LOS CAMINOS DE LA FELICIDAD (9): «ALEGRÍA DURADERA» – James Allen

«¡Alegría duradera! ¿Existe algo así? ¿Dónde está? ¿Quién la posee?»
Divulga Amor y Luz

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(9) ALEGRÍA DURADERA

 

Quien lleva música en el corazón
realiza las tareas diarias con los pies ocupados cuando recorre los oscuros caminos de la discusión, ya que su alma secreta repite un cántico sagrado.

Serenos y brillantes serán nuestros días, y feliz será nuestra naturaleza cuando el amor sea una luz infalible
y en la alegría esté su seguridad.

WORDSWORTH

¡Alegría duradera! ¿Existe algo así? ¿Dónde está? ¿Quién la posee? Sí, realmente existe. Está donde no hay pecado. La posee el que tiene un corazón puro.

Así como la oscuridad es una sombra que pasa y la luz es la sustancia que permanece, el sufrimiento es transitorio, pero la alegría dura para siempre. Nada que sea verdadero puede sucumbir y perderse; nada que sea falso puede permanecer y conservarse. El dolor es falso y no puede sobrevivir; la alegría es verdadera y no puede morir. La alegría puede permanecer oculta durante un tiempo, pero siempre se puede recuperar; el dolor puede subsistir durante una época, pero siempre se puede erradicar.

No pienses que tu dolor permanecerá; pasará como una nube. No creas que los tormentos del pecado serán tu patrimonio por siempre; se desvanecerán como un mal sueño. ¡Despierta! ¡Levántate! ¡Sé santo y sé feliz!

Tú eres el creador de tus propias sombras; deseas algo y después te lamentas. Es mejor que renuncies para poder alegrarte más tarde.

Tú no eres un indefenso esclavo del dolor; la alegría sin fin espera tu regreso al hogar. No eres un prisionero abandonado en la oscuridad y en los sueños del pecado. Incluso ahora, la hermosa luz de la santidad brilla sobre tus dormidos párpados, lista para dar la bienvenida a tu visión cuando despiertes.

En el sueño preocupado y pesado del pecado y del ego, la alegría duradera se pierde y se olvida; su eterna melodía deja de oírse y la fragancia de sus flores imperecederas deja de alegrar el corazón del viajero.

Pero cuando se renuncia al egoísmo y al pecado, cuando sacrificamos nuestro apego al placer personal, las sombras del dolor desaparecen y el corazón recupera su alegría permanente.

La alegría llega y llena el corazón que nosotros mismos hemos dejado semivacío; se consuela con la paz y su reino está entre los virtuosos.

La alegría se le escapa al egoísta; se aleja del provocador; se oculta del deshonesto.

La alegría es un ángel tan hermoso, delicado y casto, que sólo puede morar con la santidad. No puede permanecer junto al egoísmo; está casada con el amor. Los seres humanos llegan a ser realmente felices en la medida en que son generosos; y son miserables en la medida en que son egoístas. Todos los seres realmente buenos —y al referirme a personas buenas hablo de aquéllas que han gana- do la batalla contra el ego—, son personas de la alegría. ¡Qué grande es el júbilo del santo! Ningún verdadero maestro promete el dolor como lo esencial de la vida; promete la alegría. Habla del dolor, pero sólo como un proceso que el pecado ha considerado necesario. Cuando el egoísmo se acaba, la pena se aleja. La alegría es la compañera de la honestidad. En la vida divina, la tierna compasión ocupa el lugar donde antes se encontraban las lágrimas y el sufrimiento. Durante el proceso que se tiene que atravesar para convertirse en un ser generoso, hay períodos de profundo dolor. La purificación es implacable por necesidad. Todo cambio es doloroso. La consumación de la alegría duradera sólo se alcanza en la perfección del ser, y esto significa:

Un estado en el que todo es gracia, poder y amor, con las cualidades más sublimes de la mente, donde todos disfrutan el completo dominio de sí mismos, de sus acciones, sentimientos, pensamientos, situaciones y actitudes.

Piensa en cómo evoluciona y se desarrolla una flor. Al principio, es sólo una pequeña espora que se abre camino a tientas en la oscura tierra para emerger a la luz. Entonces, aparece la planta y, una a una, van brotando sus hojas. Finalmente, aparece la flor perfecta con el perfume dulce y la casta belleza que hacen que concluya cualquier esfuerzo.

Lo mismo sucede con la vida humana. Al principio, se debate en medio de la confusión, buscando su camino a tientas en la oscura tierra del egoísmo y de la ignorancia. Entonces, sale a la luz y va venciendo poco a poco al egoísmo que viene acompañado de penas y sufrimientos. Al final, emerge la flor perfecta de una vida pura y generosa que desprende, sin esfuerzo, el perfume de la santidad y la belleza de la alegría.

Los que son buenos y puros, son excepcionalmente felices. Aunque los hombres nieguen o acepten esta teoría, la humanidad sabe por instinto que es verdad. ¿Acaso las personas, en todas partes, no imaginan a sus ángeles como los seres más felices? Existen ángeles alegres que habitan en cuerpos de carne y hueso; los encontramos y los dejamos pasar; y ¿cuántos de los que llegan a estar en contacto con ellos gozan de la suficiente pureza para verlos aparecer dentro de la forma? ¿Para ver al ángel incorruptible dentro de su ordinario mecanismo de barro?

El que no ve, tiene que buscar a ciegas, la hoz debe estar frente a la espiga. Los símbolos externos desaparecen para aquél cuya visión interior es su guía.

Sí, los puros son los más alegres. Buscamos en vano alguna expresión de dolor en las palabras de Jesús. El «hombre de los pesares» sólo puede perfeccionarse en el hombre de la alegría.

Yo, Buda, que lloré todas las lágrimas de mis hermanos; yo, cuyo corazón se ha roto por el dolor del mundo entero, río y soy feliz, ¡porque existe la Libertad!

En el pecado, y en la lucha contra el pecado, existe angustia y aflicción, pero en la perfección de la Verdad, en el camino de la honradez, es donde habita la alegría duradera.

¡Entren en el sendero!
¡Ahí manan las benéficas fuentes
que aplacan cualquier sed!
¡Allí crecen las flores inmortales
que recubren de alegría todos los caminos! ¡Allí se agolpan las horas más ligeras y más dulces!

Las adversidades duran sólo mientras exista alguna brizna de ego que deba eliminarse. El tribulum, o trilladora, deja de funcionar cuando separa todo el trigo de la cáscara. Y cuando las últimas impurezas se arrancan del alma, es cuando la adversidad ha concluido su tarea, porque ya no es necesaria. En ese momento, es cuando llega a plasmarse la alegría duradera.

Todos los santos, los profetas y los salvadores de la raza humana, han proclamado con alegría el «Evangelio» o las «Buenas Nuevas». Todos sabemos qué son las Buenas Nuevas: la evasión de una calamidad inminente, la cura de una enfermedad, la llegada o el retorno seguro de algún amigo, la superación de algunos problemas, el éxito de una empresa. Pero, ¿cuáles son las «Buenas Nuevas» de los justos? Son éstas: la paz del preocupado, la cura del afligido, la alegría del desconsolado, los errores que ha vencido el pecador, el regreso del peregrino y la alegría del atormentado y del abatido. Estas hermosas realidades no tienen que estar en algún mundo futuro, están en el aquí y en el ahora, se conocen, se realizan y se disfrutan. Por lo tanto, deben proclamarse para que todos los que destruyen los dañinos vínculos del ego puedan aceptarlas y elevarse en la libertad gloriosa del amor desinteresado.

Busca el Bien más elevado y, cuando lo encuentres, lo practiques y lo produzcas, experimentarás la más profunda y dulce dicha. Cuando, en tu consideración, preocupación y servicio a los demás, logres olvidarte de tus propios deseos egoístas, encontrarás y alcanzarás la alegría duradera en la vida.

Cuando se traspasa la puerta de la generosidad, se llega al paraíso de la alegría duradera, y cualquier persona puede hacerlo. El que dude, que venga y observe.

Debemos comprender que el egoísmo conduce a la miseria, y la generosidad a la alegría. Y no sólo para nosotros mismos, ya que, si así fuera, ¡qué vanos serían nuestros esfuerzos! Es para todo el mundo, porque todos aquellos con los que vivimos y tenemos contacto, serán más felices y más justos por nuestra generosidad; porque la Humanidad es una sola, y la alegría de uno es la alegría de todos. Al entender esto, dejaremos de repartir espinas para esparcir flores en nuestra vida cotidiana. Sí, incluso en el sendero de nuestros enemigos, sembremos las semillas del amor generoso, para que la presión de sus pisadas sature el aire con el perfume de la santidad y alegre al mundo con el aroma de la alegría duradera.

 

Capítulo 9 de su libro «Los caminos de la felicidad»
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