alta que lo preparaba para su ascensión.

Tú también puedes tener experiencias de resurrección en las que conscientemente incorporas más luz y frecuencias más elevadas a tu cuerpo. De esa manera, puede manifestarse la capacidad innata de tu cuerpo de curarse y regenerarse a través de la inmortalidad física, de modo que puedas tener más tiempo para servir a la vida y para aumentar tu auto maestría. También puedes optar por fortalecer conscientemente la conexión con tus cuerpos de luz inmortales, y llevarte contigo tus recuerdos y la conciencia de ti mismo, en el momento de dejar que los elementos de tu vehículo físico regresen a la Tierra.

Una vez que el proceso de crucifixión y resurrección comienza, la conciencia se ilumina paso a paso, a medida que asciende. Esto suele ir acompañado de una mayor conciencia de los pensamientos y comportamientos que aún no están alineados con el amor. Al tener una mayor capacidad para el amor compasivo, es posible abrazar esos aspectos de la conciencia y llevarlos a la unión con su Creador. Con la iluminación de la conciencia se obtiene una mayor percepción, a la vez que surgen más oportunidades para experimentar realidades y dimensiones simultáneas. ¡Esta es la experiencia definitiva de libertad y unión en el eterno AHORA!

 

Capítulo extraído del libro «ANA, LA ABUELA DE JESÚS»
Canalizado por Claire Heartsong

 

Pasajes del mismo libro narrados por Mi Voz Es Tu Voz:

 

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