NAVEGANDO CON SOLEDAD – Elsa María

«Aquella figura se dirigió a mí y me dijo: "Hola, me llamo Soledad ¿y tú cómo te llamas?" "Yo me llamo Elsa", le respondí.»
Divulga Amor y Luz

«Aquella figura se dirigió a mí y me dijo: «Hola, me llamo Soledad ¿y tú cómo te llamas?» «Yo me llamo Elsa», le respondí.»

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Era una niña sensible, los adultos de mi entorno se habían perdido en el dolor de sus niños y niñas heridas, y yo me sentía muy sola.
Con frecuencia me acercaba al mar, me encantaba pasear por la orilla, coger conchas, oír las olas…..De un modo que no podía comprender, sentarme frente a aquella inmensidad azul calmaba mi dolor.
Una tarde de otoño mientras contemplaba el mar, vi una figura caminando al final de la playa. Era una silueta fluida, cubierta con un manto blanco brillante. La silueta se acercó y se sentó a mi lado.
Al principio sentí miedo porque no tenía un rostro definido, sus rasgos eran muy borrosos, pero me dije: «Elsita, sé valiente». Ella se dirigió a mi y me dijo: «Hola, me llamo Soledad ¿y tú cómo te llamas?» «Yo me llamo Elsa», le dije.
Aquella tarde charlamos durante horas… A partir de ese día nuestros encuentros se hicieron regulares, sin teléfono y sin cita, simplemente yo iba y ella aparecía.
Hablábamos de todo lo que ocurría en mi día a día, de mi dolor, de mis miedos, de mis aciertos y mis amores. Ella me escuchaba atentamente y me transmitía bellos mensajes que me aportaban entendimiento, valor y calma.
Un día llegué a la playa y Soledad me esperaba con su manto blanco sobre una preciosa barca dorada, tomé su mano y subí a la barca, salimos rumbo a alta mar. Compartimos ruta con delfines que saltaban alrededor y medusas de eléctricos colores.
De repente, el cielo comenzó a tornarse de un gris profundo, el viento golpeaba la barca y las olas crecían sin control. Una gran tormenta se ceñía sobre nosotras…
Yo me aferré a la barca muy asustada, Soledad parecía estar tranquila y agarraba mi mano en un intento de transmitirme su serenidad, con cada golpe de las olas tenía la sensación de que el rostro de Soledad se definía.
Sin saber cómo, me invadió una profunda calma, solté mis manos, miré al cielo y exclamé: «¡Hágase tu voluntad, estoy preparada, me entrego a ti, Cosmos!» Miré a Soledad, su rostro en aquel momento era exactamente igual al mío. Ambas sonreíamos, y en ese instante, en cuestión de segundos, el cielo se abrió, las olas cesaron y yo me senté en la barca dorada que brillaba con la misma intensidad que las estrellas.
Miré a mi alrededor, Soledad ya no estaba y yo me encontraba cubierta con su manto blanco, no volví a verla pero su sabia voz ancestral sigue resonando en mi corazón…. y nunca, jamás, volví a sentirme Sola.

 

ELSA MARÍA

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