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LAS 7 REGLAS DE PARACELSO PARA TU DICHA Y PARA TU BIEN

«Son sencillas y fáciles de seguir, pero hay que observarlas con perseverancia bien sostenida.»

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Si por espacio de algunos meses se observan rigurosamente las prescripciones que a continuación se dán, verá operar en su vida un cambio tán favorable, que jamás las abandonará.  Mas hermano lector, para que obtengas el éxito deseado, precisa eso sí, que adaptes tu vida a la estricta observancia de estas reglas.  Son sencillas y fáciles de seguir, pero hay que observarlas con perseverancia bien sostenida. ¿No crees que la DICHA bien vale algún esfuerzo? Si no eres capaz de seguir estas reglas tán fáciles, ¿con qué derecho puedes quejarte de tus fracasos? ¿Qué costaría hacer una prueba? Son reglas enseñadas por la más antigua sabiduría y hay en ellas más trascendencia de lo que su sencillez te lleva a suponer.

I

Lo primero es mejorar la salud.  Para ello hay que respirar con la mayor frecuencia posible,  honda y rítmicamente, llenando bien los pulmones, al aire libre o asomado a una ventana.  Beber diariamente, en pequeños sorbos, dos litros de agua, comer muchas frutas, masticar los alimentos del modo más perfecto posible, evitar el alcohol y las medicinas, a menos que estuvieres por alguna causa grave, sometido a un tratamiento.  Bañarte diariamente, es un hábito que debes a tu propia dignidad.

II

Desterrar ABSOLUTAMENTE de tu ánimo, por más motivos que existan, toda idea de pesimismo, rencor, odio, tedio, o tristeza.  Huir como la peste de TODA ocasión de tratar a personas maldicientes, viciosas, ruines, murmuradoras e indolentes, chismosas, vanidosas o vulgares e inferiores por natural bajeza de entendimiento o por los tópicos sensualistas que forman la base de sus discurso y ocupaciones.  La observancia de esta regla es de importancia DECISIVA: se trata de cambiar la contextura de tu ALMA.  Es el único medio de cambiar tu destino, pués este depende de nuestros actos y pensamientos.  EL AZAR NO EXISTE.

III

Haz todo el bien posible.  Auxilia a todo desgraciado siempre que puedas, pero jamás tengas debilidades por ninguna persona. Debes cuidar tus propias energías y huir de todo sentimentalismo.

IV

Hay que olvidar toda ofensa; más aún, esfuérzate por pensar bien de tu mayor enemigo.  Tu alma es un templo que no debe ser jamás profanado por el odio.

 V

Debes recogerte todos los días en donde nadie pueda turbarte, siquiera por media hora, sentarte lo más cómodamente posible con los ojos medio entornados Y NO PENSAR EN NADA.  Esto fortifica enérgicamente el cerebro, y el espíritu y te pondrás en contacto con las buenas influencias.  En este estado de recogimiento y de silencio, suelen ocurrírsenos a veces, luminosas ideas susceptibles de cambiar toda una existencia.  Con el tiempo, todos los problemas que se presentan, serán resueltos victoriosamente por una voz interior que te guiará en tales instantes de silencio, a solas con tu conciencia.  Ese es el DAIMON de que hablaba Sócrates.  Todos los grandes espíritus se han dejado guiar por esa voz interior suave.  Pero no te hablará así, de pronto, tienes que prepararte por un tiempo, destruir las superpuestas capas de viejos hábitos, pensamientos y errores que pasan pero impotente, por lo imperfecto del vehículo, que sobre tu espíritu, que es divino y perfecto en sí, le ofreces hoy para manifestarse.  LA CARNE ES FLACA.

VI

Debes guardar absoluto silencio de todos tus asuntos personales.  Abstenerte, como si hubieses hecho juramento solemne de referir a los demás, aún a tus más íntimos, todo cuanto pienses, oigas, sepas, sospeches, aprendes o descubras.  Por un largo tiempo al menos debes ser como CASA TAPIADA O JARDÍN SELLADO. Es regla de suma importancia.

VII

Jamás temas a los hombres, ni te inspire sobresalto el día de mañana.  Ten tu alma fuerte y limpia y todo te saldrá bien, jamás te creas solo débil, porque hay detrás de ti, ejércitos poderosos que no concibes ni en sueños.  Si elevas tu espíritu, no habrá mal que pueda tocarte.  El único enemigo a quién debes temer es a TI MISMO.  El miedo y la desconfianza en el futuro, son madre funesta de todos los fracasos, atraen las malas influencias y con ellas, el desastre.  Si estudias atentamente a las personas de buena suerte, verás que intuitivamente, observan gran parte de las reglas que anteceden.  Muchas de las que allegan gran riqueza, muy cierto es que no son del todo buenas personas, en el sentido recto, pero poseen muchas de las virtudes que arriba se mencionan.  Por otra parte, la riqueza no es sinónimo de dicha; puede ser uno de los factores que a ella conducen, para ejercer grandes nobles obras, pero la dicha más duradera solo se consigue por otros caminos: allí donde nunca impera el antiguo SATÁN de la leyenda, cuyo verdadero nombre es EGOISMO.

Jamás te quejes de nada.  Domina tus sentidos; huye tanto de la humildad como de la vanidad, porque son funestas para el éxito.  La humildad te sustraerá fuerzas y la VANIDAD es tán nociva que, como si dijéramos: pecado mortal contra el ESPIRITU SANTO. Muchos seres han sido despeñados de las más encumbradas cimas por la VANIDAD.  A ella debieron su caída muchos perversos dictadores.

¡Ojalá sigas, hermano lector, estas pocas reglas para tu dicha y tu bien!

Que así sea.

 

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