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CARTA AL EGO – José Miguel Vale

“Es hora de decirte que no has estado solo nunca, que hemos estado respirando el mismo aire, abrazados tan fuertemente que pensábamos que éramos uno, para poder vivir las mismas experiencias. Ahora mi niño has madurado y de cierta forma me has ayudado a reconocernos, has tenido el coraje necesario para reconocer que no eres eterno, que has vivido en el espejismo del tiempo y me has brindado todo lo que eres.”

Fuente: José Miguel Vale

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Hola, mi niño:

Es buen momento para hablar después de tanto tiempo compartiendo la misma casa, viviendo apretujados bajo la piel del mismo cuerpo, merodeando por los laberintos de neuronas y nadando en las arterias y las venas. Es hora de mirarnos a los ojos y llegar a un acuerdo.

Recuerdo que naciste cuando Yo seguramente andaba por los primeros años. Eras travieso y te gustaba hacer maldades, alegre y dicharachero como otros niños del pueblo, aprendiendo desde entonces las leyes de los ciegos que se resumen en que allá afuera hay un mundo misterioso que nos amenaza y que dentro no hay nada.
Tuviste los mejores maestros en los padres y todo el vecindario, el resto de la familia y la escuela donde tanto se desaprende y fuiste creciendo en un campo de temores y dudas que tan eficazmente te enseñó la madre, a las tormentas tropicales, a los toros bravos que pastaban en el potrero y hasta en meterte en la nariz una semilla de guayaba y que se fuera a los pulmones. Y la muerte desde siempre parapetada en la oscuridad, mostrando su poder, alardeando de que podía acabar en un santiamén con toda la ternura de los abuelos y podía llevarse a su reino de sombras uno por uno a los vecinos mayores.

Desde entonces viviste con esa espada de Damocles pendiendo sobre tu cabeza, luego el ejército y las armas de fuego, el pánico y la muerte rondando tu casa como buitres, expandiéndose lentamente como la noche sobre los tejados. Y el padre de todos los misterios multiplicándose como una criatura macabra: miedo a que tu niña se muriera de un simple resfriado, miedo a casarte y que no fuera con la mujer apropiada, miedo a divorciarte y quedarte solo para siempre sin una mano que te ayudara a atravesar esa frontera hacia donde parece que todos vamos. Miedo a quedarte sin trabajo, miedo a que se rompiera un álabe de la turbina de aquel avión que te ayudó a atravesar el Atlántico.

Tu historia mi niño, es la historia de tus miedos, la historia de tus batallas estériles, de los aparentes triunfos contra la suerte: aquel deseo  ardiente de colgarte un cartel que te diferenciara de otros como universitario, capitán o teniente, padre ejemplar y marido cariñoso. Es la historia de la inconformidad, de vivir atado a ese lastre de que algo no está bien, de que hay que batallar por una quimera que se llama felicidad en una pírrica batalla contra el tiempo, con los ojos perdidos en un espejismo que lo llaman futuro, donde paradójicamente te espera esa señora vestida de negro para cortarte el cuello. Y los años pasando como esas personas que toman el metro a la hora pico, con la cabeza gacha y los ojos perdidos nadie sabe dónde, viajando como bólidos del pasado al futuro sin detenerse en la fugaz esperanza del presente.

Entonces te fuiste acostumbrando a que todos te hicieran la guerra, a que te mencionaran con reservas, a que dijeran que eras el culpable de todas las desgracias y tragedias. ¡Pero cómo va a acusarte nadie si te han adiestrado para vivir sufriendo, te han proporcionado todas las herramientas para consumirte en el hielo!

Por eso quería hablar contigo esta tarde. Quería decirte que siento mucho haberte tenido olvidado, que siento más que nada el letargo en que los dos hemos estado: Tú pensando que eras Yo, y Yo sin saber que soy libre como un rayo de luz que viaja por El Universo, que vine a conocerte y compartir una experiencia simplemente, que vine como quien quiere estar en unas vacaciones con sus padres. Pero ni por un segundo pienses mi niño eterno que voy a marcharme con las manos vacías de tu casa: me iré con las lecciones aprendidas que me enseñaste, con el coraje que tuviste para amar aún sabiendo que podían hacerte daño, me iré con la dulzura que nunca perdieron tus ojos rodeados incluso de otros egos ignorantes, me iré con la sabiduría de tu paciencia forjada como el acero, con la vibración alta y llena de afectos de ese corazón que se atrevió a desafiar los retos.

Es hora de decirte que no has estado solo nunca, que hemos estado respirando el mismo aire, abrazados tan fuertemente que pensábamos que éramos uno, para poder vivir las mismas experiencias. Ahora mi niño has madurado y de cierta forma me has ayudado a reconocernos, has tenido el coraje necesario para reconocer que no eres eterno, que has vivido en el espejismo del tiempo y me has brindado todo lo que eres.

No sé qué nuevas ilusiones quedan por vivir, no sé qué sueños y, más que nada, no sé qué retos, durante no sé cuantos años, pero ahora es diferente porque es de mañana en mi tiempo y voy calado hasta los huesos por la generosidad del Universo, me va embarrando la belleza del momento presente y el amor es como la luz del amanecer que se va metiendo en todos los escondrijos de mi monte. Tú sales de tus aposentos a penas para jugar conmigo, para burlarnos de las sombras y nadie sabe hace donde los miedos se han escabullido. Por un momento tenemos la certeza de lo efímero del tiempo y el mundo de las formas se vuelve acto de magia que observamos, ¡por fin nos miramos frente a frente!

Escrito por José Miguel Vale

 

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