«La susceptibilidad no crea la herida; la revela.»
Jeshua nos enseña cómo la susceptibilidad frena el progreso espiritual al activar heridas, miedos y mecanismos de defensa vinculados a la identidad. Observar estas reacciones sin juzgarlas permite transformarlas en claridad, comprensión y libertad interior.
La susceptibilidad y el progreso espiritual
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Queridas amigas y amigos:
¡Yo Soy Jeshua!
Y hoy vengo a hablaros de algo que, aun siendo muy sutil, tiene la capacidad de frenar con enorme precisión vuestro avance cuando no es comprendido en su raíz. Hablo de la susceptibilidad; de la susceptibilidad entendida como un mecanismo de defensa que se activa allí donde aún hay una identidad que se desea proteger, no como un rasgo superficial de carácter.
La susceptibilidad no nace de la sensibilidad verdadera. No surge de un corazón abierto ni de una percepción afinada de la vida. Nace, más bien, de una estructura interna que se siente vulnerable y que, al no reconocerse como tal, reacciona. Es una forma de contracción; un cierre casi imperceptible que ocurre en el instante en que algo que percibís del exterior toca una parte de vosotros que no está en paz.
Por eso, cuando alguien os dice algo y sentís que os influye, lo que realmente está sucediendo no tiene tanto que ver con lo que la otra persona ha dicho, sino con aquello que os ha afectado. Ahora bien, que os haya afectado no es el problema en sí; el problema aparece cuando, en vez de mirar hacia dentro para comprender qué se ha activado, dirigís vuestra atención hacia fuera, intentando corregir, justificar o rechazar lo que ha llegado.
La susceptibilidad os lleva a interpretar constantemente. No escucháis lo que es, sino lo que creéis que significa para vosotros. Y, en ese proceso, la realidad deja de ser percibida con claridad. Se filtra, se distorsiona, se carga de matices que no están realmente presentes, pero que vuestra mente añade para sostener una determinada imagen de vosotros mismos.
Observad esto con honestidad: cada vez que os sentís ofendidos, hay una idea previa de quién sois que se siente amenazada. Esa idea puede ser positiva o negativa, elevada o limitada, pero sigue siendo una construcción. Y toda construcción, por muy refinada que parezca, necesita ser defendida para mantenerse.
Ahí es donde la susceptibilidad se convierte en un obstáculo en el camino espiritual. Porque el camino no consiste en reforzar la imagen que tenéis de vosotros, sino en trascenderla. No se trata de convertiros en una versión más protegida o más validada de vuestro yo, sino de ver con claridad que ese yo que defendéis no es vuestra esencia.
Cuando reaccionáis desde la susceptibilidad, estáis actuando desde la identificación. Estáis diciendo, sin palabras: «¡Esto soy yo y esto debe ser preservado!». Y, cada vez que hacéis eso, fortalecéis la ilusión de separación, la idea de que sois algo que puede ser herido por lo externo.
Pero vuestra esencia no puede ser herida. Lo que sí puede ser herido es la imagen, la historia, la interpretación. Y mientras no distinguís entre una cosa y otra, vivís en constante tensión, porque el mundo se convierte en un lugar lleno de posibles amenazas para aquello que creéis ser.
Comprended entonces que la susceptibilidad no es un defecto que debáis eliminar a la fuerza. No es algo que tengáis que reprimir o negar. Es un indicador; una señal precisa que os muestra dónde aún hay identificación, dónde hay todavía una parte de vosotros que necesita ser observada con mayor profundidad.
Cuando alguien diga algo y sintáis esa reacción interna, no os apresuréis a responder. No busquéis inmediatamente defenderos ni explicaros; permaneced un instante en ese espacio donde la reacción comienza. Ahí, justo ahí, tenéis una puerta.
Si la atravesáis, descubriréis algo muy valioso, y es que lo que duele no es lo que ha sido dicho, sino la resistencia a ver lo que ya estaba en vosotros.
La susceptibilidad no crea la herida; la revela.
Y esto es fundamental que lo comprendáis, porque cambia completamente vuestra relación con lo que experimentáis. Deja de ser una lucha contra el exterior y se convierte en una oportunidad de claridad interna.
Sin embargo, hay un matiz que muchos no distinguen; y es que abrirse a ver lo que ocurre dentro no significa aceptar cualquier cosa que venga de fuera como válida o verdadera. No se trata de someteros ni de invalidar vuestro discernimiento, sino de no reaccionar automáticamente desde la defensa.
Podéis escuchar algo que no resuena con vosotros sin necesidad de cerraros. Podéis percibir una crítica injusta sin necesidad de convertiros en ella ni de combatirla desde la emoción. Hay una forma de estar presentes que no pasa por la susceptibilidad, sino por la claridad.
Y la claridad surge cuando ya no necesitáis proteger una identidad, cuando lo que sois no depende de la aprobación ni del reconocimiento. Entonces, lo que otros dicen deja de tener ese poder sobre vosotros, y no porque os hayáis vuelto insensibles, sino porque ya no estáis definidos por lo que puede ser atacado.
Muchos de vosotros creéis que avanzar espiritualmente os hará más vulnerables, más expuestos, más sensibles al dolor del mundo. Y, en un sentido, es cierto: la percepción se abre y la conciencia se expande. Pero, al mismo tiempo, hay una estabilidad más profunda que emerge, una base que no se ve afectada por lo superficial.
La susceptibilidad pertenece a la capa superficial del ser, a la identidad construida, mientras que la sensibilidad pertenece a una dimensión más profunda, donde hay apertura sin fragilidad y percepción sin defensa.
Por eso, cuanto más os adentráis en vosotros mismos con honestidad, menos necesitáis reaccionar. Y no porque reprimáis lo que sentís, sino porque lo comprendéis en su origen.
Y ahí es donde el progreso espiritual se redefine, entendiendo que no es una acumulación de experiencias elevadas ni de comprensiones conceptuales. Es una simplificación; un despojarse de aquello que no sois. Y la susceptibilidad, cuando es vista con claridad, se convierte en una de las vías más directas para ese despojo.
Cada vez que algo os afecta, tenéis la oportunidad de ver qué es aquello que está siendo defendido. Y cada vez que lo veis sin juzgarlo, sin justificarlo y sin rechazarlo, esa misma estructura pierde fuerza.
No necesitáis destruirla, basta con verla; porque lo que es visto con claridad deja de operar desde la inconsciencia.
Dejad entonces que la susceptibilidad sea una maestra silenciosa y no un enemigo; que no sea algo que os define, sino algo que os señala el camino hacia una mayor libertad.
Llega un momento en el que, al mirar atrás, os dais cuenta de que aquello que antes os afectaba profundamente ha dejado de tener peso. Y no porque el mundo haya cambiado, sino porque ya no hay en vosotros nada que necesite ser defendido de la misma manera.
En ese punto, la relación con los demás se transforma. Ya no escucháis para protegeros, sino para comprender; ya no habláis para justificaros, sino para expresar; ya no reaccionáis desde la herida, sino que respondéis desde la presencia.
Y esa presencia no es algo que se construye, es lo que queda cuando dejáis de sostener lo que no sois. Así, lo que antes era susceptibilidad se disuelve en claridad y lo que antes era defensa se convierte en apertura.
No luchéis contra vuestra reacción, observadla. No queráis ser invulnerables, sed conscientes. No pretendáis tener razón, procurad ser amplios de miras; porque en esa amplitud de miras, libre de juicio y de necesidad, es donde comienza verdaderamente vuestra libertad.
Y esa libertad no depende de lo que el mundo os diga, sino de lo que ya no necesitáis creer sobre vosotros mismos.
Muy amorosamente,
JESHUA
