LOS CAMINOS DE LA FELICIDAD (13): «COMPRENDER LAS LEYES DE LA VIDA» – James Allen

«No hay leyes para la materia y para la mente; no hay leyes para lo visible y para lo invisible; solo hay una ley para todo.»
Divulga Amor y Luz

«No hay leyes para la materia y para la mente; no hay leyes para lo visible y para lo invisible; solo hay una ley para todo.»

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(13) PARA COMPRENDER LAS SENCILLAS LEYES DE LA VIDA

 

«Observa atentamente la manifestación de una verdad, su nacimiento, y podrás remontarte a su procedencia y su origen dentro de ti.»

BROWNING

«El tesoro de la ley es más precioso que las joyas; su dulzura es superior a la miel. Sus delicias superan cualquier comparación.»

LA LUZ DE ASIA

 

 

Caminando por esos senderos que hasta ahora he señalado, el peregrino descansa en su belleza y bebe de sus bendiciones al recorrer el ancho sendero de la vida. Él llegará, en su momento, a una de esas vías donde podrá soltar su última carga, donde todo su cansancio terminará, donde beberá de la alegre libertad y descansará en una paz perpetua. Y al más bendito de los caminos espirituales, la fuente más abundante de fortaleza y sosiego, yo lo llamo la correcta comprensión de las leyes sencillas de la vida. El que llega a esta ruta, deja atrás todas las privaciones y todos los anhelos, todas las dudas e indecisiones, todo el sufrimiento y la incertidumbre. Vive en la plenitud de la satisfacción, en la luz y en el conocimiento, en la alegría y en la certeza. Aquél que comprende la absoluta simplicidad de la vida, que obedece sus leyes y no se desvía hacia las oscuras sendas y confusos laberintos del deseo egoísta, permanece donde ningún daño puede alcanzarlo, donde ningún enemigo puede humillarlo; y ya no dudará, ni anhelará nada, ni sufrirá más. Allí donde empieza la realidad, termina la duda. El deseo doloroso se desvanece donde la plenitud de la dicha es perpetua y completa. Y, cuando se llega al Bien Eterno e Infalible, ¿dónde tiene cabida el dolor?

Cuando se vive correctamente, la vida humana es simple, con una hermosa simpleza. Pero, no puede ser así cuando ésta está limitada por las barreras de la lujuria, los deseos y la deshonestidad. Esas barreras no son la auténtica vida, sino la ardiente fiebre y la penosa enfermedad que se originan en un estado retrógrado de la mente. La restricción de nuestros deseos es el comienzo de la sabiduría; cuando los dominamos por completo, hemos llegado a la consumación. Esto sucede porque la vida está limitada por la ley y, como la vida y la ley son inseparables, dentro de la primera no existe necesidad alguna que no se haya satisfecho de antemano. Ahora bien, la lujuria o el deseo no suponen una necesidad, sino una superficialidad sediciosa que, como tal, conduce a la privación y al sufrimiento. El hijo pródigo, mientras estaba en casa de su padre, no solo tenía todo lo que necesitaba, sino que estaba rodeado de una gran abundancia. No necesitaba nada, pues todo estaba a su alcance. Pero cuando el deseo entró en su corazón, «se marchó a un país lejano» y «empezó a sufrir privaciones». Y sólo cuando estuvo al borde de la inanición, regresó con nostalgia a casa de su padre. Esta parábola simboliza la evolución del individuo y de la raza. El hombre ha llegado a tal complejidad de caprichos, que vive rodeado de descontento, insatisfacción, ansias y sufrimiento. Y su única salvación consiste en regresar a la Casa de su Padre, es decir, renunciar a los deseos para, en realidad, vivir y ser. Pero el hombre no lo hace hasta que se encuentra inmerso en la completa inanición espiritual.

Para entonces, ya ha cosechado la experiencia del dolor y del sufrimiento como resultado de todos sus deseos, y añora la verdadera vida de paz y plenitud. Así que se da la vuelta y empieza su penoso viaje de regreso al Hogar, hacia la vida abundante de ser simplemente, donde se encuentra la emancipación de la esclavitud, de la fiebre y del hambre del deseo. Este anhelo por volver a la verdadera vida, a la verdad, a la realidad, no debe confundirse con el deseo; es aspiración. El deseo es el ansia de poseer algo; la aspiración es el hambre de paz que siente el corazón. El deseo de tener cosas nos aleja cada vez más de la paz y, no sólo termina en privaciones, sino que, en sí mismo, es un estado de perpetua miseria. Hasta que este deseo no termina, la satisfacción y el descanso son imposibles. La ambición de poseer cosas nunca se aplaca, pero el hambre de paz sí puede satisfacerse. Sólo cuando renunciamos al deseo egoísta, podemos encontrar la satisfacción de la paz y disfrutarla plenamente. Entonces vivimos en la plenitud de la alegría, en la plenitud de la abundancia y en las bendiciones más absolutas. En este estado sublimemente bendito, puede comprenderse la vida en su perfecta simetría y simplicidad y se alcanza la cima del poder y del servicio. Entonces, incluso el hambre de paz queda satisfecha, porque la paz se convierte en un estado normal, se posee completamente, es constante y nunca se modifica. Los seres humanos, inmersos en el deseo, imaginan por ignorancia que si vencen al deseo obtendrán inactividad, ausencia de poder y falta de vida. Pero, en lugar de esto, alcanzarán una actividad muy concentrada, el empleo total del poder y una vida tan rica, tan gloriosa y tan llena de abundantes bendiciones que los que desean obtener posesiones y placeres jamás podrán comprender. De esta vida sólo puede decirse:

Aquí no existen voces de discrepancia,
ni habladurías profanas, indignas o insensatas. Sólo los acordes de plumas y cinceles,
de ocupados pinceles y melodías extáticas
de almas que se desbordan en música preciosa, donde no hay dolor vano ni pena lastimera por haber dejado atrás un instante, una cosa, ya que aquí el tiempo valioso se considera,
es tal el completo abandono del ser
que en arcoíris las lágrimas se trocan acrisolando la belleza de la tierra
donde todo es justo y verdadero.

Cuando un hombre se rescata a sí mismo del oscuro deseo, su mente se libera y ya puede trabajar para la humanidad. Al dejar de perseguir esas gratificaciones que lo siguen dejando hambriento, todos sus poderes se encuentran a su disposición. Al no buscar recompensas, puede concentrar todas sus energías en la perfecta realización de sus deberes, en lograr todas las cosas y en observar la honestidad.

Al hombre completamente bendito e iluminado, no lo incita el deseo para que actúe, sino que trabaja a partir del conocimiento. El que se mueve por el deseo, necesita que le prometan una recompensa para actuar. Es como un niño que trabaja para conseguir un juguete. Pero el hombre de conocimiento, como vive en la plenitud de la vida y del poder, en cualquier momento puede activar sus energías para lograr lo que sea necesario. Espiritualmente hablando, es un adulto. Para él, se acabaron las recompensas; piensa que todos los acontecimientos son buenos; vive siempre dentro de la más completa satisfacción. Un hombre así ha alcanzado la vida, y su deleite (un deleite dulce, perpetuo e indiscutible) se encuentra en la obediencia de las sencillas exigencias de la ley exacta e infalible.

Pero esta vida de bendiciones supremas es un fin y el peregrino que la busca, el hijo pródigo que regresa, debe caminar hacia ella y emplear todos los medios para llegar. Debe atravesar el país de sus deseos animales, allanando sus obstáculos, simplificándolos y superándolos. Éste es el camino, y no tendrá enemigos, excepto los que surjan de su interior. Al principio, el camino parecerá difícil porque, como está cegado por el deseo, no percibe la simple estructura de la vida y sus leyes permanecen ocultas para él. Pero, cuando su mente se va volviendo más simple, las leyes directas de la vida se despliegan ante su percepción espiritual y, en ese momento, llega al lugar donde estas leyes empiezan a comprenderse y a obedecerse. Entonces, el camino se vuelve visible y se simplifica; ya no existe oscuridad ni incertidumbre, porque todo se aprecia a la luz clara del conocimiento.

Para acelerar el proceso de todo aquél que busque la vida verdadera y bendecida, será de gran utilidad examinar las leyes sencillas, que son estrictamente matemáticas en su funcionamiento.

Las leyes elementales nunca se eluden.

Toda la vida es una, aunque presenta gran diversidad de manifestaciones; toda la ley es una, pero se aplica y actúa de diferentes maneras. No existe una ley para la materia y otra para la mente; no existe una ley para lo material y visible y otra para lo espiritual e invisible; sólo hay una ley para todo. No existe una clase de lógica para el mundo y otra para el espíritu; la misma lógica es aplicable para ambos. Los hombres observan fielmente, con infalible sabiduría mundana, ciertas leyes o reglas de acción en los asuntos materiales, sabiendo que ignorarlas o desobedecerlas sería una gran insensatez por su parte, que terminaría en un desastre para ellos y en confusión para la sociedad y el Estado. Pero se equivocan al suponer y creer que las mismas leyes no son aplicables a las cuestiones espirituales, y, por lo tanto, sufren por su ignorancia y su desobediencia.

Una ley de los asuntos mundanos dice que el hombre debe mantenerse a sí mismo, que debe ganarse la vida y que «el que no trabaja, no come». Las personas observan esta ley, reconocen su justicia y su bondad, así que ganan lo necesario para su sustento material. Pero en las cosas espirituales, los seres humanos por lo general niegan e ignoran el funcionamiento de esta ley. Piensan que, aun- que es absolutamente justo que un hombre se gane el pan material y que el que infringe esta ley debe vivir sumido en la miseria y vestir harapos, es correcto mendigar el pan espiritual, porque piensan que es justo recibir todas las bendiciones espirituales sin siquiera merecerlas o tratar de ganarlas. El resultado es que la mayoría de los hombres vagan rodeados de miseria espiritual. Es decir, con sufrimientos y penalidades, privados del sustento espiritual, de la alegría, del conocimiento y de la paz.

Si tú necesitas algo mundano —comida, ropa, muebles u otra cosa necesaria— no pides limosna al tendero para que te lo dé. Preguntas su precio, lo pagas con tu dinero y así lo conviertes en tu propiedad. Tú reconoces la justicia perfecta que existe en pagar el equivalente de lo que recibes y no deseas que sea de otra manera. La mis- ma ley justa prevalece en las cosas espirituales. Si necesitas algo espiritual —alegría, seguridad, paz o cualquier otra cosa—, sólo puedes poseerla entregando un equivalente. Debes pagar su precio. Así como debes entregar una parte de tu sustancia material para adquirir una cosa mundana, debes entregar una parte de tu sustancia inmaterial para adquirir algo espiritual. Debes entregar algo de pasión, lujuria, vanidad o autoindulgencia antes de que la posesión espiritual pueda ser tuya. El avaro que no se desprende de su dinero, que no lo comparte por el placer que siente al poseerlo, no puede disfrutar de ninguna de las comodidades materiales de la vida. A pesar de toda su riqueza, vive en continua carencia y lleno de inquietud. Quien no renuncia a sus pasiones, se aferra a la ira, a la crueldad, a la sensualidad, al orgullo, a la vanidad o a la autoindulgencia, por el placer momentáneo que le brindan, es un avaro espiritual. No puede tener comodidades espirituales y sufre en continua carencia y lleno de inquietud a pesar de los placeres mundanos que con tanto afán atesora y a los que no está dispuesto a renunciar.

 

El que es sabio en asuntos materiales, no roba ni mendiga; trabaja y compra; y el mundo lo honra por su integridad. El que es sabio en asuntos espirituales, no roba ni mendiga; trabaja en su propio mundo interior para comprar sus posesiones espirituales. Y todo el universo lo honra por su rectitud.

Otra de las leyes de las cuestiones mundanas estipula que un hombre que se compromete con otro en alguna clase de empleo, debe estar contento con el salario que aceptó recibir. Si, al final de la semana laboral, en el momento de cobrar su sueldo, este hombre pide a su patrón una suma más alta, alegando que, aunque no puede justificar ese aumento y en realidad no lo merece, sí espera percibirlo, no sólo no recibirá el aumento sino que, lo más probable, es que pierda el empleo. Sin embargo, en cuestiones espirituales, los seres humanos no piensan que es insensato o egoísta pedir esas bendiciones —el salario espiritual— que nunca aceptaron, por las que nunca han trabajado y que, por lo tanto, no merecen. Todas las personas reciben, según la ley del universo, el equivalente exacto a lo que han trabajado; ni más, ni menos. Y continuamente están firmando contratos con la Ley Suprema, que es la dueña del universo. Por cada pensamiento y acción que dan, reciben su justo equivalente; por el trabajo realizado en forma de acciones, reciben el salario que merecen. Como el hombre iluminado lo sabe, siempre está contento, siempre está satisfecho y vive en una paz perfecta, porque está seguro de que lo que recibe (ya sea lo que los hombres denominan infortunios o éxitos) se lo ha ganado. La Gran Ley nunca quita a los hombres su justo salario, pero sí dice al quejumbroso y al maldiciente: «Amigo, ¿no acordaste conmigo recibir un céntimo al día?».

Si alguien desea hacerse rico en bienes mundanos, debe economizar y cuidar sus recursos económicos hasta que haya acumulado el capital suficiente para invertirlo en algún sector de la industria. Después, deberá invertir con buen criterio su capital, sin aferrarse demasiado a él ni dejarlo ir sin ningún cuidado. De esta manera, su riqueza aumentará tanto como su sabiduría material. El derrochador ocioso no podrá hacerse rico; es despilfarrador y desmedido. Aquél que desea hacerse rico en asuntos espirituales también debe economizar y cuidar sus recursos mentales. Debe dominar su lengua y sus impulsos, no malgastar su energía en chismes ociosos, argumentos inútiles o arranques de cólera. De esta manera, acumulará una pequeña reserva de sabiduría, que es su capital espiritual, para hacerla llegar al mundo y beneficiar a los demás. Y cuanto más la utilice, más riquezas obtendrá. Es así como un hombre incrementa tanto su sabiduría como sus riquezas celestiales. El que se deja llevar por sus deseos e impulsos ciegos y no controla ni gobierna su mente, es un despilfarrador espiritual. Nunca podrá hacerse rico en cuestiones divinas.

Es una ley física que, si deseamos alcanzar la cumbre de una montaña, debemos escalarla. Se debe buscar la ruta y seguirla con cuidado. El alpinista no debe darse por vencido y volver atrás a causa del esfuerzo que esto implica y de las dificultades que debe superar, ni tampoco por los dolores que pueda provocarle la subida porque, de otra manera, no logrará su objetivo. Y esta ley también es espiritual. Aquél que desee alcanzar las elevadas alturas de la grandeza moral o intelectual, debe subir por su pro- pio esfuerzo. Tiene que buscar la ruta y seguirla con perseverancia, sin darse por vencido ni volver atrás, superando todas las dificultades y resistiendo, durante un tiempo, pruebas, tentaciones y angustias. Si lo hace, se observará erguido sobre la gloriosa cúspide de la perfección moral, contemplando a sus pies el mundo de la pasión, de la tentación y del sufrimiento; y tendrá sobre su cabeza el cielo ilimitado de la dignidad que se abre enorme y silencioso.

Si alguien desea llegar a una ciudad distante, a cualquier destino o lugar, debe dirigirse allí. No existe una ley mediante la cual pueda transportarse al instante. Sólo puede llegar haciendo el esfuerzo necesario. Si camina, su esfuerzo será mayor; pero no le costará dinero. Si conduce o toma un tren, se esforzará menos; pero tendrá que invertir el dinero de su trabajo. Para poder llegar a cualquier lugar, hace falta trabajar. Ésta es la ley y no puede eludirse. Sucede lo mismo con el mundo espiritual. El que desea llegar a un destino espiritual, como la pureza, la compasión, la sabiduría o la paz, deberá dirigirse allí y trabajar para llegar. No existe una ley mediante la cual pueda transportarse de repente a ninguna de estas bellas ciudades espirituales. Debe encontrar la ruta más directa y después trabajar lo necesario. Sólo así podrá culminar su viaje.

Éstas son sólo algunas de las muchas leyes o manifestaciones de la Gran Ley que deben comprenderse, aplicarse y obedecerse, antes de alcanzar la plena madurez de la vida espiritual y sus bendiciones. No existe una ley mundana o física que no impere, con la misma exactitud, en el reino espiritual; es decir, en el mundo interior e invisible de la esencia del hombre. Así como las cosas físicas son las sombras y los signos de las realidades espirituales, la sabiduría mundana es la imagen reflejada de la Sabiduría Divina. Todas esas simples operaciones de la vida humana en las cuestiones mundanas que el hombre nunca se cuestiona, pero que implícitamente sigue y obedece debido a lo obvio de su exactitud y su simplicidad, funcionan en las cuestiones espirituales con idéntica e infalible precisión. Cuando el hombre comprende esto y obedece las leyes, tanto del mundo material como del espiritual, ha alcanzado la tierra firme del conocimiento exacto; sus sufrimientos terminan y ya no duda más.

En la vida rige una justicia imparcial e inflexible que opera de una manera muy simple, con una lógica invencible. La ley rige para siempre y el corazón de la ley es el amor. El favoritismo y el capricho son lo opuesto, tanto a la ley como al amor. El universo no tiene favoritos; es supremamente justo y concede a cada hombre sus legítimas remuneraciones. Todo es bueno porque todo es conforme a la ley, y, de este modo, el hombre puede encontrar el camino correcto en la vida; y, tras haberlo encontrado, puede regocijarse y ser feliz. El Padre de Jesús es el Bien Infalible que aparece expresado en la ley de las cosas. «Ningún mal aguarda al hombre de bien, ni antes ni después de su muerte.» Jesús reconoció el bien dentro de su propio destino y exoneró de culpa a todos los que lo persiguieron. Afirmó: «Nadie me quita la vida, yo mismo la entrego». Con esto quiso decir que él mismo había pro- vocado su propio fin.

El que, al simplificar su vida y purificar su mente, ha llegado a la comprensión de la bella simplicidad del ser, percibe la inmutable operación de la ley en todas las cosas, conoce el resultado que todos sus pensamientos y acciones tendrán en él y en el mundo, y conoce también los efectos que están vinculados con las razones mentales que él pone en movimiento. Entonces, sólo tiene pensamientos y acciones que son bendecidas desde su comienzo, bendecidas en su crecimiento y bendecidas en su culminación. Al aceptar con humildad los legítimos resultados de todos los actos realizados cuando se hallaba en un estado de ignorancia, no se queja, ni teme, ni cuestiona nada, sino que está tranquilo en la obediencia, perfecta- mente bendecido en su conocimiento de la Buena Ley.

Tejemos con nuestros propios matices
la urdimbre de lo que será nuestra existencia y en la tierra del Destino cosechamos lo sembrado.

Y si recogemos lo que plantamos
y obtenemos lo que cedimos,
la ley del dolor que sanará las heridas será sólo el amor que compartimos.

 

 

 

 
 
Capítulo 13 de su libro «Los caminos de la felicidad»
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