EL DIAMANTE QUE SE CONVIRTIÓ EN PIEDRA – John Roger

«Yo sí creo que tú eres un diamante, aunque lo importante es que lo creas tú y lo asumas en tu interior.»
Divulga Amor y Luz

«Yo sí creo que tú eres un diamante, aunque lo importante es que lo creas tú y lo asumas en tu interior.»

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Había una vez en algún lugar lejano, remoto, perdido en el tiempo y en el espacio, dos diamantes gemelos, idénticos, que viajaban en una bolsa de un señor, que con especial cuidado, los transportaba por un camino.

Sucedió que, sin esperarlo, este buen señor fue asaltado por una banda de ladrones que persiguieron el carruaje para quedarse con sus pertenencias.

El señor, sabiendo que no podía escapar y sabiendo que sus dos diamantes perfectos eran todo su tesoro, en un recodo del camino, mientras huía a toda carrera, los sacó de su bolsa y dándoles un beso de despedida los arrojó a un costado del camino cerca de un árbol que utilizaría como referencia para volver a buscarlos.

El tema es que los dos diamantes cayeron al suelo a la escasa distancia de un metro el uno del otro, y allí quedaron a la espera de ser descubiertos por alguien o recuperados por el señor, ya que ambos habían nacido para ser las gemas de alguna corona real.

El tiempo pasó, pasaron las horas, los días, las semanas y por ultimo los meses y el señor jamás volvió a por ellos. Los diamantes que ya estaban preocupados, empezaron a hablar entre ellos:

– No nos quiso – dijo uno de ellos – no nos quiso porque no somos diamantes, yo siempre lo supe, somos piedras sin valor y por eso nos arrojó del carruaje…

– ¿Quién querría tener unas piedras como nosotros?

El otro diamante que lo escuchaba, a su vez le respondía:

– No, sabes que no es así, nos arrojó para protegernos porque éramos su tesoro más preciado y si no ha vuelto es porque algo le habrá pasado, porque si no jamás nos habría abandonado.

El tiempo se consumió en charlas similares y siguió pasando, y los dos diamantes siempre mantenían la misma postura, uno de ellos veía el vaso medio vacío mientras el otro lo veía medio lleno. Cuando los meses se convirtieron en años, el diamante positivo, por llamarlo así, el que reconocía su valor propuso:

– Hagamos algo: brillemos con más fuerza que nunca, brillemos hasta encandilar con nuestro brillo, así, quien pase por el camino, nos encontrará y podremos convertirnos en lo que soñamos, en piedras preciosas de una corona real.

– No, – dijo el otro – tú no lo entiendes. Somos piedras, convéncete, ¡piedras! ¿Entiendes?, y por más que lo intentáramos jamás podríamos brillar, nadie nos querría, nadie nos valoraría, no vale la pena hacer nada porque formamos parte de este paisaje agreste y aquí debemos permanecer.

Frente a tal desacuerdo de voluntades, el diamante positivo sin dejarse contagiar por lo que escuchaba, comenzó a brillar, al principio tímidamente, pero al final con un brillo tan poderoso que competía con la luna, ya que atesoraba los rayos del sol durante el día despidiéndolos durante la noche, asumiendo así su condición y reconociendo con orgullo lo que sabia que en realidad era, valorándose contra su entorno y la situación, que al ser tan desfavorables, podrían confundirlo y hacerle ver lo contrario.

De tal manera, el tiempo fue pasando y siguiendo su curso y el diamante negativo se llenó de barro por las tormentas, e inmóvil y sin brillo desapareció en la tierra, enterrado por los vientos, convirtiéndose en lo que él mismo creía ser, una piedra más, una piedra sin valor a la que nadie descubriría.

Entre tanto, el diamante positivo seguía brillando, aprovechando las lluvias para sacarse de encima el lodo, y los vientos para secarse y pulirse aun más.

Y así, un día, como todo llega, un par de ojos que pasaban por el lugar, vieron a lo lejos un extraño pero perfecto brillo, y al dirigirse hacia donde provenía, aquellos ojos pudieron comprobar que se trataba de un hermoso y perfecto diamante.

– ¡Mirad! – gritó – He encontrado la más perfecta joya. ¡Este ha sido un regalo de los Dioses! Lo llevaremos para que lo engarcen en mi corona

Efectivamente los ojos que descubrieron el diamante eran los del Rey del lugar, un señor que por fin le daría a la joya el lugar que se merecía, cumpliendo su sueño de convertirse en la hermosa piedra preciosa de una corona real.

Así termina el cuento. Aunque Supongo que queréis saber lo que pasó con el otro diamante, ¿no?

El otro diamante, cuando sintió que su hermano gemelo fué rescatado, quiso brillar también, pero como había pasado tanto tiempo convencido de no ser un diamante y tanto se había dejado llevar por la mala situación, se olvidó de cómo hacerlo y allí se quedó. Inmerso en la cárcel del olvido, una cárcel que fabricó día tras día y en la que él mismo se encerró.

Aquella cárcel fue ni más ni menos el ignorar quién era realmente, no saber valorarse, porque un diamante no deja de ser un diamante porque alguien lo arroje, no deja de ser precioso ni de tener valor por estar perdido o por estar solo.

¡Un diamante siempre es un diamante!

Por eso, esta cuento es para ti, para que cuando creas que nadie te valora, cuando nadie ve en ti aquello eres, lo que puedes llegar a ser y lo que puedes dar, nunca olvides tu condición natural. Eres un diamante, lo sabes y eso es lo que importa. Jamás dejes de brillar.

Eres un diamante y no importa quién lo crea. Si te sirve de algo, yo sí lo creo, aunque lo importante es que lo creas tú y lo asumas en tu interior.

Eres un diamante perfecto, pero igual que todos, no te dejes convencer de lo contrario, por nadie ni por nada, pues tienes que seguir adelante, recordar quién eres y no dejar de brillar jamás.

Jamás te conviertas en piedra. Brilla, porque tarde o temprano, pasará un rey o una reina, alguien entendido, que quedará encandilado con tu brillo, te valorará y sabrá apreciarte como el tesoro que eres realmente.

Amarte de todas maneras y a pesar de todo. Cuando dejes atrás la frustración, la herida y el juicio que te impones y simplemente te ames tal cual eres y reconozcas que tu dignidad, tu valía y tu belleza nada tienen que ver con tu aspecto físico, habrás recorrido un largo trecho en el camino de liberar la energía negativa que has acumulado en ti y a tu alrededor.

JOHN ROGER

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