EL GENIO DEL CORAZÓN (AGNI YOGA) – Episodio 2: «La aventura de la vida»

«La aventura de la vida es una aventura que nos permite vislumbrar la enseñanza que se halla tras todo acto.»
Divulga Amor y Luz

«La aventura de la vida es una aventura que nos permite vislumbrar  la enseñanza que se halla tras todo acto.»

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«Desliza suavemente tus manos sobre las aguas 

Que afloran a la cálida orilla de tu propio universo. 

Sumérgete en ellas y guíate por la Luz, 

De la que tu mismo eres fuente para atisbar, 

Siquiera de lejos, el Gran Misterio de la Vida 

Que en su profundidad te aguarda… »

(El Genio del Corazón) 

Queridos amigos:

La aventura en la que estamos embarcados es una grandiosa aventura en la que estamos entregados a un juego de rol divino, en el que unas veces somos como  un pirata intrépido y otras… como un disciplinado marinero que surcan los mares infinitos de la Vida guiados, unas veces, por las cartas marinas del libre albedrío… y otras siguiendo un rumbo fijo… pero siempre como argonautas cuyo afán es descubrir nuevas islas en el mar que se abre en nuestro interior… 

Una aventura en la que plegamos las velas para sortear potentes oleajes y peligrosas tormentas o las desplegamos cuando la ausencia de viento parece, solo parece, mantenernos “al pairo” de un aliento renovador…  Pero otras… ¡viento en popa a toda vela!, como si el mismo dios Neptuno soplara sobre ellas… y   pareciera como si el horizonte de la vida quisiera abrir todos sus secretos para nosotros… Desafiando dificultades y confiando en no precipitarnos en ese abismo imaginario que, según dicen, se abre tras el  horizonte y, siempre, con la esperanza de  hallar, antes de ello, una isla donde recalar y, al abrigo,  reflexionar acerca del “por qué” y “para qué” de tantos e interminables viajes.  

Unas veces nos guiamos por las estrellas mientras que, en otras, las terribles tormentas de la vida nos  las ocultan. Y pareciera que cuando creemos hundirnos en el mar de la desesperanza, cuando creemos  haber perdido el rumbo… no es sino una gran lección tomada en la Escuela de la Vida y la brújula de nuestro Corazón comienza, de nuevo, a sugerir un nuevo rumbo, un nuevo impulso, un nuevo brío con el que manejar con firmeza el timón, a encarnar el intrépido argonauta que somos, al eterno buscador  que, desde lejanas edades, navega por el Mar de la Vida tras el vellocino de oro…  

Hemos trazado estelas en los mares de la Vida y son muchas las islas en las que hemos desembarcado ya sea disfrazados de mujer, de hombre, como madre o como padre… como señor poderoso o como esclavo… con mayor o menor fortuna… Pero siempre… siempre… cada uno de nosotros ha sido el  protagonista principal de su propia historia.  

Y en los amables días de navegación… cuando contemplamos al Sol que renace en nuestro horizonte pareciera que no  solo contemplamos una luminaria sino que la fugaz brisa de  un añorado paraíso de Luz nos atara y nos reclamara hacia Él… Hacia nuestro verdadero y añorado Hogar… un hogar que, con seguridad, se halla al otro lado de las estrellas… 

Así, en las muchas islas  hemos trazado muchos senderos y, aun cuando las hayamos olvidado, son muchas las chabolas, casas y palacios en los que hemos vivido, amado, gozado pero… ¡tantas veces! también  sufrido… Que allá en Oriente o en  Occidente… en tiempos pretéritos o próximos otros… como Seres Humanos la necesidad de amar y ser amado, de aprovechar o sentirse aprovechado, de comer, reír o llorar, de rezar o de maldecir… siempre han estado presentes y, alguna, sigue presente en nuestra vida… 

Una aventura trazada en La Gran Escuela de la Vida. Una aventura en la que, desde tiempos inmemoriales, y en cualesquiera de las vestimentas de las que, como “Ser de Luz” nos hemos revestido, nos ha ejercitado en el esfuerzo físico, en la búsqueda religiosa o en el ámbito del pensamiento. Una aventura que, con toda seguridad, ha ido puliendo nuestras costras y ha permitido que la Luz comience a mostrarse por las comisuras de nuestros jirones… 

Una aventura que nos ha permitido vislumbrar  la enseñanza que se halla tras todo acto, en la gloria de todo sentimiento elevado o en la luz que se irradia, necesariamente, de nuestro pensamiento creador…  

Una aventura en la que siempre ha estado vigilante el espíritu que guarda el rumbo, el sendero que nos retorna, pacientemente,  al paraíso, al hogar en el que fundir nuestro valor y fuerza Humana con la sutilidad y Luz propia del ángel que somos… 

He ahí el impulso que siempre nos guía en  el sendero y que por ocupados que estemos, por azarosa que sea nuestra vida… cada momento siempre ha sido el justo y preciso  momento en el eterno presente de la eternidad… Sea sembrado de ignorancia las más de las veces o de plegaria interior otras. 

Una aventura en la que hemos creído perder la vida en mil batallas y  creído que ganábamos los lances al mundo mil veces más. En la que hemos apurado los muchos cálices de los amargos vinos que se destilan de las cepas,  de las experiencias cultivadas desde la más remota antigüedad.  

Bebimos del vaso de la ignorancia o de la  filosofía… matemáticos, religiosos entre mil disfraces más y en tal cúmulo de experiencias simultaneas que solo una intuida síntesis de todo ello, nos puede permitir percibir la síntesis en nosotros mismos.  

Que aun  cuando en el altar de la vida algunas veces nos hayamos alumbrado con el aceite de la negación… otras hayamos quemado inciensos en honor de santones de una o mil y una religiones… siempre hemos sido la expresión fiel de ese instante, de la necesidad de experimentar ese preciso momento, justo en ese recodo de nuestra vida. Pero siempre… ¡eso sí! la Voz oculta, cálida e íntima del “Genio en el Corazón” … siempre apercibiéndonos de esto y lo otro…  pero bien sabemos que siempre…  ¡cierta! 

En tiempos lejanos adoramos a estatuas de piedra y quizá  no comprendimos como el sol se esconde tras las montañas para renacer de nuevo. Con seguridad que todos hemos revestido de ricas telas, en oriente u occidente, a imágenes de santos o de gurús… pero, siempre, en todo ello nos impulsaba la bendita y quizá desconocida quimera de un “Ser de Luz” oculto tras nuestra aparente ignorancia.  

Hayamos quemado muchos inciensos a los muchos dioses. Hayamos muerto en mil batallas por defender  creencias religiosas. Hayamos recitado mil y una plegarias en muy diversos idiomas… siempre, el Ser de Luz, el “Genio en nuestro Corazón” ha estado presente y atento al plan que, para Ella, el Alma de la Humanidad… todos estábamos ejecutando. 

Unas veces pareció existir un espacio insalvable entre los dioses y nosotros mismos. Otras el “Ser de Luz” que albergamos y que somos,  apareció lejano y catalogado como “alma” por el pensamiento y por boca de teólogos o sacerdotes que utilizaron su nombre, la amenazaron con horribles infiernos a través nuestro y no hicieron sino oscurecer todo impulso de Libertad y amedrentando así nuestra vida. Pero, observando cuidadosamente, acusadores y acusados, unos u otros siempre somos los mismos en la rueda de las leyes… hasta romper ese rol que nos ata a ella…  

Y el Alma… en su papel… tan solo como tan solo una madre sabe hacer… velando nuestros pasos… refrescando nuestros descansos y consolando nuestras tristezas… Su evocación, al reunirnos de nuevo con Ella,  ha sido la última palabra que ha salido de lo más profundo… como buscándola… como encontrándola, como entregándonos en Ella ya que de Ella salimos…  

Y en nuestra aventura por senderos peligrosos, por las montañas y valles de la Tierra aprendimos a coordinar, desarrollar y dar vigor a un cuerpo físico y conduciéndolo a la belleza y la armonía… ya que los senderos son las diversas aulas de un aprendizaje que nunca se olvida… tal como un cirujano realiza una complicada operación, pero no olvida como se coloca un apósito. 

En el sendero del Agua hemos experimentado increíbles momentos en los que  la dulzura del amor pero, también, la amargura del dolor hicieron brotar de nuestros ojos las  lágrimas que solo como Humanidad podemos y sabemos experimentar…  

Nos hemos permitido ser empujados por las corrientes del Aire y autorizando a nuestro pensamiento para que contara nuestros pasos, para que se perdiera en el ensueño de mil proyectos pero, también, nos ha mostrado engañosos atajos…  

Pero, queridos amigos, permitámonos contemplar todo ello desde el faro del Corazón. Como si los ojos del “Genio” que lo habita, fueran nuestros propios ojos, que lo son,  y contemplaran hasta el último de nuestros deseos, propósitos, esperanzas o suspiros proyectados al infinito…  

De cómo comenzamos a desterrar la añoranza de la abundancia e intentando comprender la enseñanza de la carestía… a contemplarnos con los ojos de la comprensión y a forjar en el yunque de nuestro 

Corazón, la compasión hacia nosotros mismos y  la sabiduría que todo ello suscita en nuestra vida. Y amar,  compadecer y comprender así,  las dificultades que surgen en los senderos ajenos… 

Y ahora, tú que me escuchas, permite que haga singular mi voz en ti como si fueras un espejo de mí mismo o yo que lo soy de ti. Esta es la singladura que te trae hasta el Fuego que arde en tu Corazón… que arde en el mío… 

Una aventura que te aproxima  al glorioso “Ser de Luz”, que eres. Y “algo”, quizá hace ya tiempo,  te susurra que comienzas a querer comprender  la visión de un  Plan en ti… ¡de tu propio plan!… 

Y siendo así… por favor considera si debes retener, en la mejor consideración de tu recuerdo, cuanto has oído hasta ahora, cuanto has mostrado la enorme capacidad de resistencia que has mostrado al sufrir pero, también, del amor que has desplegado en tu vida. Retenlo como el tesoro que ha incrementado tu sabiduría conforme te aproximabas a la puerta blanca y pura de tu Corazón. 

Una puerta que ha de ser abierta con la llave del sacrificio de quien creías que eras tu mismo. Del sacrificio de quien ha sustentado todas tus singladuras, de quien ha padecido y gozado en ti, de tu generosa entrega en manos del tiempo inmisericorde, lento y embaucador… 

Refirámonos a “eso” que se conoce como tu personalidad… tu “ego”. Agradezcamos su ancestral entrega interesada pero, también, como se ha ido puliendo hasta transformarse en el instrumento delicado con el que puedas expresar la sensibilidad de tu Corazón.  

Y… ¡por favor! No lo mates. No lo ahogues en tus manos desagradecidas… Tu creías mostrar tu Luz a través de ese “ego” y él te dio lo mejor que tenia de si… aquello para lo que lo creaste… Te mostró la forma de andar, sentir y pensar en el mundo de la densidad… allí donde tú, como Alma, decidiste experimentar… 

Observa como vistiendo sus ropajes para ti tan solo contaron los recuerdos del pasado o las quimeras del futuro… El horror de la amenaza de un infierno o  la gloria esperada de un cielo.  Fue evidente tu pérdida de Libertad en manos de la ignorancia y de las necesidades más inmediatas… 

Y si te has visto ya reflejado en esa cárcel del tiempo… Si la necesidad de aproximarte a ti mismo a través de los métodos del pasado … si “comprar” aquello que siempre fue tuyo… si comienzas a deslizarte por las misteriosas avenidas del “no tiempo”… si comienzas a sentir la realidad del amor no buscado sino del irradiado…  Es cuando ha llegado el momento de ascender, en la aventura de la Vida, hacia la cumbre de la montaña que se alza en tu interior. De desvestirte de pasados y pesados ropajes, de aligerar tu equipaje, de sentirte con el alma al desnudo y dirigir tu mirada siempre hacia ese punto de gravedad central en ti… hacia ese eterno presente que brota en tu “aquí y ahora”… 

Y ahora deja en manos del Genio en ti el timón. Deja que El  guíe tu barco… que sea Él quien vele siempre por ti y tú descansa en medio del rumor de las olas y el vuelo de las gaviotas que te anuncian la llegada a la Isla del Fuego. Un volcán ardiente te espera. Prepárate ya que en el momento en el que habiendo recalado en la “Isla del Fuego”, allí donde en lo alto se sugiere la zarza ardiente para ti… ese es el momento en el que la “Senda del Fuego”, el Agni Yoga, te señala el comienzo de una ascensión, tal como los héroes griegos escalando la montaña donde moran los oráculos… en soledad, silencio, vacío y renuncia… Tal es el Agni Yoga… Siendo así… ¡que gloriosa aventura, pues!… Y, por favor, un último ruego… ¡Sed felices! 

Con dedicación,

Juan

JUAN A. SÁNCHEZ DE LEÓN

Basado en el libro: «LA SENDA DEL FUEGO»

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