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ASÍ CURABAN LOS CELTAS

«Pocos pueblos de la antigüedad occidental han estado tan vinculados con el medio natural circundante como fueron los celtas.»

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El druida, máxima dignidad sacerdotal de la civilización celta, era el máximo responsable de la vida de todos los miembros de un clan. La escala más alta de la espiritualidad celta conocía como nadie los secretos de la ciencia natural, los ciclos del Cosmos y los misterios del hombre, tenían la responsabilidad de curar todos los males –desde una enfermedad a una herida ocasionada en un combate-, predecir eclipses, profetizar desastres, o decidir por la guerra o la paz en un momento determinado. Todo esto hemos podido saberlo, gracias a recientes excavaciones arqueológicas, llevadas a cabo en la isla de Irlanda, en Inglaterra, el sur de Alemania, en la Bretaña francesa, y también en castros celtas de la geografía hispana; por ello, nos ha sido posible acercarnos a los singulares métodos y ritos de curación de estos magos de la antigüedad, a los cuales el mundo occidental sigue en permanente deuda. Este trabajo es, pues, un justo homenaje a los hombres del roble.

LOS CELTAS

Pocos pueblos de la antigüedad occidental han estado tan vinculados con el medio natural circundante como fueron los celtas. Gracias a recientes descubrimientos arqueológicos, nos ha sido posible realizar hoy un retrato más fiel de aquella civilización que, iniciada a orillas del lago de Hallstatt, en los Alpes austríacos, hace 3.500 años, puso las bases del concepto europeo. Detrás de una imagen de gente sanguinaria y cruel, que, erróneamente, transmitieron los cronistas y geógrafos griegos y romanos –quienes, asimismo, no dudaron en calificarlos despectivamente como “hiperbóreos” = gentes llegadas de más allá de la Aurora Boreal-, además de valientes guerreros, en sus corazones y mentes latía una profunda sensibilidad, amor a las bellas artes, diseñadores del paisaje, maestros de la agricultura, hábiles comerciantes, creadores de las cañadas de trashumancia, la doma de caballos salvajes, respecto a las personas mayores y a la mujer, impulsores de una educación obligatoria y gratuita para todos los niños en edad de escolarización, sin excepción, maestría en la ciencia médica, y un sentido de la libertad desconocido hasta entonces… A pesar de toda esta impresionante riqueza, los testimonios de esta cultura hay que reconstruirlos a través de las tradiciones y restos arquitectónicos y escultóricos conservados, música, fiestas, gastronomía, etc., porque no dejaron ningún texto escrito; para ellos, la letra embrutecía a la persona.

Desde las minas de sal al Mediterráneo

Durante muchos siglos, el corazón geográfico de Europa fue celta. Desde los más profundos valles alpinos, esta nueva civilización, que nació con la explotación de las minas de sal de Salzburgo, no tardó en colonizar y gobernar territorios tan lejanos como Anatolia, Irlanda, las Galias, el Piamonte italiano y la península Ibérica. Y, a medida que estas tribus fueron expandiéndose, los cultos al sol, la luna y las estrellas, el respeto a la mujer, como encarnación de la Madre Gea, el conocimiento de los elementos, no tardarían en establecerse como formas de vida.

El druida

Amdaurs, vates, bardos y druidas, fueron las cuatro clases sacerdotales de los celtas. Los primeros, ataviados con túnica de color amarillo, eran los estudiantes, aspirantes a druidas. A los segundos (vates) les debemos buena parte de la trascendencia celta; ya que ellos eran los encargados de compilarlos para después transmitirlo al pueblo, practicaban la profecía, estudiaban filosofía, astronomía, medicina, música y oratoria; iban ataviados con túnica de color rojo. Los bardos fueron los poetas y trovadores de la civilización celta; tras una ceremonia de iniciación, podían vestirse con túnica de color azul, que revelaba el haber ascendido a ese nivel; ellos eran los encargados de amenizar las fiestas y celebraciones, recitando en prosa o en verso las proezas de los guerreros y de cantar las alabanzas a los dioses. Y, en el nivel más superior, los druidas; palabra que procede de las raíces célticas “derb” y “dru” (el hombre del roble, o conocedores del roble); pero también podría derivar del céltico “druwides” (los muy valientes o muy sabios). Practican sus ritos en las espesuras de los bosques; celebraban sus asambleas sentados en troncos sagrados, , desde donde administraban justicia y decidían la paz y la guerra; la antigua costumbre celta de “tocar madera”, ante el anuncio de un hecho ingrato, superstición que tiene una explicación en los robles azotados por los rayos y centellas en las tormentas, que, como resultado, indujeron a creer que estos árboles debían ser la morada de los dioses, de ahí el ritual de tocarlos cuando el peligro acechaba, iban ataviados con túnica blanca, símbolo de la luz, conocimiento supremo y clarividencia.

El mundo vegetal

Los celtas fueron dendrólatas (adoradores de los árboles); para ellos, el paraíso era el Walhala, el cielo celta, el destino en el Más Allá, como morada final de los héroes, tras haber sido devorado el cuerpo por el sagrado buitre. Pero un adelanto en la tierra de ese Edén era el bosque sagrado, el Drunemeton, en el corazón del cual se alzaba el Mediolanum (el centro del mundo, el castro sagrado), y las especias arbóreas a las que rendían culto, y de las que también se servía para llevar a cabo las curaciones: el roble, la encina, el tejo, el fresno y el acebo. El árbol que presidía este fascinante cosmos vegetal era llamado “Laerad”, que solía ser un roble; y a la sombra del mismo, junto a un manantial de agua fresca y cristaliza, el druida practicaba sus conjuros de sanación, pidiendo a los elementos allí presentes sus fuerzas para alcanzar con éxito tales ritos.

El fortín del lago

Pero la mejor forma de conocer de cerca todo este fascinante mundo vegetal, que tan estrechamente estuvo vinculado con la sabiduría celta, en general, y por la clase sacerdotal de los druidas, es visitando “Craggaunowen”, el fortín celta mejor conservado de Europa.

En el condado de Clare, al occidente de Irlanda, en medio de un área lacustre, con bosques de robles, acebos y tejos, y bajo una espesa y permanente bruma, se levanta “Craggaunowen”, considerado como el más completo enclave de la Prehistoria europea relacionado con los celtas. Entrar en él, es regresar a las edades del Bronce y del Hierro, a través del túnel del tiempo.

Craggaunowen” es un poblado (“crannog”), construido hace más de 3.000 años en el interior del lago Dwelling, sobre una acumulación artificial de piedras, arena, tierra y madera, y cerrado el recinto con una empalizada de puntiagudos troncos, con una sola puerta de acceso, protegida por una torre y a la que se llega a través de una puente suspendido sobre estacas de madera. Todo este recinto está completamente rodeado de agua; en él se desarrollaba la vida con plena normalidad, en viviendas de madera cubiertas con bóveda vegetal, y en espacios exteriores donde se curtían las pieles, se tejía, se cocía el pan, con hornos de fundición mineral, para hacer vidrio soplado, se alimentaban a los animales, se reunía el consejo de los nobles del clan, y el druida, como máxima autoridad espiritual, llevaba a cabo sus enseñanzas y ritos y se practicaban las sesiones de curación a los enfermos. Los druidas residían en la zona más alta del castro, llamada la acrópolis, en cuya vivienda no faltaba un manantial de agua, con la cual hacían los ritos de limpieza corporal, antes de proceder a las curaciones.

El sendero –que según la datación del C14, tiene cerca de 4.300 años- nos lleva a la zona donde se hallaban las cocinas de todo el poblado, incluso se conservan los troncos sobre los cuales transitaban los carros –con rudas de solo dos ejes- y andaban las personas. Ya en el claro del espeso robledal, donde cocían los alimentos, podemos observar que, al no disponer de aguas termales, tuvieron que ingeniarse la forma de calentarlos. El método que seguían era fácil: sobre una hoguera arrojaban las piedras, y éstas, una vez calientes, se echaban al agua, para calentar de inmediato el líquido elemento. El pan también se cocía y amasaba artesanalmente; aún se conserva el horno.r

Al visitar “Craggaunowen” es fácil deducir que el pueblo celta estaba más vinculado con la agricultura que con la guerra; no es, por tanto, una casualidad que fueran los creadores de la guadaña, el arte de la apicultura, la azada y la elaboración del vino –los términos colmena y tonel, son de origen celta-. Resultado de una pormenorizada labor de rehabilitación, se ha podido reconstruir la zona que las gentes de este poblado tenían dedicada al cultivo; incluso se han recreado los característicos surcos en zigzag y los curiosos sistemas de plantación de la tierra, donde se aprovecha hasta la última gota del agua que humedece una tierra rica en humus, gracias a una constante fertilización que se llevaba a cabo con los excrementos naturales de las aves y de los animales de tiro.

Entre las planta medicinales y aromáticas que nos ha llamado la atención están: el nenúfar blanco, de cuyas anchas y flotantes hojas y, sobre todo, de las raíces se obtenía un tinte natural, y se usaba también para curtir debido al tanino que contiene; las flores son grandes, solitarias, blancas y olorosas. El berro, también conocido como mastuerzo acuático, que abunda en las orillas del lago, es otra planta acuática que fue muy utilizada por los druidas, que daban de beber el jugo de sus hojas cada mañana a los enfermos del pecho; también se usaba esta planta para fortalecer las encías débiles, excitar la secreción de la saliva y contra ciertas debilidades estomacales; igualmente estos magos de la antigüedad conocían las propiedades del berro, para hacer desaparecer las manchas rojas de la cara.

En este huerto que rodea el recinto lacustre de Craggaunowen, se siguen cultivando otras plantas muy apreciadas por los druidas; entre las cuales se hallan: el cilandro, con la cual los druidas curaban dolencias del estómago y eliminaban las lombrices; el hisopo, con cuyas hojas, debidamente cocidas en caldero, hacían beber a la mujer parturienta, para aumentar la cantidad de leche; en forma de cataplasma, los druidas hacían desaparecer las obstrucciones mamarias de las mujeres enfermas; y, en infusión, facilitaban la secreción de orina y la limpieza de los riñones. El hisopo, que los magos celtas daban de beber a los enfermos del pulmón, en forma de infusión; igualmente esta planta era eficaz para combatir la anemia. La manzanilla que los celtas relacionaban con el Sol, por la forma de su flor; los druidas conocían bien las propiedades de esta planta, eminentemente tónica, estimulante, que utilizaban contra los estómagos débiles. La mejorana. La menta, uno de los mejores remedios contra los dolores de estómago. El perejil, para calmar el dolor de la vejiga urinaria. La maloliente ruda, para sanar heridas de la piel. La salvia, que ponía en correcto funcionamiento todo el sistema nervioso, activando la circulación de la sangre… Con ellas, los druidas eran capaces de curar los males de toda la tribu, contando con el apoyo del triskel (ver recuadro), el talismán que portaban colgado del cuello, y a la sombra del roble protector; el árbol consagrado al dios Dagda (el creador del mundo, la divinidad principal del Olimpo celta); el roble era también, por su tronco, sus amplias ramas, su tupido follaje y su propio simbolismo, el emblema de la hospitalidad; este árbol, para los druidas, simbolizaba las virtudes de fuerza y sabiduría, y también el principio masculino.

La magia del tejo

El otro árbol sagrado para los celtas era el tejo; por ello, sus templos siempre se construían en sus inmediaciones. Se trata de un árbol de hoja perenne, crecimiento lento y madera muy dura con corteza del tronco espinosa de color marrón o anaranjado oscuro. La utilidad de su madera, indispensable para hacer arcos y flechas de buena calidad, hacía de este bello árbol un objeto de culto. Plinio también se interesó por este armonioso árbol, cuyas propiedades venenosas eran bien conocidas para los druidas; decía que el vino fermentado en barriles de tejo ocasiona la muerte inmediata de quienes lo beben; además, las flechas untadas en su punta con su jugo pasan a ser mortales, y que el veneno se llama “toxica”, y también “taxica”, puesto que proviene del árbol llamado taxus. El gran Dioscórides decía: “A los hombres toma fluxo de vientre. El texto Narbonense tiene tanta vehementia, que offende gravemente à los que à su sombra duermen, ò assientan, y aun muchas vezes los mata”. Estrabón, el galeno de Pérgamo, también cita que los primeros galos ya envenenaban sus flechas con el jugo de las hojas de este árbol. El emperador Claudio, interesado también por los saberes druídicos, tuvo oportunidad de conocer algunas virtudes medicinales del tejo, y existen registros de la explicación que dio al Senado romano sobre las excelencias de su jugo, que servía como antídoto contra las mordeduras de las serpientes.

El tejo se ha relacionado desde tiempos inmemoriales con los rituales de la muerte y de la vida. Por ello, según creencias de origen celta, las raíces del tejo plantado en el interior de los cementerios, entran en las gargantas de los difuntos y les arrebatan los secretos que celosamente habían guardado en vida, desvelándolos luego a través de los susurros que sus ramas hacen al ser mecidas por el viento.

Para descubrir los mejores ejemplares de esta longeva especie botánica, no es preciso ir a Irlanda, al sur de Inglaterra, o a las Galias, en nuestra Cantabria, concretamente en un lugar llamado “La Braña de los Tejos”, al norte de La Liébana, se ha conservado la mayor densidad de tejos de nuestro país; todos ellos, árboles de gruesos y rojizos troncos que conviven estrechamente con acebos, igualmente plantados por los celtas. Fue en este lugar, próximo a ricas canteras de blenda, donde las legiones romanas protagonizaron una de las más sangrientas carnicerías de las guerras entre la tribus cántabras y astures contra el invasor romano; a Octavio Augusto, que tenía su cuartel general en Astorga, no le tembló el pulso para ordenar la degollación de medio centenar de druidas, que, hasta aquellas altas mesetas de pastoreo, habían huido buscando refugio contra las legiones romanas. No es extraño que, al recorrer este sobrecogedor enclave, cubierto de bruma, oigamos sonidos estremecedores que, desde el ultramundo celta, intentan transmitir aquella tragedia, que ha sido ignorada en los libros de historia.

Recipientes agujereados de piedra

No lejos de La Liébana, en el occidente de Asturias, se encuentra el castro de Coaña, una de las ciudadelas celtas mejor conservadas de la geografía hispana. En numerosas de las puertas de las viviendas, se conservan curiosas piedras alargadas, que muestran un número distinto de agujeros circulares hechos en su parte superior; en estos singulares recipientes, la mujer-madre de la casa guardaba la orina de toda la familia, siendo dejada en el exterior para recibir el relente y el influjo de la Luna. A la mañana siguiente, con los primeros rayos del astro-rey, la orina era aplicada por la madre con la yema de los dedos en las heridas superficiales de los familiares heridos, y también ese líquido era utilizado como bálsamo en las encías de los más pequeños, como medicina protectora contra infecciones.

La “hierba de las brujas”

Otra de las plantas más emblemáticas del caldero de pócimas de los druidas era la belladona, que abunda en el Pirineo. Los celtas conocían bien las propiedades midriáticas (dilatadoras de la pupila). Esta planta produce inmediatos efectos sobre el cerebro humano, que se alcanza por la maceración en un caldero de bronce con sus hojas. Se trata de una planta de bayas muy venenosas, conocida tradicionalmente como “hierba de las brujas”, porque estas mujeres curanderas, desde la antigüedad, al igual que los druidas, la utilizaban para preparar con ella filtros y poderosos venenos. Las personas sometidas a una terapia con este brebaje, confesaban lo que jamás hicieron una vez despiertas. Su fruto es una baya rojiza contenida en un cáliz estrellado, muy parecida a una cereza.

En torno a esta planta ha ido creciendo una oscura leyenda, por la cual pocas personas osarían reposar o adormecerse bajo sus hojas, porque se dice que su sombra y el olor que emana la planta puede matar a un hombre. No es una casualidad, por lo tanto, que en el robledal de Cornudella, al norte del municipio de Aren, en la comarca aragonesa de La Ribagorza (Huesca), una de las mayores concentraciones de monumentos megalíticos de nuestro país –lamentablemente, buena parte de los mismos aún por excavar-, y en cuya espesura, según las gentes del lugar, no se atrevan a entrar rebaños de ganado a pastar, sus suelos están tamizados de belladona…

Pero aún falta mucho por desvelar sobre la vida y conocimientos médicos de los druidas, a quienes tanto les debe la historia.

El triskel

Un objeto en forma de flor abierta de tres pétalos, fue el más famoso y divino de los símbolos druídicos; amuleto portado por los druidas en el pecho, como señal de sabiduría y, al mismo tiempo, de poder absoluto. Junto con la hoz, la vara, la virita, el caldero y el muérdago, el triskel formaba parte del equipo de trabajo de estos chamanes de la antigüedad. El triskel permitía a los druidas entrar en estados alterados de conciencia; el giro de los brazos de este amuleto, rematados con esferas, era el detonante capaz de lograr el desapego de lo material alcanzando así la trascendencia.

Este objeto en forma de flor, en constante movimiento, representó en la primera etapa de la civilización celta el agua, el aire y la piedra, en sus tres pétalos, y en el núcleo central, el ser humano, como centro del Universo. Después se pasó al tetraskele –flor de cuatro pétalos-, al incrementarse el elemento vegetación. Luego al pentakel, o pentaklion, con el quinto pétalo representando al espíritu. Y, finalmente, en la última etapa celta, se creó la rosa sexifolia –flor de seis pétalos-; se trataba de una estrella de seis puntas inscrita en un símbolo solar, como talismán protector del lugar y, al mismo tiempo, señal de acogida a los extraños; que los templarios, mil años después, supieron muy bien recoger en sus elementos esotéricos, tanto de la vida diaria como en la ultratumba.

 

Texto gentileza de Jesús Ávila Granados
03 de Octubre de 2011

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