LA VERDADERA RELIGIÓN SOLAR – Omraam Mikhaël Aïvanhov

«Sin el Sol, nadie estaría vivo para decir misa y los feligreses petrificados y helados desde hace mucho tiempo.»
Divulga Amor y Luz

«Sin el Sol, nadie estaría vivo para decir misa y los feligreses petrificados y helados desde hace mucho tiempo.»

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El sol ilumina, calienta y vivifica. No hemos agotado todavía el contenido de estas tres nociones de luz, de calor y de vida, y vais a ver ahora cómo pueden ayudamos a comprender uno de los puntos más obscuros de la religión cristiana: la Santísima Trinidad.

Los teólogos presentan la Santísima Trinidad como un misterio, el misterio de un solo Dios en tres personas. ¿Qué pueden hacer los humanos con un misterio? Lo dejan donde está, no se preocupan de él. Bien, nosotros hacemos lo contrario, a la Santísima Trinidad nos la encontramos, la saludamos, la tratamos y nos gozamos todos los días de verla. «¡Qué blasfemia!» dirá la Iglesia. Quizá. Pero, si se presenta a los humanos una Divinidad tan abstracta y lejana, no tienen que extrañarse de que no la sientan, de que no estén habitados por ella y que se entreguen a los actos más inmorales y más insensatos.

En la nueva religión que se acerca y que va a invadir el mundo, las realidades espirituales serán tan próximas y accesibles que todos los días el hombre podrá vividas, sentidas, unirse a ellas y comunicar con ellas; todos los días se nutrirá con un alimento tan extraordinariamente luminoso que se verá obligado a transformarse. Pues solamente absorbiendo en todos los terrenos un alimento de mejor calidad, el hombre podrá transformarse verdaderamente.

Bajo nombres diferentes, la Trinidad aparece en la mayoría de las religiones del mundo. En el origen hay siempre un ser que engendra a otro ser, el cual engendra a un tercero. En el cristianismo se les llama Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre es la vida que inunda al universo, la fuente de donde nacen todas las creaciones. El Hijo se puede decir que es la luz, pues el mismo Cristo dijo: «Yo soy la luz del mundo», pero es también el amor, es decir el calor. Y el Espíritu Santo es tanto el amor como la luz que ilumina las inteligencias, da la facultad de profetizar, de hablar en varias lenguas y de penetrar en los misterios. En realidad importa poco cuál es el amor y cuál la sabiduría; el Hijo y el Espíritu Santo son uno, se transforman el uno en el otro, tienen los mismos poderes.

La cuestión esencial está en comprender que estos tres principios, Padre, Hijo y Espíritu Santo se encuentran en la vida, en la luz y en el calor del sol. El Padre, es la vida; el Hijo, es el amor o la luz; el Espíritu Santo, es la luz o el amor. Diréis: «Pero ¿tenemos el derecho de encontrar estas elevadas entidades en la luz, el calor y la vida del sol?» Por supuesto, y esta correspondencia tiene una ventaja práctica formidable, pues nos permite contemplar todas las mañanas a esta Santa Trinidad, comunicar con ella, unimos a ella para recibir toda las bendiciones. Es una promesa de resurrección y de vida.

¿Por qué los cristianos no quieren comprender las más grandes verdades que están ahí, visibles ante sus ojos? Todos comprenderán, menos ellos. Dirán siempre: «¡Oh, el sol! Aunque el sol no exista es suficiente celebrar misa para salvarse.» No se han dado cuenta de que, sin el sol, nadie estaría vivo para decir misa, y que ellos también estarían muertos, petrificados y helados desde hace mucho tiempo. En este punto, únicamente los cristianos están ciegos y se limitan. Diréis: «Pero ¿qué tiene contra los cristianos?» Nada, nada, yo también soy cristiano. Si les sacudo de vez en cuando, es solamente para invitarles a abrir los ojos y a reflexionar.

Cuando el mundo de arriba creó el mundo de abajo, dejó por todas partes signos, huellas y reflejos para que los humanos pudieran encontrados. Uno de esos reflejos es el sol. A través de él, esta Trinidad que no quiere permanecer escondida e inaccesible, se manifiesta para dejar a los humanos la posibilidad de encontrada. Comprendámoslo bien: en realidad, la Santísima Trinidad no está ni en la luz, ni en el calor, ni en la vida del sol, está infinitamente más allá; pero a través de esta luz, este calor y esta vida, podemos alcanzada, comunicar con ella, amarla, llamada y hacerla penetrar en nosotros.

Y como estamos creados a imagen de Dios, cada uno de nosotros debe ser también una

trinidad. Por otra parte con nuestro intelecto, nuestro corazón y nuestra voluntad, somos una trinidad que piensa, que siente y que actúa. Evidentemente, esta pequeña trinidad está un poco apagada, coagulada, helada, pero se reanima, se ilumina y se calienta junto al sol. Esta es otra ventaja que tenemos si acudimos a la salida del sol: poco a poco nuestra pequeña trinidad se vuelve luminosa, cálida, vivificante como el sol, se acerca a esta gran Trinidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Cristo dijo: «Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto». Pero si nunca hemos visto al Padre, ¿dónde tomaremos el modelo de su perfección? Tenemos un modelo: el sol. Dios está muy alto, muy lejano, pero en su misericordia ha querido dar a los humanos la posibilidad de encontrarle, y les ha dejado como un hilo de Ariana. Si toman ese hilo, pasando por el sol, irán al Padre…

Todos los días contemplamos una imagen sublime de la Santísima Trinidad, y si sabemos trabajar con ese modelo, nuestra pequeña trinidad puede también llegar a ser santa. Todos repiten las palabras de Cristo: «Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto», pero mientras no se sepa cómo se manifiesta, cuáles son sus vibraciones, sus colores y su poder, todo esto es teórico. El sol nos explica que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno, inseparables. En el espíritu de muchos cristianos están separados, pero en realidad son uno, los tres son uno. En la Cábala, 1 es 3 y 3 es 1.

En el hombre, de la misma manera, el intelecto, el corazón y la voluntad nunca están separados: están soldados, marchan y galopan juntos. El intelecto hace proyectos y el corazón le da valor, le anima: «¡Ve, ve, estoy contigo!» Y la voluntad galopa para realizar estos proyectos. Se les ve a los tres que corren, que corren… Algunas veces ocurre al revés, es la voluntad la que arrastra a los otros dos y el hombre se devana los sesos porque el intelecto se ha quedado muy retrasado. Por mucho que grite: «¡Esperadme, estáis en un error!» la voluntad replica: «Cállate, no sabes nada». Sí, ¡los tres mantienen conversaciones formidables… Pero esta trinidad no es todavía santa.

Para que nuestra trinidad llegue a ser santa, debemos tomar al sol como modelo y dirigimos a él para ser luminosos, cálidos y vivificantes como él. Por supuesto, es imposible llegar, pero este trabajo está en la línea de la Iniciación. En lugar de quedarse estancado en conceptos viejos e inútiles, es preferible ir a contemplar el sol y tener el ideal de parecérsele.

Existe, os lo he dicho, una ley de mimetismo según la cual toda criatura se parece, a la larga, al medio en el que se encuentra. Si el hombre mira a menudo y por largo tiempo al sol, si lo comprende, si lo ama, si se deja penetrar por sus rayos, llega a ser poco a poco parecido a él. Si sabe condensar sus rayos, acumulados, reservarlos en su plexo solar, podrá después extraerlos según sus necesidades y mostrarse infatigable. Es toda una ciencia, un aprendizaje, y los que se lo han tomado en serio reciben bendiciones todos los días.

¿Cómo no darse cuenta que es en el sol donde se manifiestan mejor la generosidad, la inmensidad y la eternidad de Dios? Desde ahora es ahí donde hay que buscar a la Santísima Trinidad. Todos los pedagogos saben que hay que empezar por presentar a los niños el lado concreto de las cosas, lo que se toca, lo que se ve, para llevados a continuación a un terreno más abstracto. Se hubiera debido utilizar el mismo método para la religión y, en lugar de presentar a la Divinidad, a la Santísima Trinidad como una abstracción que nadie, o casi nadie comprende, empezar por el lado concreto, es decir por el sol. Es mejor ir antes al sol para calentarse, iluminarse, vivificarse, dar las gracias a Dios y a continuación, si se tienen capacidades mentales suficientes, se podrá ir a buscar más allá, el Espíritu Cósmico, el Absoluto.

Diréis: «Pero en la iglesia, en la hostia, ¿no se puede encontrar a Dios?» Sí, por supuesto, se puede encontrar a Dios en la iglesia, pero ¿cuál es la iglesia o el templo que puede compararse a la naturaleza, y cuál es la hostia que puede compararse al sol? Podéis comer vagones de hostias y ser tan malvados, envidiosos, sensuales, estúpidos y enfermizos como antes. Sin embargo si vais hacia esta hostia inmensa que es el sol y si os comunicáis todos los días con ella, os veréis obligados a transformaros. Porque en ninguna otra parte Dios se manifiesta en todo su poder, su luz y su calor, como en el sol.

Por otra parte ¿quién puede negar que las hostias se fabrican con materiales suministrados por el sol? Y al sol ni siquiera se le dan las gracias. Tomamos todo lo que produce, el trigo, la uva, y nos olvidamos de dade las gracias. Ni siquiera nos damos cuenta que sin él, no podría mas hacer una sola hostia ni una sola gota de vino. Entonces, ¿por qué se ha extraviado a los hombres? ¿Por qué se ha querido esconder la importancia del sol y hacerles creer que encontrarán a Dios a través de las hostias y del vino? Pueden encontrarlo, pero a condición de que se les explique al menos el sentido de estos símbolos.

El origen de la comunión, lo sabéis, es la última cena que Jesús celebró con sus discípulos, donde tomó el pan y el vino diciendo: «Comed, porque ésta es mi carne. Bebed, porque ésta es mi sangre… El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá la vida eterna». En realidad el pan y el vino son dos símbolos del más grande significado, que eran conocidos mucho antes de la llegada de Jesús.

Cuando leemos la Biblia, vemos que Melquisedec fue el primero que instituyó la comunión dando el pan y el vino a Abraham. Melquisedec era el rey de justicia (en hebreo melek significa rey y tsedek justicia), habitaba en el reino de Salem (nombre que tiene el mismo origen que la palabra Shalom: la paz), por lo que se le llama Melquisedec, rey de justicia y de paz. Le llevó el pan y el vino a Abraham para recompensarle por su victoria sobre los siete siniestros reyes de Edom, que representan los siete pecados capitales. Pues no hay que creer que Melquisedec, el más grande de los Iniciados, se desplazó para recompensar a Abraham por haber vencido en una batalla a unas centenas o a unos millares de enemigos. Abraham vivía en Ur de Caldea (Ur significa luz). Practicaba la magia, evocaba a los espíritus y para terminar su iniciación, fue a Egipto, aconsejado por los espíritus que le servían.

Melquisedec llevó a Abraham el pan y el vino; podemos pensar que no fue una gran recompensa, salvo si comprendemos su valor simbólico. El pan y el vino representan toda la Ciencia iniciática fundada en los principios cósmicos: el principio masculino (simbolizado por el pan) y el principio femenino (simbolizado por el vino), que trabajan juntos en todas las regiones del universo.

El pan y el vino son dos símbolos solares. No se trata ni del pan físico ni del vino físico, sino de las dos propiedades del sol: su calor y su luz que crean la vida. Ahora bien, su calor es el amor y su luz es la sabiduría. Así pues Jesús quería decir: «Si coméis mi carne – la sabiduría – y si bebéis mi sangre – el amor – tendréis la vida eterna. »

Después de dos mil años, los cristianos han tragado vagones de hostias y bebido toneladas de vino sin obtener nunca la vida eterna, y aún sin producir en ellos la menor mejora. Pues el único medio de obtener la vida eterna consiste en comer la luz y el calor de Cristo, que es el espíritu del sol.

Cuando Jesús decía: «Nadie puede ir al Padre más que a través mío,» era el Cristo quien hablaba por su boca. Quería decir: nadie puede ir al Padre más que a través mío, porque yo soy el espíritu de Cristo que se manifiesta a través del sol. Diréis que es una interpretación arbitraria. No, puedo enseñaros como se encuentra el lugar que ocupan todas las verdades; están presentadas de forma desarticulada, dispersa, pero el Iniciado debe unirlo y encontrar el lugar de cada una de ellas en el gran libro de la naturaleza viviente.

Ya os he enseñado que en la tierra, el sol, con la vida que nos da, con su luz, con su calor, es para nosotros la mejor imagen de la Santísima Trinidad. La vida que fluye a través del sol, es el Padre. En lo que concierne a la luz y al calor, podemos pensar que son indiferentemente el Hijo o el Espíritu Santo, pero desde el punto de vista iniciático, el Espíritu Santo representa más bien el calor, el amor, mientras que el Hijo, el Cristo, representa la luz, la sabiduría.

Así pues, esta luz que sale del sol y que produce tantas transformaciones en el universo, que distribuye tantos beneficios a todas las criaturas, esta luz de la que no se conoce todavía la naturaleza verdadera, es el Cristo, el espíritu del Cristo. La luz del sol es un espíritu vivo, y a través de esta luz el espíritu del Cristo está siempre ahí, presente, activo, obrando sin descanso. Si no, ¿cómo interpretar sus palabras: «Yo soy la luz del mundo»… o bien: «Mi Padre y yo somos uno»?.. Son uno en el sol, pues es en el sol don de la luz y la vida son uno. Dijo también: «Yo soy la resurrección y la vida.» ¿Quién resucita a los seres? ¿Quién da la vida? Es el Cristo, el espíritu de Cristo que vive en el sol.

Los cristianos siempre sitúan a Cristo no se sabe dónde, en Palestina, por ejemplo, porque Jesús vivió allí. Pero si verdaderamente es la resurrección y la vida, no es allí donde vive, sino en el sol. Por supuesto, está en todas partes del universo, pero para nosotros está sobre todo en. el sol. Es por lo que si os habituáis a mirar al sol, por la mañana, pensando que es Cristo quien está ahí, delante de vosotros, si os unís a El, si Le amáis, todo vuestro ser se estremecerá, vibrará al unísono con esta luz cósmica condensada que se manifiesta a través de El.

Cristo es evidentemente una entidad mucho más vasta que el sol, es el hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad y no se manifiesta solamente en nuestro sol, pues en la inmensidad del cosmos existen innumerables soles, mucho más grandes y luminosos que el nuestro… Por eso cuando hablo del Cristo, no hablo de Jesús, sino del principio cósmico que no tiene ni comienzo ni fin. Jesús es un hombre que vivió en Palestina, hace dos mil años y que era tan puro, tan noble, tan evolucionado que a sus treinta años recibió el Espíritu Santo y al mismo tiempo el Espíritu de Cristo; por eso fue llamada Jesucristo. Pero el Cristo puede nacer en el corazón y en el alma de todo ser humano. Es él quien se manifestó a través de Orfeo, Moisés, Zoroastro, Buda… y de todos los grandes Iniciados de todos los países y de todas la épocas.

Existió un único Jesús, pero puede haber millares de Cristos. Jesús es único, fue la cabeza de la religión cristiana, como Buda es la cabeza de la religión budista o Mahoma la cabeza de la religión musulmana. Pero el Cristo es la cabeza de toda la humanidad e incluso de todo el universo; no es el jefe de una religión, sino de todas las religiones, es El quien las ha inspirado. Por eso los hombres deben terminar con el lado racial y sectario de las religiones. También el cristianismo es aún una religión sectaria. En el Antiguo Testamento, Dios era solamente el Dios de los Israelitas; sólo ellos debían vivir y tenían derecho a dominar y a masacrar a los demás pueblos. Más tarde, los cristianos utilizaron el Nuevo Testamento para hacer lo mismo, pensando que eran los elegidos, los amados y preferidos del Señor y que los demás eran impíos. Este es el más grande error de los cristianos. De la misma forma que el sol es para todos los hombres, el Señor también es para todos sus hijos, de otra forma la conclusión que sacaríamos es que el sol supera a Dios en amor y generosidad.

¿Cómo hacer comprender a los humanos que es ridículo querer atraer a Dios hacia su secta? Observad también a dos países que entran en guerra: cada uno hace que los sacerdotes bendigan sus armas y sus soldados con gran solemnidad, suplicando al Señor que les dé la victoria y que aniquile a sus enemigos; para halagar a la Divinidad se sirven de cánticos, oraciones e incienso… ¡Qué mentalidad más lamentable! Nunca debemos tratar de comprar al Señor. Desde un punto de vista humano, todo el mundo pensará que es algo normal, que cada uno debe proteger sus intereses. Pero si nos elevamos hasta el Señor, constataremos que, al igual que el sol, el Señor es imparcial y deja a los humanos que se masacren, ya que eso les satisface.

Uno de los puntos esenciales de la filosofía solar, es que el sol nos conduce a la universalidad. Tenemos que dejar de querer que una raza, un pueblo, una religión o una ideología domine el mundo; es preciso que todos caminemos juntos hacia la religión universal que es del amor y la de la fraternidad.

Creedme, el Señor es como el sol: las razas, las religiones y las ideologías le dan igual. Que seamos amarillos, negros, rojos, judíos, católicos, protestantes o incluso ateos, poco le importa, todos son sus hijos y no tiene en cuenta más que sus cualidades y sus virtudes: el amor, la sabiduría, la honestidad, la generosidad…

Guardad siempre esta imagen del sol como el mejor representante de la Divinidad. ¿Por qué personas que encuentran normal ir a la iglesia o al templo a inclinarse, arrodillarse y rezar ante los iconos y las estatuas de los santos, encuentran anormal contemplar el sol? ¿Por qué imaginarse que se recibirá más luz y consuelo delante de la sobras de seres humanos que no siempre fueron puros y honestos, que delante del sol que ha salido de las manos de Dios resplandeciente y vivo? Id a la iglesia y al templo si queréis, yo también voy algunas veces, pero sabed que junto al sol aprenderéis a vivir verdaderamente la vida divina.

 

OMRAAM MIKHAËL AÏVANHOV

De su libro «Hacia una civilización solar»

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