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LOS DIFERENTES ASPECTOS DE LA MISMA VERDAD – Daya Mata

«Nunca estoy fuera del alcance de ese hijo mío que siempre piensa en Mí y me busca en todas partes; Yo velo siempre por él».

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Cada una de las encarnaciones divinas tales como Krishna, Buda y Cristo, fue portadora de un mensaje específico. El Señor Buda hizo hincapié en la ley del karma, que sería posteriormente enunciada por Cristo en palabras simples: «Cosecharás lo que siembres». Buda se refirió a la «rueda del karma» a fin de ilustrar el principio que postula que los efectos de toda acción que realicemos volverán siempre a nosotros (su punto de inicio), de la misma forma en que el trazo del círculo retorna infaliblemente a sí mismo. Cuando hemos cometido un acto erróneo (aunque sea hace mucho tiempo o, incluso, si lo hemos mantenido en secreto o lo he­mos olvidado), la rueda del karma nos devuelve los desagradables frutos de esa acción.

Si comprendemos la ley del karma, comprobare­mos por qué es tan importante recordar las palabras de Cristo: «No juzguéis, para que no seáis juzgados». Só­lo vemos la conducta externa de los demás, pero no siempre sabemos por qué se comportan de esa deter­minada manera. En lugar de criticar, deberíamos decir como Jesús: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». ¡Qué elevada ciencia espiritual encierran esas palabras! Simplemente significan: «No soy el juez de mi prójimo. Mi amado Dios, permíteme que durante toda mi vida sea un ejemplo de cómo se debe perdonar, de la misma forma en que Tú me has perdonado los in­contables errores que he cometido en innumerables vi­das». Comenzamos a reflejar esta enseñanza de Cristo cuando dejamos de criticar a los demás y concentramos la atención en nuestras propias debilidades con el fin de transformarnos a nosotros mismos.

Jesús afirmó que el primer mandamiento es amar al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas; y el segun­do mandamiento, semejante al anterior, consiste en amar al prójimo como a ti mismo. El Señor Krishna también enseñó esta verdad cuando expresó el siguien­te mandamiento: «Absorbe tu mente en Mí; conviértete en mi devoto; renuncia por Mí a todas las cosas; inclí­nate ante Mí. […] Abandonando todos los demás debe­res, concéntrate sólo en Mí». Y además: «El mejor yogui es aquel que se compadece de los demás, ya sea en medio del sufrimiento o del placer, tal como se compadece de sí mismo». Si hemos de amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos, primero debemos entender que nuestro verdadero Ser, es el alma: un reflejo individualizado de Dios.

Es preciso olvidar nuestro pequeño ego y su constante preocupación por «yo, yo, yo». Jesús no quiso decir que hemos de amar al prójimo en forma restringida y exclusiva, apegados a su forma física o a su personalidad; por el contrario, nos pidió que al amar a nuestros semejantes reconociésemos, tanto en ellos como en nosotros mismos, el Espíritu que mora en el interior de todo ser humano. Krishna expresó: «Aquel que me ve en todas partes y contempla todo en Mí, nunca me pierde de vista, y Yo, jamás le pierdo de vista a él». Con una metáfora similar, Cristo expresó esta verdad de la siguiente forma: «¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento [conocimiento] de vuestro Padre».

Ésa es la promesa del Amado Divino: «Nunca estoy fuera del alcance de ese hijo mío que siempre piensa en Mí y me busca en todas partes; Yo velo siempre por él».

 

DAYA MATA

Obras de la autora: amzn.to/2BFkKXp


 

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