LOS CAMINOS DE LA FELICIDAD (11): «LA SOLEDAD» – James Allen

«Así como el cuerpo se deteriora cuando se le priva del descanso, el espíritu del hombre se deteriora si se le priva de la soledad.»
Divulga Amor y Luz

«Así como el cuerpo se deteriora cuando se le priva del descanso, el espíritu del hombre se deteriora si se le priva de la soledad.»

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(11) LA SOLEDAD
 

«¿Por qué buscar ociosamente en el exterior
la respuesta que se encuentra en el silencio interior? ¿Por qué escalar las lejanas colinas con desconsuelo para disfrutar de una visión más cercana del cielo? En las profundidades de humildes valles boscosos, el ermitaño practica la Contemplación afanoso,
y se dedica a taladrar el cielo con ojos penetrantes, admirando al mediodía las estrellas brillantes que glorificarán con su fulgor la noche entrante.»

WHITTIER

«En la hora tranquila, cuando descansa la pasión, acumula reservas de sabiduría en tu corazón.»

WORDSWORTH

 

El ser esencial del hombre es interior, invisible y espiritual; y, como tal, su vida y su fuerza provienen del interior y no del exterior. Las cosas externas son canales que desgastan sus energías, pero, para renovarlas, debe echar mano del silencio interior.

En la medida en que las personas intentan sofocar este silencio con los placeres ruidosos de los sentidos y se dedican a vivir solamente en los conflictos de las cosas externas, así cosecharán en consecuencia las experiencias de dolor y sufrimientos, que al final les resultarán insoportables, conduciéndolas de nuevo a postrarse a los pies del reconfortador interno, dentro del santuario de la pacífica soledad interior.

Así como el cuerpo no puede nutrirse con cáscaras vacías, tampoco el espíritu puede sustentarse de placeres frívolos. Si el cuerpo no se alimenta con regularidad, va perdiendo su vitalidad y, aquejado de hambre y de sed, pide a gritos bebida y alimento. Pasa lo mismo con el espíritu: en la soledad, debe alimentarse todos los días con pensamientos puros y sagrados o, de lo contrario, perderá su fuerza y lozanía y acabará reclamando alimento para su creciente inanición. Un alma angustiada y abatida que busca luz y consuelo, es el grito de un espíritu que perece de hambre y de sed. Todos los dolores y los sufrimientos son hambre espiritual, y la aspiración es el grito por alimento. Es el hijo pródigo quien, a punto de morir de hambre, añora con ansia la casa de su padre.

La vida pura del espíritu no puede encontrarse —más bien se pierde— en la vida de los sentidos. Los deseos más bajos siempre exigen más y no permiten el descanso. El mundo exterior del placer, del contacto personal y de las actividades ruidosas representa una esfera de desgaste que es necesario contrarrestar con el efecto de la soledad. Así como el cuerpo requiere del descanso para recuperar sus fuerzas, también el espíritu requiere de la soledad para renovar sus energías. La soledad es tan indispensable para la salud moral del hombre, como lo es el sueño para el bienestar corporal. Y el pensamiento puro, o la meditación, que se evocan en la soledad, son sanos para el espíritu lo mismo que la actividad es sana para el cuerpo. El cuerpo se va deteriorando cuando se le priva del descanso y del sueño necesario. De la misma manera, el espíritu del hombre se deteriora si se le priva del silencio y de la soledad que necesita. El hombre, como un ser espiritual, no puede mantener la fortaleza, la rectitud y la paz si no se aparta periódicamente del mundo exterior de las cosas fugaces y logra alcanzar desde su interior las realidades duraderas e imperecederas. El consuelo de los credos se deriva de la soledad que éstos imponen. La práctica regular de las ceremonias religiosas, a las que se asisten en concentrado silencio y alejados de las distracciones mundanas, obliga a las personas a hacer inconscientemente aquello que aún no han aprendido a hacer conscientemente; es decir, a concentrar la mente de vez en cuando en el silencio interior y a meditar, aunque sea brevemente, en cosas elevadas y sagradas. Quien no ha aprendido a controlar y a purificar su mente con temporadas de soledad voluntaria, aunque sus aspiraciones despiertas busquen a tientas algo que sea más elevado y noble de lo que posee, siente la necesidad de obtener ayuda en la religión ceremonial. Pero aquél que ha adoptado el ideal de la conquista de sí mismo, que se retira en la soledad para luchar cuerpo a cuerpo con su naturaleza inferior y que de manera imperiosa dirige su mente hacia sagrados caminos, no requiere ayuda de un libro, de un sacerdote o de la iglesia. La iglesia no existe para el placer del santo, sino para el enaltecimiento del pecador.

En la soledad, el ser humano acumula la fuerza necesaria para poder hacer frente a las dificultades y las tentaciones de la vida, el conocimiento para entenderlas y conquistarlas y la sabiduría para superarlas. Al igual que un edificio se sostiene y sigue en pie gracias a los cimientos que nadie puede ver, pues están ocultos, una persona se mantiene con fuerza y paz perfectas gracias a una sola hora de intenso pensamiento que los ojos no pueden contemplar.

Sólo en la soledad puede el hombre realmente revelarse a sí mismo y llegar a entender su verdadera naturaleza, con todos sus poderes y con todas sus posibilidades. La voz del espíritu no se oye en el barullo del mundo y entre los clamores de deseos contradictorios. No puede haber ningún crecimiento espiritual sin la soledad.

Hay personas que no se atreven a hacer un examen minucioso y cuidadoso de sí mismas, que sienten terror de revelarse a sí mismas y que temen que la soledad las deje solas con sus propios pensamientos para evocar ante su visión mental la aparición de sus deseos. Entonces, se van donde el alboroto del placer es más ruidoso y donde se ahoga la voz reprobatoria de la Verdad. Pero aquél que ama la Verdad, que desea y busca la sabiduría, aprenderá a estar a solas largo tiempo. Tratará de encontrar la plenitud, la revelación más clara de sí mismo, evitará los lugares de frivolidad y ruido, y se dirigirá a donde la dulce y sensible voz del espíritu de la Verdad lo escuche y le pueda hablar desde su interior.

Los hombres reclaman la compañía de muchas personas y buscan incansablemente nuevas emociones, pero no conocen la paz. En los diversos caminos del placer buscan la felicidad, pero no encuentran el descanso. En los diversos caminos de la risa y del delirio febril, persiguen la alegría y la vida, pero sus lágrimas son muchas y dolorosas, ya que no pueden escapar de la muerte.

Navegando a la deriva en el océano de la vida, muchas personas persiguen deseos egoístas y se ven atrapadas en sus tormentas; y sólo después de muchas tempestades y muchas privaciones, regresan a la roca de refugio que se asienta en el profundo silencio de su propio ser.

Cuando una persona se deja absorber por demasiadas actividades externas, consume todas sus energías y se debilita en el ámbito espiritual. Así que para conservar su vigor moral debe recurrir a la meditación solitaria. Y es tan necesaria la meditación que, aquél que la descuida, no logra el conocimiento correcto de la vida, ni tampoco comprende ni consigue vencer aquellos pecados tan pro- fundamente arraigados y tan sutiles que dan la impresión de ser virtudes y engañan a cualquiera, excepto al que es realmente sabio.

«La verdadera dignidad habita sólo en quien, durante la hora silenciosa del pensamiento introspectivo, puede aún dudar de sí mismo y venerarse
en la humildad de su corazón.»

Quien vive experimentando sin cesar sensaciones externas, vive inmerso en las decepciones y los sufrimientos. Donde los sonidos del placer son más ruidosos, la sensación de vacío interior es más penetrante y más profunda. Aquél que centra toda su vida, aunque no se trate de una vida de lujuria y placer, en las cosas externas, quien sólo le presta atención al fluctuante panorama de las cosas visibles y nunca se retira a la soledad, al mundo permanente, interior e invisible del ser, no logra el conocimiento ni la sabiduría. Por el contrario, permanece vacío, sin poder ayudar al mundo, sin poder alimentar sus aspiraciones, porque no tiene nada que ofrecer, porque su acervo espiritual está vacío. Pero cuando un ser humano corteja la soledad en la búsqueda de la verdad de las cosas, cuando domina sus sentidos y acalla sus deseos, ad- quiere conocimiento y sabiduría todos los días. Se inunda del espíritu de la verdad y puede ayudar al mundo porque su acervo espiritual está repleto y lo mantiene bien abastecido.

Cuando alguien está absorto en la contemplación de realidades interiores, recibe conocimiento y poder. Se abre, como una flor, a la luz universal de la Verdad y recibe y bebe de sus rayos que imparten vida. También llega a los eternos pilares del conocimiento y mitiga su sed en sus aguas inspiradoras. Esta persona logra en una hora de pensamiento concentrado un conocimiento más esencial de lo que las lecturas de todo un año podrían impartirle. El ser es infinito, el conocimiento es ilimitado y su fuente es inagotable, así que el que se retira a las profundidades más íntimas de su ser, bebe del manantial de la sabiduría divina que nunca se seca y bebe a grandes sorbos las aguas de la inmortalidad.

Esta asociación habitual con las realidades profundas del ser, este beber continuo del agua de vida en su fuente inmortal, son los que crean el genio. Los recursos del genio son inagotables porque se extraen de la fuente original y universal. Por esta misma razón, los trabajos del genio siempre son nuevos y frescos. El genio, cuanto más ofrece, más pleno se vuelve. Con el logro de cada trabajo, su mente se expande cada vez más, adquiere un mayor alcance y puede percibir mayores grados de poder. El genio tiene inspiración. Ha salvado el abismo entre lo finito y lo infinito. No necesita ayudas secundarias, excepto las que se extraen del manantial universal, que es la fuente de cualquier obra noble. La diferencia entre un genio y una persona corriente es que el primero vive de sus realidades interiores y la segunda de las apariencias externas. El primero va tras la sabiduría, la otra siempre persigue el placer. El primero confía en su propio ser y la segunda en los libros. El aprendizaje que se obtiene a través de los libros es bueno cuando se comprende qué lugar ocupan éstos, pero no son la fuente de la sabiduría. Ésta se encuentra en la propia vida, y se obtiene con el esfuerzo, la práctica y la experiencia. Los libros ofrecen información, pero no conocimiento; pueden estimular, pero no pueden lograr nada; tú debes esforzarte por lograr las cosas por tu cuenta. El hombre que confía únicamente en los libros y no hace caso de los recursos silenciosos de su interior, es un ser superficial y termina agotándose rápidamente. No posee inspiración (aunque puede ser muy inteligente), ya que pronto se agota su reserva de información y se convierte en alguien vacío y repetitivo. Sus trabajos carecen de la exquisita espontaneidad de la vida y de la frescura siempre renovada de la inspiración. Esta persona se ha desconectado del suministro infinito, y no se relaciona con la vida misma, sino con las apariencias aniquiladas y muertas. La información es restringida; el conocimiento es ilimitado.

La inspiración del genio y la grandeza se fomenta, se desarrolla y, finalmente, se consuma en la soledad. Una persona corriente que conciba un noble propósito, reúna todas sus energías y voluntad, y medite y madure su propósito en soledad, logrará su objetivo y se convertirá en un genio. El hombre que renuncie al placer del mundo, que evite la popularidad y la fama, que trabaje en la oscu- ridad y piense en la soledad para la realización de un ideal noble para la raza humana, se convertirá en un vidente y en un profeta. Aquél que endulza su corazón en el silencio, que armoniza su mente con lo que es puro, hermoso y bueno, que durante largas horas de contemplación solitaria se esfuerza por acceder al centro del eterno corazón de las cosas, llega a tener contacto con las armonías inaudibles del ser, abre su mente para recibir la melodía cósmica y, finalmente, se convierte en cantor y en poeta.

Lo mismo sucede con el genio: es hijo de la soledad, un niño limpio de corazón, radiante, con los ojos y los oídos abiertos para ver y oír, en un mundo enamorado del ruido, un misterio incomprensible, del cual sólo de vez en cuando se le permite atisbar más allá de las bien protegidas puertas del silencio.

«En el ego del hombre surgen augustas anticipaciones, símbolos, ideales de tenue esplendor siempre existentes en ese eterno círculo que la vida persigue.»

San Pablo, que había sido un cruel perseguidor de los cristianos, después de permanecer durante tres años en absoluto recogimiento y soledad en el desierto, se convirtió en un amoroso apóstol y en un vidente inspirado. Siddhartha Gautama, un hombre de mundo, tras seis años en el bosque en una lucha solitaria con sus pasiones y en intensa meditación sobre los profundos misterios de su naturaleza, se convierte en Buda, el iluminado, la encarnación de la sabiduría tranquila y serena, a quien, un mundo con sed en el corazón recurre para encontrar las refrescantes aguas de la inmortalidad. Lao-Tsé, un ciudadano común dedicado a asuntos mundanos, empieza a cortejar a la soledad en busca de conocimiento y descubre el Tao, la Razón Suprema, lo que lo convierte en un maestro del mundo. Jesús, el carpintero, después de muchos años de comunión solitaria en las montañas con el Amor y la Sabiduría Inagotables, se convierte en el bendito salvador de la humanidad.

Incluso tras haber escalado y alcanzado las mayores alturas del divino conocimiento, estas grandes almas pasaban mucho tiempo a solas y se retiraban con frecuencia a pasar breves temporadas en soledad. El hombre más grande se caerá de su altura moral y perderá su influencia si descuida la renovación de ese poder que sólo podrá obtener en la soledad. Esos grandes maestros lograron su poder armonizando, de una manera consciente, sus pensamientos y sus vidas con las energías creativas que se encontraban en su interior. Al trascender la individualidad y hundir su pequeña voluntad personal dentro de la Voluntad Universal, se convirtieron en maestros del pensamiento creativo, y siguen siendo instrumentos sublimes al servicio de la evolución cósmica.

Y esto no es milagroso, es una cuestión de ley; es tan misterioso como es misteriosa la ley. Todos los hombres pueden ser maestros creativos si se subordinan a la bondad y a las verdades universales. Todos los poetas, pintores, santos y sabios son portavoces de lo Eterno. La perfección del mensaje varía dependiendo de la generosidad individual. Cuando el ego interviene, la claridad del trabajo y el mensaje pierden precisión. La generosidad perfecta es la cumbre del genio, la consumación del poder.

Esta especie de autoabnegación sólo puede iniciarse, perseguirse y consumarse en la soledad. Una persona no puede acumular y concentrar sus fuerzas espirituales mientras se dedique a utilizar esas fuerzas en actividades mundanas. Y aunque, después de alcanzar el poder, el equilibrio de fuerzas pueda mantenerse en todas las circunstancias, incluso en medio de una antagónica multitud, ese poder sólo podrá asegurarse después de muchos años de soledad frecuente y habitual.

El verdadero hogar del hombre se encuentra en el gran silencio. Éste es la fuente de todo lo que es real y permanente en su interior. Sin embargo, su actual naturaleza es dual y las actividades externas son necesarias. Ni la completa soledad ni la acción constante son la verdadera vida en el mundo. La vida verdadera reúne, en la soledad, la fortaleza y la sabiduría para desempeñar correctamente las actividades de la vida. Cuando un hombre regresa a su hogar por las tardes, cansado de trabajar, ese dulce descanso lo preparará para el día siguiente, siempre y cuando no se deje arrastrar por el ruido del mundo y descanse durante breves periodos en su eterno hogar dentro del silencio. El que hace esto, el que pasa parte de cada día en la soledad sagrada que ha elegido, será una persona fuerte, útil y bendecida.

La soledad es para los fuertes o para los que están listos para hacerse fuertes. Cuando una persona se está engrandeciendo, se convierte en solitario. En la soledad, se dedica a buscar y encuentra lo que busca, porque existe un camino para llegar a todo el conocimiento, a toda la sabiduría, a toda la verdad y a todo el poder. Ese camino está siempre abierto, pero se halla en las soledades insondables y en los silencios inexplorados de la existencia humana.

 

 
Capítulo 11 de su libro «Los caminos de la felicidad»
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