EL GENIO DEL CORAZÓN (AGNI YOGA) – Episodio 3: «Amada soledad»

«El “Sendero de soledad”es el sendero en el que debes dejar atrás para siempre todo lo aprendido, todo lo esperado y todo lo preconcebido.»
Divulga Amor y Luz

«El “Sendero de soledad”es el sendero en el que debes dejar atrás para siempre todo lo aprendido, todo lo esperado y todo lo preconcebido.»

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El “Sendero de soledad”es el sendero en el que, tras todo paso,debes dejar atrás, para siempre,
todo lo aprendido… todo lo esperado
y todo lo preconcebido.
En él… como caminante… debes estar apercibido, al desafío permanente del vacío… 

Queridos amigos todos:

¿Que os parece si le dedicamos unos minutos a esa compañera de nuestros días… a nuestra querida amiga “soledad”?
Una amiga a la que despreciamos, reclamamos y… bien sabemos… ¡tantas veces necesitada! ¡Ah… la soledad!… Una amiga… una madre siempre atenta y acogedora cuando se muestra como “mi dulce soledad”… o severa cuando asume su magisterio como “amarga soledad” ¡Cuantas lecciones hemos aprendido en nuestra eterna conversación con ella! 

¡Ea!… Dediquémosle este trabajo a esa compañera inseparable, a la que no siempre sabemos valorar… Es ella la que, en la discreción del silencio, va colocando los cimientos y que remata con la piedra angular de las “noches oscuras del alma” cuando, en ocasiones, se ciernen sobre nuestra vida… pero ciertamente… también es ella la que nos envuelve en lo gratitud de un ensueño vivido al margen del tiempo… en una reflexión luminosa en la que se confunden siglos con minutos y que nos retorna, por un momento, al Hogar del que, aunque las más de las veces no lo recordemos… jamás hemos dejado de estar en Él… en la Fuente de LUZ de la que somos nacidos…
Su edad es tal que fue, precisamente, en nuestro primer hálito de Vida en el exterior de esa LUZ cuando notamos, por primera vez, su presencia… 

Amémosla… quizá sea la compañía más grata de la que Dios disponía en ese momento para conducir nuestros torpes y aparentes pasos como delicados ángeles niños fuera de ÉL… 

Queridos todos, bien sabemos que “Ella” siempre aletea a nuestro alrededor. Como fiel compañera en el sendero… es quien lo señala con esos miliarios con los que la mente juega a contar sus desdichas… es el alguacil que, cuando debemos tomar una decisión… impone un silencio expectante esperando nuestra decisión… o la fuente de donde nuestra inspiración se reconcilia consigo misma… 

La Vida es un herrero que nos moldea permanentemente… en el yunque de la soledad. La destilamos en las lágrimas dolorosas o en las alegres… todas ellas un espejismo nos hace creer como ciertas… 

Ella, la soledad… siempre está presente en nuestra mesa. Bebe en el mismo cáliz de nuestra amargura cuando… severamente… nos juzgamos… nos condenamos sin recordar las causas que originan nuestra desdicha, pero también bebemos con Ella del dulce vino cuando la Luz de la reconciliación brota imparable de nuestro Corazón… cuando, a nosotros mismos, nos amamos y perdonamos… 

Experimentamos la soledad en la ausencia de asideros… en el vacío de un eco que no retorna a nuestros oídos o que siempre devuelve el silencio. Quizá sea el momento de reconocer y, 

sinceramente, agradecer que la soledad, el vacío y el silencio sean el yunque en el que, golpe a golpe, el Alma destruye los grilletes que la sacrifican en el altar de las formas. 

«Recorre el sendero
que discurre por tu interior en soledad
y apura la copa de vino amargo hasta la última gota. Cuelga las herramientas de la seguridad
a la entrada del Corazón
y entra en Él con las manos vacías.
Yo, el Genio en ti, así te lo sugiero…» 

Amigos todos… agradezco que me permitáis declinar en primera persona aquello que, con toda seguridad, surge de vosotros… Que mi voz sea vuestra voz… que mi agradecimiento a la soledad sea el vuestro también… Aceptad, por favor, mis palabras como las vuestras mismas… 

Querida soledad… El amor que nos une arranca de muy lejos… De cuando te percibí por primera vez en el instante que decidí sacrificar mi estancia en la Luz del Hogar y, desde entonces, como un matrimonio bien avenido unas veces… otras no… son muchos los senderos que hemos recorrido ya sea en la densidad como en los espacios sutiles… 

Y a pesar de nuestras diferencias… a veces muchas… he de reconocer en ti una fidelidad más entregada que la mía… ya sea cuando eres una acompañante molesta o la amiga necesitada para, en un momento de respiro, volver mi mirada hacia la Luz. Gracias… querida amiga… por tu paciencia, por tu discreción y por las veces que has acudido en mi ayuda cuando me eras muy necesitada… 

Desde entonces caminas junto a mí por el desierto de la Vida… por un interminable sendero de arena entre la Nada y el Todo. Y el sol, allá en el horizonte, como testigo cierto de tus desvelos hacia mi… Que como pozo de agua… como el deseo de un destino, como compañera silenciosa… allí siempre estás tú… 

Después de esa eternidad en nuestra unión… una vez que mi mirada a la Vida abre las ventanas del Corazón… es cuando comienzo a comprender tu discreción y tu silencio…
Junto a ti he aprendido que quien sabe escuchar es… a su vez… escuchado… que quien habla… también en ocasiones debe saber callar… 

Ahora que ya siento la necesidad de volver al Hogar es cuando comienzo a sentir por ti un profundo agradecimiento, casi a poder dar sentido a mis palabras cuando te reclamo como “mi amada soledad…” 

En momentos de tristeza… eres el pañuelo que enjuga mis lágrimas… en los de alegría te retiras discretamente y siempre… con prudencia… callas lo que ves y jamás enjuicias nada… Simplemente te mantienes en mí y me envuelves con un silencio en el que poder percibir el eco de la voz del “deseado”… el “Genio del Corazón” en mí. Por esas cosas y por tantas más que tu conoces… gracias amada soledad… 

Y tú también me aconsejas dejar el timón en Sus manos… ¡Que así sea!… que sea El quien guíe el barco de nuestra aventura por la Vida… hacia la Isla del Fuego… y ayúdame, con tu discreción… a percibir sus palabras en medio del rumor de las olas…
Te ruego que, llegados a ella y cuando inicie el ascenso de la montaña de mí mismo, no me atormentes con tu disfraz de amargura… allana mis dificultades… sé discreta con mis debilidades y, en tu compañía poder percibir como cualquier tiempo pasado, presente o futuro se confunde, en síntesis, como en uno solo… Gracias, querida amiga, porqué en mi ascensión de silencio, vacío y renuncia… siempre estas a mi lado… sugiriéndome lo mejor de mi… así es que, juntos… ¡que gloriosa aventura pues!… 

Pero… ¡ea! descansemos… Sentémonos en la orilla de este rio de aguas cantarinas. Refresquemos nuestros pies en ellas e inspiremos el aire de la libertad… Y así… tú la soledad en mi… toma nota… sé fiel notaria de la grandeza de nuestras andanzas… Hablemos de la vida que más allá del tiempo nos espera… ayúdame a abrir las ventanas de mi Corazón y así… amiga fiel y eterna, comprende que tu Libertad y la mía son una… 

Hablemos también acerca de ascender con pasos cautelosos pero decididos. Ascender por una montaña cuya altura es un misterio para nuestra mirada… tal como secreta es la oscura profundidad del pozo de nuestros tiempos vividos desde que, como Hijo de la Luz, salí de mi Hogar y siempre, acompañado por ti, he recorrido mil y un valles de la Vida… para, finalmente, dirigir la mirada hacia lo alto… e iniciar el retorno a la Luz… 

Y ahora, en la tranquilidad de este día… hablemos de esos dos caminantes que unen sus pasos a los míos… Uno de ellos, tu bien lo conoces porque también su soledad eres tú… es el espíritu de todos cuantos me he encontrado y unido con los hilos invisibles de la Vida. A ellos me uno en la esperanza, el afán común y el ardiente deseo de Luz… 

Y el otro caminante… ¡ah, querida compañera!… eres tú… la que me acompaña desde el principio de mis tiempos… la que siempre está presente en mis buenos y malos momentos… la que bien sabes que te reclamo en tantas ocasiones… Tú, mi fiel, amada y hasta en ocasiones… perdóname por ello… terrible soledad… 

Permite que con la música de las aguas de fondo… abra mi Corazón, mi reconocimiento a cuanto de tu sacrificio fiel por mi te debo… Tú que me has ayudado a cocer mi pan en el horno de la Vida… Que me has aislado del griterío y cobijado en el silencio… siempre, la fiel compañera de mi sendero… 

Es envolviéndome en tu soledad cuando, a veces, comprendo cómo, en tu maestría, me sugieres el afán de conquistarme a mí mismo… De cómo inspiras en mi la soledad del corredor… la presencia de la musa del pensador… y también… ¡qué grande eres!… alientas el genio de un dios creador en medio de la “nada”… de un espacio por crear. Siempre… siempre tú misma… eterna compañera de hombres y dioses… 

¡Sabes tantas cosas de mí!… Eres el almirez en el que mezclo los condimentos de mi experiencia… quien siempre camina junto a mí en la urgencia de una decisión… Me proteges como una madre cuando percibes que el sendero que conduce a mi interior está empedrado por el silencio y el vacío… Cuando repechos, riscos, piedras y precipicios en medio de la oscuridad del desaliento unas veces y el impulso interior en otras… ¡Ay!… querida soledad… ¡cuánto te debo!… y como agradezco que compartas mi sendero en medio del desaliento, del espejismo del pasado o del ensueño de un futuro incierto… 

Agradezco que… tal como una madre… me acunes en tu regazo… que llenes con tus lágrimas el hueco que la Voz Interior deja cuando parece haberse ido de vacaciones e, incluso, hasta cuando siento la terrible soledad de mí mismo… 

Gocemos de la fresca sombra de este árbol… del aroma de las plantas que crecen en la orilla mientras las florecillas abren, humildemente, sus colores ante nosotros… Aceptemos como un regalo los reflejos de Luz cuando los peces, jugando en libertad, exponen sus escamas al sol… Inspiremos el aire como recién surgido del Paraíso que brota de mis recuerdos más profundos… Permíteme hacerlo con tal convicción como cierto es que algún día a él, gracias a ti… querida soledad… he de volver… 

¡Ah… qué momento de soledad! para sembrar la simiente de belleza, verdad y perfección en la vida… hablar, sentir y compartir nuestra eterna amistad con el “Genio” del Corazón como testigo… Mi amada soledad… envuélveme en tu manto… envuélveme en el silencio y así pueda conversar con Él. ¡Que hablemos de la Luz en la que, ambos, somos Uno…! 

Y volver nuestra mirada hacia el Sol… para sentirlo… inspirarlo y agradecer Su Luz… agradecer su genio creador por el aroma de romeros y tomillos sanos con los que nos obsequia allá en la montaña o de las siemprevivas y yerbabuenas a orillas del rio de la Vida… 

Gracias… amada soledad… mi tutora por la eternidad… del Dios mismo… 

Y a vosotros, amigos… por favor… ¡sed felices!… Que la felicidad es el rostro que vimos al abrir nuestros ojos en nuestra primera e infantil mirada angelical… 

Con dedicación,

Juan 

JUAN A. SÁNCHEZ DE LEÓN

Basado en el libro: «LA SENDA DEL FUEGO»

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